Lám. IX, Figs. 14 y 15.—La primera copia la calle principal de Jaca, con el edificio de la alcaldía. La segunda presenta el río Aragón, bordeado de huertas; allá en el fondo asoma un pico del Pirineo, el Coll de Ladrones, desgraciadamente muy achicado por el objetivo fotográfico, que tiene, según es sabido, el defecto de empequeñecer notablemente los últimos planos.
Sin embargo, los juegos en cuadrilla no me interesaban tanto como los paseos y excursiones solitarias. Una de mis jiras predilectas era bajar al río Aragón, corretear por los bordes de su profundo y peñascoso cauce, remontando la corriente hasta que me rendía el cansancio. Sentado en la orilla, embelesábame contemplando los cristalinos raudales y atisbando a través del inquieto oleaje los plateados pececillos y los pintados guijarros del álveo. Más de una vez, enfrente de algún peñasco desprendido de la montaña, intenté, aunque en vano, copiar fielmente en mi álbum los cambiantes fugitivos de las olas y las pintadas piedras que emergían a trechos, cubiertas de verdes musgos.
A menudo, tras largas horas de contemplación, caía en dulce sopor: el suave rumor del oleaje y el tintineo de las gotas al resbalar sobre los guijarros, paralizaban mi lápiz, anublaban insensiblemente mis ojos y creaban en mi cerebro un estado de subconciencia propicio a las fantásticas evocaciones. El murmullo de la corriente adquiría poco a poco el timbre de trompa guerrera; y el susurro del viento parecía traer de las azules playas del pasado la voz de la tradición, henchida de heroicas gestas y de doradas leyendas...
—Éste es —exclamaba— el río sagrado del solar aragonés; el que fecundó las tierras conquistadas por nuestros antepasados; el que dió nombre a un gran pueblo y hoy simboliza aún toda su historia. Nacido en los valles del Pirineo por la fusión de neveras y la afluencia de fríos veneros, crece caudaloso por el valle de Jaca y desagua generosamente en el Ebro. Así la raza montañesa, que vegetó humilde, pero valerosa y libre, en los angostos valles pirenaicos, corrió en el ancho cauce de la patria aragonesa, a su vez desembocada también, a impulsos de altos móviles políticos, en el dilatado mar de la patria española. Sus frías corrientes templaron el acero de los héroes de la reconquista: ellas son acaso las que, circulando por nuestras venas, templan el resorte de la voluntad obstinada de la raza...
Mi aspiración suprema era remontar el río sagrado, descubrir sus fuentes e ibones y escalar las cimas del Pirineo, tentación perenne a mi codicia de panoramas nuevos y de horizontes infinitos. «¿Qué habrá allí —me preguntaba a menudo— tras esos picos gigantes, blancos, silenciosos e inmutables? ¿Se verá Francia quizá, con sus verdes montañas, sus fértiles valles y sus bellísimas ciudades? ¡Quién sabe si desde la ingente cumbre del Coll de Ladrones o de la cresta divisoria del Sumport no aparecerán lagos cristalinos y serenos bordeados por altísimos cantiles de pintada roca, por cuyos escalones se despeñen irisadas cascadas! ¡Qué asuntos más cautivadores para un lápiz romántico!»... Por desgracia, ni tenía dinero ni libertad para emprender tan largas excursiones.
Aquella curiosidad insana me atormentaba cual una obsesión. Y tan resuelto estaba a saciar mi frenética pasión por la montaña, que en una ocasión me aventuré por la carretera de Canfranc y llegué por encima de Villanua, al pie del célebre Coll de Ladrones. Pero, cercana la noche e informado por un pastor de que faltaban aún cuatro horas lo menos para ganar la cima, tuve el disgusto de renunciar a la empresa, regresando mustio y cariacontecido.
Otra vez me propuse trepar hasta la cresta del Uruel; mas sólo pude ganar, falto de tiempo, las primeras estribaciones cubiertas de selvas seculares. En mi ansia de locas aventuras, hubiera dado cualquier cosa por topar con algún oso o jabalí descomunales, o siquiera con inofensivo corzo; por desgracia, defraudado en mis esperanzas, volvíme a casa despeado, sudoroso, hambriento, derrotado de ropa y zapatos, y lo que más me desconsolaba, sin poder contar a los amigos ningún lance extraordinario.
De alguna otra excursión harto más larga y cómoda, como por ejemplo, la hecha a San Juan de la Peña, trataremos en más oportuna ocasión.