con emplastos me taracen,

con gataplasmes me afrellen,

con parches me destapinen,

con cantárigues me esfuellen.

O bien doña Josefa Jovellanos, hermana del famoso don Gaspar, y la cual, aunque grave y devota, como que se metió monja, no demuestra en sus versos sino un natural risueño y poco dado a melancolías. Y luego don José Caveda, varón sabio que sentimentalizó en tales o cuales versos, sin que abandone la tradición jocosa del país; y los anónimos, en fin, como el autor del poema La Judith, o los de tantos cantares como éstos:

En Candas hay bones moces,

en Avilés la flor d'elles,

en Luanco mielgues curades

y en Xixón paraxismeres.

Y los que dicen la historia de Maruxiña, la historia eterna de todas partes: