Magnífica orquesta, concurrencia, en donde brillaban hermosísimos ojos de luz negra, o de ardientes resplandores azules; copiosas cabelleras de heroínas d'annunzianas, y un ambiente de comunicativa alegría. Y son los viejos Puritani, los que se cantan. Gloria a la música antigua, a la melodiosa ópera romántica, a los maestros que nos deleitan sin fatigarnos mucho el cerebro, con el «vapor del arte». Las músicas nuevas y sabias son para la cabeza; las que encantaron a nuestros abuelos son para el corazón. Feliz quien puede todavía gustar de esos goces de antaño, y salir del teatro con la imaginación fresca, el alma alada, como respirando un recién cortado bouquet de ilusiones, y, como en el encanto de pasados recuerdos, o en la esperanza de amor aún, tarareando una romanza que aún no han alcanzado a ajar los callejeros organillos.

PEQUEÑA ÓPERA LÍRICA

Por la mañana, después de leer los versos de un poeta joven y ardoroso, R. Blanco Fombona, he tenido una singular soñación, de esta manera...: «En cuanto a la persona del autor de esta «Pequeña ópera lírica», diré que es un antiguo conocimiento mío. Lo vi la primera vez en casa del cardenal de Ferrara, en Roma, y allí nos presentó en términos amables y corteses, messer Gabriel Cesano. Juntos visitamos frecuentemente en sus horas laboriosas al insigne Benvenuto Cellini, a quien solíamos acompañar, algún tiempo después en la ciudad de Florencia, cuando salía de paseo y aventura, durante cuatro días que allí permaneció. Benvenuto lo tenía en estima y cariño, porque mostraba un gentil hablar, una gallarda figura y un ímpetu brillante para cosas de placer y pendencia, además de sus relaciones con las musas, docto en finas rimas, finas dagas y finas palabras. Desrazonábamos a la luz de la luna, a las orillas del Arno. Él tenía a veces súbitos arranques de intransigencia y ponía yo como escudo paciencia fuerte, para no acabar tanto intelecto de amor en choque y sangre. Mi mayor edad me daba más tranquilos argumentos. Las discusiones eran sobre Cristo Nuestro Señor, sobre el poder de Venus, sobre el mérito de un salero de oro. Me solía repetir sentencias de graves pensadores y exámetros de sensuales poetas. Fraternizábamos en Epicuro, pero yo creyendo siempre en Jesús santo, y él no. Me repetía con frecuencia un apotegma del sesudo y honesto Marco Aurelio: «En general, el vicio no daña al mundo, y en particular no daña sino a aquel que no puede abandonarlo cuando quiere.» Tenía las más suaves y amables maneras y las más inesperadas y agresivas sonrisas. Una noche, en una hostería, apaleó a un mozo, se armó camorra, sacó la espada, llegó la justicia, yo me escurrí. Sus frecuentaciones eran de todas guisas. El mismo día en que me presentó a un grande de España, le vi hablar con gentes equívocas. «La vida es eso», contestaba a mi extrañeza. Era gran partidario de los Médicis y amaba sobre todo a Lorenzo, porque era poeta y se apellidaba el Magnífico. Apenas había comenzado a vivir verdaderamente, y ya quería escribir el diario de su vida. Era injusto, porque la juventud es pasión y la pasión no es justicia. Yo le observaba con nuestro gran Benvenuto: «Tutti gli uomini d'ogni sorte, che hanno fatto qualche cosa che sia virtuosa, o si veramente che le virtù somiglie, doverieno, essendo veritieri e da bene, di lor propria mano descrivere la loro vita: ma non si doverrebe cominciare una tal bella impresa, prima che passatto l'età de quarant'anni». Partió a Flandes; llegó a París y fué favorecido por el rey Francisco. Tuvo una riña con La Primatrice a causa del Cellini, e hirió gravemente a un mal enemigo, por lo cual fué a prisión. Seguía siempre el cultivo de su individuo, y el de los versos, y el de su fresca y valiente vida. Concluía una carta suya que recibí en Florencia, con una cita de Séneca... «et in isto vitæ habitu compone placide, non molliter». Tan pronto oía rumor de guerra en cualquier parte, quería volar, buscaba el caballo que relincha en Job. Amador de gozo, había sido desde la infancia sabedor de sufrimiento; y en su fragante primavera, miraba a todos lados azorado, cual si sospechase que iban de pronto a salir cabezas de lobos de entre las rosas. Desconfiaba de la más dulce amistad, pues en el corazón de cada próximo bien podía haber un nido de perfidias. Gustaba largamente del buen vino de España, del excelente acero, de la carne en flor. Se exaltaba con facilidad, mas de la violencia pasaba en un instante a la blandura. Un día, con messer Luigi Alamanni, que era alegre y razonable, por una cuestión de arte, casi llega a la ofensa. Guardaba en su estancia hermosas armas, ricas sedas, libros de poemas, camafeos de diosas y figuras itifálicas. Dejé de verlo por la ausencia. Luego, no supe más de él. Un nuestro amigo romano me dijo estar en conocimiento de que habiendo partido a un país lejano y entrado en guerras, se había hecho coronar rey. Otro me refirió que lo habían matado. Otro que se había metido fraile.

...Hoy, en una mañana ardorosa de las calendas de Mayo, del año de 1904, en la ciudad de Florencia, he escrito las líneas anteriores, que he leído varias veces con meditación y cuidado. ¿Lo que contienen, es una creación de la fantasía, o bien un fijo recuerdo de una pasada realidad, o la concentración de un sueño?... Pasemos. Pasemos... Un poco de barata sabiduría alcánica no haría mal; o un poco de teosofía hindú y de H. P. B. No me interesan esas proezas. El que tenga ojos que vea. ¡Para los demás todo es inútil!

El Arno está allí, no lejos de donde escribo. Acabo de ver una vez más el palacio viejo, el Perseo, los sátiros que rodean al Biancone... Estoy saturado de italianidad y de florentinismo... Doy a Dios gracias por los aislamientos intelectuales que me procura, y por lo lejos que estoy de tantas otras gentes... Y gusto los versos de este poeta hispanoamericano, que es asimismo tan de Italia, tan del Renacimiento, aunque sea muy de hoy y tenga sangre española, y haya nacido en Caracas y habite en París. «Pequeña ópera lírica»... ¿qué me importa cómo se llame el instrumento si suena bien y seduce la armonía? El instrumento suena ya como una mandolina de Venecia, ya como una melancólica guitarra americana, o bien como una lira de arte nuevo. Mas, quien lo toca, tenedlo por seguro, es un hombre; un hombre que dice la verdad de su sentimiento y de su pensamiento, a veces lo más personalmente posible, a veces pagando el natural tributo al momento intelectual por que pasa la joven poesía castellana de ambos continentes. Ha pasado ya la primera tentativa de Querubín, D. Juan se afirma, sin que pueda evitar, un instante u otro, un acceso de sentimentalismo, pues tiene pupilas que contemplan el crepúsculo y oídos que oyen la revelación de un son de flauta. Un donjuanismo a veces pensativo, a veces precioso, a veces felino... Como de su don Juan gato. El dirá el encanto de las piedras preciosas, madrigalizará arcáicamente, pagará lo que debe a la literatura. Mas, cuando dice: Vida, es de verdad, y parece que se desnudase, que se pusiese en pleno sol en el orgullo de su animalidad, con el ímpetu de hacer cosas fuertes y naturales, primitivas, que manifiestan energía, músculo y voluntad. Y así contradice al espíritu de decadencia un soplo de humanismo. El cansancio, la tristeza urbana, la enfermedad de las lecturas, el residuo de las varias filosofías apuradas, dan paso a un soplo sano, a un aire germinal, a un aliento agrario.

...Me dan ganas

de beber leche, de domar un potro,

de atravesar un río...

Esto está ajeno a las parodias de corrupción estética que infestan algunos de nuestros rincones literarios, verlenianismo por fuerza, sibilinismo de importación, «porque así se hace ahora», cosas que a muchos parecen nuevas, y que ya son, en verdad, muy viejas. Hombre enérgico, de acción, la poesía le va bien, como el laurel a la frente, la banderola a la lanza y el penacho al casco. ¿Por qué te habías de dejar contagiar, ¡oh, amigo de Benvenuto y de Lorenzo!, por el rebajamiento de las aspiraciones, por la humillación ante su propia conciencia, por las petites saletées del literaturismo industrial que privan en las bajas regiones de la mentalidad parisiense, o mejor dicho, bulevardera? Si caes, tanto peor para ti, y rompe, antes, tus relaciones epistolares con la Primavera, y encógete de hombros ante los pañuelos blancos que dicen adiós. He leído estos versos con el placer que se experimenta siempre a la influencia de la juventud, con todos sus bellos excesos, exuberancias e irreflexiones. Tal fosco aspecto de ateísmo, tal contagio de superhombría germánica, tal ligereza de expresión, no van con mis pensares y mis gustos. Lo que sí va, es el amor a la Belleza en general, y a la femenina belleza en particular, y la continua tendencia a la vida, a la dominación de la vida, con sus países de ensueño y sus realidades armoniosas, productoras, floreales, genésicas. Va ese gran placer del sensitivo que toca los nervios del mundo y los siente vibrar al unísono con sus nervios; va el culto del beso y del verso, y la savia pagana y la locura sensual de todo panida.

El grupo de rimas es corto. Siete cañas tiene la siringa, y de cada una de ellas fluirá una rítmica voz. No alargaré esta disertación sobre la breve ópera en que se canta un alma. Sería fabricar un baúl para un collar de perlas o «hacer una casa para un ruiseñor.»