Un dia llega á manos de Cordero el título de Maestro imcompleto que le concede el Gobierno, con la asignación de quince pesos mensuales. Ya es funcionario municipal, después de haberlo sido voluntario y gratuito durante cincuenta y cinco años. El cambio no le altera; acepta la asignación, merced á las reflexiones de los amigos que le recuerdan su ancianidad; pero mantiene inalterables sus hábitos, sin modificar siquiera la sencilla vestimenta, sólo engalanada con la chaqueta de menestral al asistir al templo, admitiendo entonces, como testimonio de religioso respeto, lo que, como prenda innecesaria, rechazaba en los demás actos de la vida común.
Tales eran los ejemplos prácticos que á sus discípulos ofrecía el Maestro Rafael. Con los árboles humanos que así descortezó, se labraron en Europa médicos, abogados, literatos, profesores en ciencias, sacerdotes, hacendistas y militares. Y él los veía regresar á la tierra nativa, con la dulce satisfacción del padre que se goza en el adelanto de sus hijos, pero sin mostrar envanecimientos por su obra; tratándolos con afecto análogo al de aquellas nodrizas esclavas que nos tutearon en la cuna cuando niños, y niños siguieron llamándonos respetuosamente, á pesar de nuestros cabellos grises.
Alejandro llamaba el Maestro Rafael al biógrafo de Campeche y de Power; Román decíale al futuro constituyente de 1869, tratándolos á ellos y á sus demás discípulos, con la misma familiar sencilléz que los tratara en la escuela. Y ellos le correspondían con tan filial respeto, que aún se recuerda al coronel Espino, prescidiendo de su militar temperamento y de su autoritarismo de corregidor, para contestar al—"¡Adiós Cayetano!" del anciano obrero, llevando la mano al jipijapa y repitiéndo la frase sacramental de la escuela:—La bendición, maestro.
¡Qué de recuerdos no surgirían en la mente del veterano cristino, evocados por esa frase cabalística! ¡Dejadme á mi vez que los evoque! ¡Evocadlos también vosotros, viajeros de la vida que doblásteis ya el cabo de las tormentas! Repasad las notas íntimas de vuestro libro de memorias, y no vacileis en reconstruir con ellas todo el pasado colonial, con sus errores, tristezas, olvidos, soledades y desconsuelos, pues que por sobre aquel montón de cenizas destella, y destellará siempre, el sentimiento de concordia que vivificó á nuestra sociedad y que tuvo en el Maestro Rafael acabadísimo intérprete.
Asistidos de ese sentimiento, bien pudieron los ilustres informadores de 1866 reclamar de la hidalga Metrópoli la dignificación del trabajo en nuestra colonia, reivindicando para toda la raza negra los derechos naturales inherentes á la humana personalidad.
Es por ese sentimiento, tan arraigado en Puerto Rico, que se explica el éxito maravilloso obtenido por aquel Decreto redentor de 1873 que inmortaliza á la Asamblea Nacional española y que sólo cánticos de júbilo y religiosas preces de gratitud despertara en nuestro pueblo.
Esa concordia en las voluntades, esa harmonía en los afectos, esa reciprocidad en los servicios, esos respetos mútuos que fincan su abolengo en las necesidades impuestas á los viejos colonos de esta comarca por el aislamiento social á que se vieron reducidos, ha llegado á constituir cualidad característica de nuestro temperamento, espíritu peculiar y propio de la región, aliento de gigante que la confortó en los dias de prueba y la condujo al grado de desenvolvimiento culto que hoy muestra y de que este acto da cumplida fé.
Procuremos cultivar esos afectos; esforcémonos en hacerlos reverdecer; ¡qué no mueran, no! ya que gracias á ellos la historia de Puerto Rico, que no enrojece sus páginas con los nombres de un Toussaint ó de un Dessalines, se ilumina con los destellos del espíritu bienhechor de un Rafael Cordero.
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