Harto sabido es que el sentimiento de patria es doble; entran en él afectos y aversiones. De una parte, el amor al terruño y el culto a la raza; y, de otra, el odio a los extranjeros, con quienes la nación hubo de contender en defensa de la independencia. Por entonces reinaban en Aragón, como en la mayor parte de España, estas dos formas del patriotismo, y singularmente la negativa. No me daba yo cuenta entonces de cuán instintivo y natural era en nosotros el aborrecimiento al feroz marroquí, enemigo legendario del cristiano, y cuán excusable el odio al francés, cuyos incontrastables poder y riquezas habían atajado nuestro movimiento de expansión en Europa. En ello, sin embargo, latía una injusticia que más adelante corregí.

Andando el tiempo y creciendo en luces y reflexión, eché de ver que, en punto a agresiones injustas y desapoderadas, allá se van todos los pueblos. Todos hemos hecho guerras justas e injustas. Y, al fin, han prevalecido, no los más valerosos, sino los más ricos e inteligentes. No es, pues, de extrañar que, andando el tiempo, repudiara progresivamente la inquina y antipatía al extranjero, para no cultivar sino la faz positiva del patriotismo, es decir: el amor desinteresado de la casta y el ferviente anhelo de que mi país desempeñara en la historia del mundo y en las empresas de la civilización europea brillante papel[4].

De todos modos, y sin desconocer que en mi exaltación patriótica han entrado muchos y muy diversos factores, parece incuestionable que tuvo positiva influencia el suceso de referencia, suceso muy propio para inflamar las almas juveniles, y sembrar gérmenes de entusiasmo que vegetan y florecen vigorosamente en la madurez.

El segundo acontecimiento a que hice referencia, es decir, el rayo caído en la escuela, con circunstancias y efectos singularmente dramáticos, dejó también ancha estela en mi memoria. Por la primera vez aparecióse ante mí, con toda su imponente majestad, esa fuerza ciega e incontrastable imperante en el Cosmos, fuerza burladora de los designios humanos, indiferente, al parecer, a nuestras cuitas y dolores, que no distingue de probos y de réprobos, de inocentes o de malvados.

He aquí el horripilante suceso: Estábamos los niños reunidos una tarde en la escuela y entregados, bajo la dirección de la maestra, a la oración (el maestro guardaba cama aquel día). Ocupados en tan piadoso ejercicio, según costumbre de todos los sábados, y corridas ya las primeras horas de la tarde, encapotóse rápidamente el cielo y retumbaron violentamente algunos truenos, que no nos inmutaron; cuando de repente, en medio del íntimo recogimiento de la plegaria, vibrantes aún en nuestros labios aquellas suplicantes palabras: «Señor, líbranos de todo mal», sonó formidable y horrísono estampido, que sacudió de raíz el edificio, heló la sangre en nuestras venas y cortó brutalmente la comenzada oración. Polvo espesísimo mezclado con cascotes y pedazos de yeso, desprendidos del techo, anubló nuestros ojos, y acre olor de azufre quemado se esparció por la estancia, en la cual, espantados, corriendo como locos, medio ciegos por el polvo densísimo, y cayendo unos sobre otros bajo aquel chaparrón de proyectiles, buscábamos ansiosamente, sin atinar en mucho rato, la salida. Más afortunado o menos paralizado por el terror, uno de los chicos acertó con la puerta, y en pos de él nos precipitamos despavoridos los demás, pálidos, sudorosos, desencajados, y huyendo de aquella atmósfera irrespirable.

La viva emoción que sentíamos no nos permitió darnos cuenta de lo ocurrido: creíamos que había estallado una mina, que se había hundido la casa, que la iglesia se había derrumbado sobre la escuela..., todo se nos ocurrió, menos la caída de un rayo.

Algunas buenas mujeres que nos vieron correr desatinados socorriéronnos inmediatamente; diéronnos agua; limpiáronnos el sudor polvoriento, que nos daba aspecto de fantasmas, y vendaron provisionalmente a los que íbamos heridos. Una voz salida de entre el gentío nos llamó la atención acerca de cierta figura extraña, negruzca, colgante en el pretil del campanario. En efecto, allí, bajo la campana, envuelto en denso humo, la cabeza suspendida por fuera del muro, yacía exánime el pobre sacerdote, que creyó inocente poder conjurar la formidable borrasca con el imprudente doblar de la campana. Algunos hombres subieron a socorrerle y halláronle las ropas ardiendo y una terrible herida en el cuello, de que murió pocos días después. El rayo había pasado por él, mutilándole horriblemente. En la escuela, la maestra yacía sin sentido sobre el pupitre, herida también por la exhalación, que respetó, sin embargo, al maestro.

Poco a poco nos dimos cuenta de lo ocurrido: un rayo o centella había caído en la torre, fundiendo parcialmente la campana y casi electrocutando al párroco; continuando después sus giros caprichosos, penetró en la escuela por una ventana, horadó y rompió el techo del piso bajo, donde los chicos estábamos, y deshizo buena parte de la techumbre; pasó por detrás de la maestra, a la que sacudió violentamente, privándola de sentido, y, después de destrozar un cuadro del Salvador, colgante del muro, desapareció en el suelo por ancho boquete, especie de galería ratonil, labrada junto a la pared.

Ocioso fuera encarecer el estupor que me causara el trágico suceso.

Por primera vez cruzó por mi espíritu, profundamente conmovido, la idea del desorden y de la inarmonía. Sabido es que para el niño, la naturaleza constituye perpetuo milagro. La noción científica de ley, penetra en el cerebro infantil muy tardíamente, con las revolucionarias enseñanzas de la física y de la geografía astronómica. No inquieta, sin embargo, al niño ese caprichoso fluir de los fenómenos. Se lo estorba el profundo optimismo de toda vida que empieza, y sobre todo la certeza, adquirida por las enseñanzas del catecismo, de que existe en las alturas un Dios bueno que vigila piadosamente la marcha del gran artilugio cósmico e impone y sostiene la concordia entre los elementos. Padres y maestros le han revelado también que el Principio psicológico del Universo es, además, tiernísimo padre y excelso artista. En su infinito poder, adapta ingeniosamente las vicisitudes de las estaciones a las necesidades de la vida, y descendiendo de su austeridad, se digna componer y conservar, para edificación y regalo de la sensibilidad humana, cuadros soberbios: el cielo y sus celajes arrebolados; los prados y campos vernales, sembrados de amapolas y cernidos de mariposas; la negra noche, tachonada de estrellas; los árboles y vides cuajados de frutos...