Azorada estaba mi mujer al contemplar las manchas de polvo y los inelegantes pliegues que tan precipitada y ruda faena habían producido en la irreprochable levita. Y exclamó:

—Pero ¿por qué se ha molestado usted? Eso es cosa del camarero...

—No —replicó el atildado gentleman—; esto es obligación de todos. Vivimos en América, patria de la democracia, donde nadie toma á bochorno ó á deshonra el trabajo manual. Aquí sólo reconocemos la nobleza del talento y del saber...

He aquí una excelente lección de legítima y sana democracia. Convengamos, empero, en que tan persuasiva propaganda no está al alcance de todo el mundo. No basta abandonar aristocráticos humos y señoriles melindres; hacen falta también músculos de acero.

Guiado por el Secretario, el carruaje nos condujo á casa del huésped, opulento prócer, entusiasta protector de la Universidad y prototipo de esa especie de filántropos patriotas de que solamente en Inglaterra y en los Estados Unidos se dan perfectos ejemplares, quiero decir limpios de egoísmo confesional y de sectarismo político.

Nuestro patrón Mr. Stephen Salisbury, vivía casi modestamente, si se tiene en cuenta su gran fortuna, que consagraba á obras de civismo, cultura y beneficencia. Inspirándose en sentimientos de tolerancia y altruísmo que sorprenderían á nuestros orondos y fanáticos ricachos, fundó dos hospitales con sendas iglesias: uno para protestantes (él profesaba la religión reformada) y otro para católicos. Además, para deleite y enseñanza de sus conciudadanos, erigió un suntuoso Museo de Arte, cuyo palacio, así como la mayoría de los cuadros, regaló al Municipio; donó al pueblo cierto parque dilatado, valuado en millones, y, además, pasaba por ser, según dejo dicho, uno de los más devotos y generosos protectores de la Clark University, donde costeaba cátedras é instituía premios. ¡Qué hombres!...

El benemérito Mr. Salisbury descendía de un noble inglés arribado á América con los primeros conquistadores, y moraba en cómoda villa, donde, ocioso es decirlo, nos alojó y trató á cuerpo de rey. Frisaba nuestro huésped en los sesenta y cinco, y permanecía soltero, por horror, nos decía, á la mujer americana, cuyas tendencias varoniles y excesiva libertad de movimientos (la locura feminista culminaba entonces) repugnábanle invenciblemente.

Había viajado por España y chapurreaba algo el español. Por cierto, que al recordar las picantes aventuras de sus viajes por Andalucía y encarecer la gracia y donaire de las hembras de Cádiz, Sevilla y Granada, solía decirnos que en España «sólo las mujeres tienen talento». Á sus ojos, nuestros hombres resultaban deplorablemente insignificantes.

—Me complazco, exclamaba á veces, en alojar en mi casa á un español dotado de sentido común...[183].

En el adjunto grabado (fig. 87) reproduzco la fotografía de Mr. Salisbury y de sus dos huéspedes españoles, hecha por un ayuda de cámara aficionado al arte de Daguerre.