nuestro glorioso pabellón clavar.

¡Alas poor, Paquito! Mientras das al aire suavemente esa cordial protesta, yo admiro a estos fuertes y temibles hombres. Este Peñón es el más vasto altar, el más colosal monumento de la conquista y de la guerra. Por un lado se impone dominante sobre España, por otro sobre Africa, y el Mediterráneo que vió en lejanos tiempos la omnipotencia latina, presencia hoy la omnipotencia de Britannia, sobre las olas—, on the waves.


El vapor atraca al muelle. Al pisar tierra, creo entrar en un cuartel. Las murallas, los fuertes, las amenazantes baterías de la altura están ante mi vista. Al entrar por una puerta de la ciudad, un soldado me da un cartoncito con un número y un permiso para circular por ella hasta el cañonazo de las doce. En una plazoleta, oficiales rojos enseñan el ejercicio a soldados kakhi. Una banda suena a lo lejos. Por fin, heme aquí en un hotel carísimo—parece que no hay de otros en la ciudad—y luego, en la calle, para aprovechar mi tiempo.

Noto que, a pesar de todo, no se ha logrado desarraigar el idioma. Toda la gente habla español. En las vitrinas de las tiendas, los objetos están expuestos con los precios escritos en inglés y en español. Asimismo la moneda española circula, y se puede pagar una cosa, correspondientemente, en chelines o en pesetas. Mas la poderosa Roma moderna impone su sello. Hay algo de cada colonia que podéis observar al paso. Aquí un negro, más allá un hindú, que os vende labores de Persia y del Indostán. No os extrañarán, por la vecindad, los moros, y los muchos malteses y judíos en sus tiendas curiosas. Los tipos son marcadísimos. He visto en verdad y en una esquina, a Alí Babá. Y los cuarenta ladrones, entre ellos el cochero que me pasea; y a Shylock, junto a un sórdido mostrador, un Shylock como el que hace Novelli, todo vestido de negro. Pasan, en fiacres de toldos amarillos, soldados y oficiales, que se dirigen a los cuarteles. Veo, no lejos, humo de chimeneas, y oigo agitación de máquinas. Sobre todo se siente el peso de una consigna y la regularidad dura de la vida militar. Aquí se han de leer mucho los versos de Rudyar Kipling. Todos esos caras morenas de comerciantes de la India, sonríen al Tommy que pasa. Los judíos están contentos porque hacen negocio. Los gibraltarinos están satisfechos porque los negocios van siempre bien. Y los españoles vecinos, de la misma manera, pues hay aquí buen mercado para los productos que se importan. Por su parte, los militares llevan una existencia de lo más agradable, pues tienen desde «whisky-and-soda» hasta «music-hall», con estrellas de la Alhambra londinense, y cacerías en tierra española, con todo el confort y cuidado que un inglés pone en esas cosas.


Allá lejos, pasadas las puertas del lado sur del puerto—una española, otra inglesa, puertas gemelas que decoran sendos escudos, el uno del tiempo de la antigua dominación, el otro moderno—; más allá de los jardines que en la roca escueta han hecho florecer con bellas vegetaciones las activas autoridades, he ido a ver los trabajos de los grandes diques en construcción. Los trabajadores bullen en la inmensa escavación, afanosos. Se me dice que de algunos días a esta parte se han recibido órdenes de apurar las tareas. Se escucha el ruido de las dragas. Los pitos de vapor silban, las vagonetas cargadas de tierra corren, la multiplicada labor se siente incansable. Se ve que es la energía británica la que dirige. Hay aspectos imprevistos, de rincones floridos, cerca de las garitas y de los depósitos. El cochero que he tomado en Gunners Parade, me lleva hasta una de las baterías bajas, donde un enorme cañón rodeado de proyectiles, también enormes, amenaza al mar. Hay en las entrañas de la colosal roca vastos trojes de guerra, en previsión de posibles cercos, así fuesen los traídos por consecuencia de una liga continental.

Hay cordones de bocas de fuego en las distintas salientes del Peñón. Y, a pesar de lo que se murmura contra la capacidad del ejército inglés, hay una admirable disciplina, y se ve que una inteligencia ordenada y eficaz ha precedido a todo el abastecimiento y defensa de ese formidable castillo natural sobre las olas. No soy perito en cuestiones militares, pero no sé hasta qué punto tenga razón un miembro de la Cámara de los Comunes, Gibson Bowles, en las afirmaciones hechas en un ruidoso folleto sobre la vulnerabilidad y debilidad estratégica de Gibraltar. Sin embargo, a la simple vista, no me parece de una imposibilidad absoluta que por el lado de tierra, un ejército audaz y bien dirigido pudiese llegar a tomar la gran fortaleza, apoyado por modernísimos cañones, que encontrarían el más estupendo blanco que imaginarse puede. Por esto es muy explicable la actitud celosa de Inglaterra que, cada vez que el gobierno español ha intentado fortificar su territorio por los lados peligrosos, ha protestado por medio del embajador en Madrid, y ha impedido toda probabilidad de futuros perjuicios. Por su parte, el almirantazgo y el ministerio de guerra londinenses tienen siempre buenos centinelas. De Rooke a White, todos los que han tenido mando en el Peñón han sido espíritus hábiles y meritorios soldados. Me parece que en los versos de Paquito el malagueño, hay profecías difíciles de cumplirse. En Highest-Pont, en The Galleries, en Signal-Station, hay muchos ojos vigilantes. Y cada día que pasa se va aumentando el número de cañones, el trabajo de los diques de carena y el arreglo y buen mantenimiento de los innumerables galpones, bodegas y depósitos de municiones y víveres. Hay talleres excelentes y cantidades de carbón crecidísimas. El nuevo muelle, concluído casi, es de primer orden, como los otros en construcción. Una lluvia de libras esterlinas amaciza y fortalece todo eso.


Difícil de abordar el gobernador, el secretario colonial, Mr. Evans, es en verdad tipo simpático y afable. Un mi compañero ocasional, Mr. Fox—sonriente zorro anglosajón, que viaja por placer y sport, y que ha recorrido todo el mundo, se hace lenguas del secretario.—«¿Y la guerra, Mr. Fox? ¿Y la guerra?»—«No sabe nadie lo que puede pasar. Pero Inglaterra es tan prudente como potente, y no crea usted que se precipite a causar conflictos, de los cuales no se puede calcular el terrible resultado. No obstante, la Gran Bretaña está lista para todo evento. El pueblo simpatiza con el Japón, más que por la alianza, por la antigua enemiga con el Oso. En cuanto al estado de la marina y del ejército, no crea usted a los pesimistas. Se ha trabajado y se trabaja. Sir Charles Beresford, no diría ahora lo que en época no muy lejana. Esta es la opinión del vencedor de Ladysmith y de su amable secretario». Miss Fox, que acompaña a su padre y que tiene los más lindos ojos azules en el más fino y sonrosado rostro, aprueba. Lo cual me hace, incontinenti, no tener ningún cuidado por la buena suerte asegurada de los barcos y soldados de su majestad el rey Eduardo.