Y, sin embargo, es el medio social en que se dilatara la actividad benéfica del Maestro Rafael, el que valora con opulentas cifras la elevación apostólica de sus humanitarias virtudes.
Nació en octubre de 1790, es decir, veinte y cinco años después de haber visitado á Puerto Rico, en calidad de Comisario régio, el mariscal de campo don Alejandro O'Reylly y de haber consignado en la "Memoria acerca de su visita" que en la isla había no más que dos escuelas: una en Puerto Rico y otra en San Germán, fuera de cuyos puntos pocas personas sabían leer. Entre esas pocas personas hay que colocar al maestro Lucas y á su consorte que se ejercitaban, voluntaria y gratuitamente, en transmitir sus escasos conocimientos á niños de ámbos sexos.
Podrá extrañarse por alguno que hallándose tan limitada, en 1790, la instrucción primaria, entre las clases superiores de Puerto Rico, existiesen negros aptos para transmitirla por espontáneo y caritativo impulso; mas á esa extrañeza cabe responder, recordando que tampoco había en la isla, por aquella época, escuelas de dibujo y pintura, y ya las vírgenes de José Campeche, también sometido á las preocupaciones de casta, alcanzaban notoriedad al pincel que debía perpetuar la memoria del general don Ramón de Castro y la popular hazaña en que hubo de figurar aquel caudillo.
Que las facultades naturales de la inteligencia necesitan factores auxiliares para su desarrollo, es innegable. Donde hallaron ese auxilio los padres de Rafael Cordero no lo dicen las crónicas; pero el hijo hubo de encontrarlo en el hogar doméstico. Allí adquirió sus modestos conocimientos y el hábito de transmitirlos; hábito que ejercitó con verdadera vocación, conciliándolo con el oficio sedentario de tabaquero, elegido para ganar el necesario sustento, y practicado asíduamente durante su vida; aún después de haber sido nombrado, oficialmente, maestro incompleto en 1865, por hallarse comprendido en las prescripciones del Decreto reformador de la enseñanza pública que autorizara el general Messina.
En 1810, esto es con una anterioridad de treinta y cinco años á la organización oficial de la enseñanza primaria, no abordada hasta 1845 por el Gobierno Superior de la isla, instaló su escuela de párvulos gratuita el Maestro Rafael, manteniéndola, sin interrupción, hasta julio de 1868 en que ocurrió su fallecimiento. Lectura, caligrafía, doctrina cristiana y conocimientos numéricos comprendía el programa de aquella escuela: programa reducidísimo, pero valioso por la conciencia que presidía su aplicación.
—"Yo tumbo el árbol y lo descortezo;—cuentan que solía decir—manos más hábiles que las mías se encargarán de labrar la madera y darle barníz."
¡En cincuenta y ocho años de magisterio, qué de árboles tan variados y robustos descortezó!
Durante cincuenta y ocho años se agruparon al pié de aquella mesa de tabaquero, convertida en cátedra de instrucción pública por la intuición maravillosa de un espíritu privilegiado, generaciones sucesivas de hombres que debían dar lustre á las letras patrias, elevarse á las altas dignidades del sacerdocio y la milicia, conquistar puesto prominente en las ciencias ó revestirse con el título de legisladores nacionales.
Las diversas aptitudes de esos hombres adquirieron cumplido desarrollo en vastos círculos de enseñanza, pero la base fundamental de su instrucción se inculcó bajo la férula del Maestro Rafael Cordero; bajo la acción educadora de aquel rebenque á que ha consagrado filial recuerdo el doctor don Francisco del Valle Atiles, uno de los más jóvenes asistentes al aula.
¡Contraste singular el que ofrece ese rebenque simbólico á la observación del analista! Porque el régimen de la colonia establecía la pena de azotes como correctivo á la holganza ó los vicios del esclavo, y era precisamente el azote la expresión suprema de la severidad escolar que el Maestro Rafael dejaba sentir á sus discípulos rebeldes ó desaplicados. El mismo castigo que excitaba el fomento de la riqueza material en el ingenio, rebajando y encalleciendo el espíritu, daba acicate, en el taller-escuela, á las facultades intelectuales tardas ó adormecidas. ¡El azote que enseñaba al negro á cultivar la caña y á cristalizar el azúcar, esgrimido por un negro, enseñaba al blanco á deletrear el castellano y á balbucir el Padre nuestro!