Hay que recordar asimismo al célebre doctor Juan Huarte de San Juan en su Examen de ingenios, en el capítulo «Donde se prueba que del alma vegetativa, sensitiva y racional son sabias, sin ser enseñadas de nadie, teniendo el temperamento conveniente que piden sus obras». Allí, con apoyos de Hipócrates, de Platón, de Galeno, se anticipa a los Maeterlink, Heara, Gourmont y demás contemporáneos que se han ocupado en bestias y bestezuelas.
Mas, pasemos a lo concreto de este artículo, que son los animales en el teatro.
Cervantes, por su alto nombre, podría pedir primacía diciendo que sus perros dialogan como gentes; y que Cipión y Berganza, acortando los parlamentos, y presentados en coloquio a la manera, como se hacen las cosas en la Porte-Saint-Martin, serían tan aceptables como el can que hace Jean Coquelin, si no más discretos e ingeniosos, y en una prosa que bien vale los alejandrinos rostanescos. Es el caso que hablan los perros. Y como dice el final: «El acabar el coloquio al licenciado, y el despertar el alférez, fué todo a un tiempo, y el licenciado dijo: Aunque este coloquio sea fingido, y nunca haya pasado, paréceme que está tan bien compuesto que puede el señor alférez pasar adelante con el segundo. Con este parecer, respondió el alférez, me animaré y dispondré a escribirle, sin ponerme más en disputas con vuesa merced, si hablaron los perros, o no. A lo que dijo el licenciado: señor alférez, no volvamos más a esa disputa; yo alcanzo el artificio del coloquio y la invención, y basta: vámonos al Espolón a recrear los ojos del cuerpo, pues ya he recreado los del entendimiento. Vamos en buen hora, dijo el alférez, y con esto se fueron».
Mas el gran Calderón aparece con piezas representables que con la mise en scène actual serían de gran efecto. No solamente pone en las tablas monstruos mitológicos como sirenas, sátiros, etc., sino que, cual en el Chantecler, animales. Las «memorias de las apariencias», acotaciones o indicaciones escénicas, tan profusas que ni D'Annunzio mismo las pone ahora, son verdaderamente notables. Para la loa que abre la comedia Fieras afemína amor, y en la que los dramatis personae son el águila, el fénix, el pavón, o pavo real, los doce signos, los doce meses, y músicos, explica el autor, en una acotación cómo se representó. Calcúlese lo que se hizo con los recursos escénicos de entonces y lo que se haría ahora. «Fundóse el pórtico del teatro de orden compuesta, entre cuatro columnas de bien imitada piedra lázuli, cuyas cañas estaban adornadas a trechos de resaltados bollos de oro, y en su correspondencia dorados sus capiteles y sus basas, con que siguiendo el orden, corría la cornisa enriquecida a partes de los mismos bollos, mascarones y cornucopias. En ellas descansaban unas volutas, de quien pendían varios festones, que dando vuelta a los modillones, recibían el cerramiento del frontis, de quien era clave una medalla de relieve, guarnecida de hojas de laurel, con cuatro mascarones y otros adornos que la dividían en igual compartimiento. Dentro della estaba un caballo, cuya velocidad enfrenaba galán joven, no sin algunas señas de Mercurio, dios del ingenio, así en el caduceo, como en las plumas del capacete y los talares: geroglífico del que osadamente vano intenta sofrenar al vulgo. A los lados del pórtico, entre coluna y coluna, estaban en sus nichos dos estatuas, al parecer de bronce, que haciendo viso al héroe de la fábula, halagando una a un león y otra a un tigre, significaban el valor y la osadía. Todo este frontispicio cerraba una cortina, en cuyo primer término, robustamente airoso, se veía Hércules, la clava en la mano, la piel al hombro, y a las plantas monstruosas fieras, como despojos de sus ya vencidas luchas; pero no tan vencidas que no volase sobre él en el segundo término Cupido flechando el dardo, que en el asunto de la fiesta había de ser desdoro de sus triunfos. Bien desde luego lo explicaba la inscripción, cuando en rotulados rasgos que partían entre los dos el aire, decía a un lado el castellano mote: Fieras afemína amor, y al otro el latino Omnia Vincit amor. Lo demás del campo que restaba a la cortina ocupaban pendientes festones de trofeos de guerra, que enlazados los unos de otros orlaban todo el lienzo, sin perdonar pequeño espacio, que no llenase de hermosa variedad la arquitectura en sus diseños y la pintura en sus dibujos. En habiendo logrado la vista por breve rato ambos primores, empezó a lograr los suyos el oído, primero en sonoras chirimías, y después en templados instrumentos, a cuyo compás, desde lo más alto del frontis, por detrás de la medalla empezó a descubrirse, hecha un ascua de oro, un águila condal con imperial corona, sobre cuyas batidas alas venía una ninfa, que rompiendo la cortina, sin romperla, dió principio a la loa, como en voz de El Águila (cantando)».
Ya veremos en otro artículo cómo cantan y hablan las aves y demás animales parlantes de Calderón, tres siglos antes que los de Rostand.
La Francia de hoy.
Juan Jacobo Rousseau ha dicho en alguna parte: «Prefiero ser el hombre de las paradojas que el hombre de los prejuicios». Tiene razón. El prejuicio, en efecto, es una opinión recibida sin examen y participada por el mayor número. No tiene efecto sobre los espíritus por su grado de verdad, sino por la satisfacción que da a la pereza. Atrofia y paraliza la actividad de la inteligencia, haciéndola incapaz de distinguir lo verdadero y lo falso. El prejuicio es así una idea muerta que es necesario arrancar.
En el hermoso libro que acaba de publicar monsieur Barrett-Wendell, destruye prejuicios, pero cuida de no expresar ninguna paradoja. Se puede decir que es un «libro vivido», en el cual las afirmaciones se apoyan constantemente sobre hechos observados o verificados directamente, prudentemente e inteligentemente, en el cual la preocupación de la verdad no ahoga la simpatía y la admiración del escritor para los hombres y las cosas: en el cual, en una palabra, se reunen en grado supremo, y en la más bella armonía, los méritos de la razón que examina y juzga, y del corazón que siente y ama. Él constituye uno de los más admirables testimonios que jamás haya habido en honor de Francia; y al leerlo, los franceses se emocionan orgullosamente. Conozco, por mi parte, quienes exclaman, poco más o menos, como Sócrates hablando sobre Platón, su discípulo: «¡Cuántas cualidades este hombre nos encuentra, en las cuales nosotros no habíamos pensado!»
Monsieur Barrett-Wendell estudia sucesivamente las universidades, la estructura de la sociedad, la familia, el carácter francés, las relaciones entre la Literatura y la vida, la cuestión religiosa, la revolución y sus efectos, la República y la Democracia. Cualquiera que sea el orden adoptado por el autor, cada capítulo es un estudio muy compacto, muy interesante y que contiene para los extranjeros las enseñanzas del más alto precio.