xuramentos prencipales,
se m'ofrez el pronponei
un truecu para que saque
un bon rocín ne los díes
que ñarbole l'estandarte.
Para comprender ciertas alusiones son precisas notas, y además os haré gracia de más copia, puesto que no estáis como yo en este buen suelo asturiano, en donde hay tan gallardas muchachas que hablan su viejo dialecto, y alegres gaitas, y mar soberbio, y sidra que hay que saber «espalmar», como lo hacen los joviales visitantes que vienen a merendar al amor del azul y de la marina espuma. No os hablaré, pues, sino de paso, de los viejos cantores, como cierto impagable don Antonio Baldivares y Argüelles, festivo—¡todos festivos!—y de quien se cuenta que fué «de carácter alegre, jovialísimo y propenso a bromas y ejercicios divertidos, demostrando un buen humor que no abandonó hasta los últimos momentos». O del latinista don Bruno Fernández Cepeda, también regocijado, con todo y ser dómine, o por lo mismo, y que dice en uno de sus romances:
Entra el potrumedicatu
con sos paxes y corchetes,
y, echándose sobre min
com'unes utres famientes,