[31] Poco después publicó el brillante escritor D. Amalio Gimeno, futuro catedrático de San Carlos, cierta novela de asunto bastante semejante, titulada, si mal no recuerdo, Aventuras de un glóbulo rojo.

[32] Mi contrincante fué José Moriones, sobrino del general de este nombre, temperamento caballeresco y excelente camarada. Ingresó, como yo, en Sanidad Militar, donde hizo brillante carrera.

[33] A mi vuelta de América, supe con sorpresa que la Venus de Milo, tan admirada y solicitada por su milagrosa hermosura, no llegó a casarse, aunque tuvo ventajosísimos pretendientes. Una tisis galopante la arrebató en la flor de la edad. ¡Ella, que era un modelo de sana belleza y de salud moral!... ¡Convengamos en que los microbios saben escoger!

[34] Mi amigo M. vive todavía, y figura hoy entre los jefes más prestigiosos del Cuerpo de Ingenieros de Caminos. Si lee estas líneas, ¡cuánto se reirá de aquellas chiquilladas!

[35] Mi pasaporte para incorporarme al ejército de Cataluña, data del 3 de Septiembre de 1873.

[36] Y a propósito de Venus, vaya un caso clínico que pudo costarme un disgusto:

Cierto capitán, casado y con familia en Lérida, presentóseme un día al reconocimiento con síntomas inequívocos de enfermedad venérea recientemente adquirida. Como el hecho era bastante corriente en aquella azarosa vida de campaña, no me pareció indiscreto designar las cosas por sus nombres.

Pero, con asombro mío, el oficial inmutóse súbitamente y rojo de cólera exclamó: ¡Cuidado, doctor!... Vengo de Lérida, y ni ahora ni desde hace muchos años he faltado a la lealtad conyugal... ¡Si fuera verdad!... ¡La infame!...

Comprendí al momento lo sucedido. Y buscando la manera de reparar o de atenuar la plancha, contesté: «Entonces debe ser otra cosa». Veamos; ¿abusa usted de la cerveza?

—Muchísimo; es mi bebida favorita.