El calderero es un pájaro que produce un ruido semejante, de todo punto, al de un martillo que pegara sobre un caldero de cobre; y el motivo de que esté produciéndolo constantemente es porque él es el pregonero de todo jardín indio, y le cuenta las últimas noticias á quien quiera oirlas. Al pasar Rikki-tikki por el caminillo que conducía á la casa oyó sus notas de ¡alerta! parecidas á las de un diminuto gongo de los que sirven para anunciar la hora de la comida; y después el acompasado ¡din-don-tock! «Nag ha muerto... ¡don!» «¡Nagaina ha muerto... din-don-tock!» Al oirlo, todos los pájaros del jardín prorrumpieron en cantos, y las ranas siguieron su ejemplo; porque Nag y Nagaina no sólo tenían la costumbre de comer pájaros, sino ranas también.

Cuando llegó Rikki-tikki á la casa, Teddy, su madre (la cual estaba aún muy pálida, porque se había desmayado), y el padre, salieron y casi derramaron sobre ella lágrimas de agradecimiento; y aquella noche comió cuanto le dieron hasta que ya no pudo más, y entonces, llevada por Teddy sobre el hombro, fuése á la cama. Allí la halló la madre del niño, cuando á última hora fué á verle dormir.

—Ha salvado nuestra vida y la de Teddy, le dijo á su marido. ¡Figúrate! Nos ha salvado la vida á todos.

Rikki-tikki despertó entonces sobresaltada, porque todas las mangustas tienen muy ligero el sueño.

—¡Ah! ¿Sois vosotros? ¿Á qué venís á molestarme? Todas las cobras están ya muertas; y si alguna quedara, para eso estoy yo aquí.

Tenía Rikki-tikki derecho á sentirse orgullosa de sí misma; pero no se ensoberbeció más de lo justo, y conservó el jardín como debe hacerlo una mangusta, defendiéndolo con los dientes, y á saltos, y de todos modos, hasta lograr que ni una sola cobra se atreviera á asomar la cabeza en el recinto cercado por las cuatro paredes.

Cántico de Darzee en honor de Rikki-tikki-tavi

Soy pájaro y tejedor,
dobles son mis alegrías:
gozo al cruzar por los aires,
gozo al tejer mi casita.
Sube y baja el compás de mi canto,
sube y baja mi casa que oscila.
Alza la frente y entona
¡oh madre! tu cancioncilla;
ya no existe nuestro azote,
ya ha muerto la Muerte misma.
Sobre el polvo y estiércol se pudre
la que oculta entre rosas vivía.
¿Quién de ella nos ha librado?
Que su nombre se repita:
Rikki, la valiente, ha sido,
de ojos que cual ascuas brillan.
Rikki-tikki, de dientes ebúrneos,
Rikki-tik, de mirada encendida.
Que le den gracias las aves
con sus colas extendidas,
bajas las frentes, cantando
cual ruiseñor cantaría.
Pero no, que yo soy quien la canta.
¡Escuchad mi alabanza á la invicta!...

(Aquí interrumpió Darzee su canción, y el resto de ella se ha perdido.)