a rosa do milagro.»

Todas las exquisitas suavidades o gestos rítmicos de Valle Inclán indican en este pequeño libro la existencia de un poeta, que, si lo quisiese, podría hacer una obra lírica y métrica, como la que va realizando de modo que no se le puede encontrar igual en Europa, Meredit, apenas, y en otro rumbo y mundo mental, sin no hacer más que aumentar la gloria del gran inglés esta opinión.

XII

¡Ah! ¡Si Valle Inclán quisiere hacer un viaje a Buenos Aires! Posiblemente será antes a Nueva York.

Los diplomáticos poetas.
AMADO NERVO
PRIMER SECRETARIO DE LA LEGACIÓN DE MÉJICO EN MADRID

Cuando acaba de ascender en la carrera, y el gobierno de S. M. C. acaba de condecorarle, un nuevo libro de poesías viene a demostrar que el peso del uniforme no impide el vuelo. Indico a Amado Nervo.

Ese hombre dulce, de cabeza cristiana, porta una espada decorativa. En nada se opone a la normalidad de las cosas que quien ha nacido para monje concluya sus pacíficos días en el noble y ceremonioso cargo de introductor de embajadores, y sustituyan a los ágapes conventuales los áulicos banquetes y al untoso «benedictine» el toast bien recortado.

Aunque Amado Nervo es mejicano, nada en él encontraréis de azteca. ¿Os he dicho ya que se parece a Jesucristo? Mas ahora caigo en la cuenta de que os estoy hablando del Amado Nervo que yo he conocido hace algunos años en París, y cuyo busto, plasmado por el escultor Nava, su compatriota, figuró en uno de los salones. Sí, aquel Nervo tenía ciertamente una cara israelita y un aire nazareno. El de hoy, mutilado, pues estirpó su bella barba característica y apartó su amable aire de ensueño, es el que corresponde a las atenciones del protocolo y al diario contacto con su jefe, el notario mundano y distinguido señor de Beistegui, el mismo que regaló, si no me equivoco, al Museo del Louvre, de París, una famosa colección numismática.

En París pasamos juntos días de ilusión y de alegría, pimentados con el poco de locura y capricho que los bizarros años y el medio nos exigían. Allí tuvimos ciertas relaciones extraordinarias, ciertos amigos fantásticos, entre ellos el pintor Henry de Groux, loco o genio; pero, desde luego, un tipo desconcertante; el cual nos fué presentado por otro personaje prodigioso, músico y ocultista, que tenía unas hijas encantadoras y nos leía unos alucinantes comentarios del Apocalipsis... Nervo ha hablado en alguno de sus libros, aunque someramente, de esos días incomprensibles. Nuestro contagio se extendió por el Barrio latino, adonde fuimos a perturbar la calma de unos cuantos pintores y escultores, compatriotas de Nervo y pensionados por su gobierno.

¡Oh!, en diez años, ¡cómo ha cambiado el escenario y la corriente de nuestras vidas!