Mi facha, sin embargo, no podía inspirar recelos a los hijos del pueblo. Vestido humildemente —porque la estricta economía que reinaba en mi casa no consentía lujos—, de cara trigueña y aspecto amojamado, que a la legua denunciaba larga permanencia al sol y al aire, nadie me hubiera tomado como hijo de burgués acomodado. Pero yo no gastaba calzones ni alpargatas, ni adornaba con pañuelo mi cabeza, y esto bastó para que entre aquellos zafios pasara por señorito.
Contribuyó, también, algo a la citada antipatía, la extrañeza causada por mi lenguaje. Por entonces se hablaba en Ayerbe un dialecto extraño, verdadero mosaico de palabras y giros franceses, castellanos, catalanes y aragoneses antiguos. Allí se decía: forato por agujero, no pas por no, tiengo y en tiengo por tengo o tengo de eso, aivan por adelante, muller por mujer, fierro y ferrero por hierro y herrero, chiqué y mocete por chico y mocito, abríos por caballerías, dámene por dame de eso, en ta allá por hacia allá, m’en voy por me voy de aquí, y otras muchas voces y locuciones de este jaez, borradas hoy de mi memoria.
Lám. IV, Fig. 5.—Vista desde Ayerbe de las faldas del monte del Castillo.
Lám. IV, Fig. 6.—La plaza baja de Ayerbe con la torre del reloj y el palacio de los Marqueses, hoy convertido en casa de vecindad.
En boca de los ayerbenses hasta los artículos habían sufrido inverosímiles elipsis, toda vez que el, la, lo, se habían convertido en o, a y o, respectivamente. Diríase que estábamos en Portugal.
A los rapaces de Ayerbe parecióles, en cambio, el castellano relativamente castizo que yo usaba, es decir, el hablado en Valpalmas y Cinco Villas, insufrible algarabía, y hacían burla de mí llamándome el forano (forastero).
Poco a poco fuimos, sin embargo, entendiéndonos. Y como no era cosa de que ellos, que eran muchos, aprendieran la lengua de uno, sino al revés, acabé por acomodarme a su estrafalaria jerigonza, atiborrando mi memoria de vocablos bárbaros y de solecismos atroces.
He dicho más de una vez que sentía particular inclinación a los parajes solitarios y a las excursiones por los alrededores de los pueblos; pero en Ayerbe, una vez satisfecha la curiosidad inspirada por sus montañas, por su humilde río, cortado por alto azud y flanqueado de frondosos huertos, y sobre todo, por su ruinoso y romántico castillo, que desde lo alto del monte parecía contarnos heroicas leyendas y lejanas grandezas, sentí la necesidad de sumergirme en la vida social, tomando parte en los juegos colectivos, en las carreras y luchas de cuadrilla a cuadrilla, y en toda clase de maleantes entretenimientos con que los chicos de pueblo gustan solemnizar las horas de asueto.