El texto de las citadas Conferencias, reunido con el de todas las pronunciadas durante las fiestas, imprimióse á expensas de la Universidad, en lujosísimo volumen, primorosamente encuadernado[184]. Al frente de cada serie de lecciones figuraba el retrato del profesor.
La Sesión de clausura, celebrada el 10 de Julio, fué muy solemne. Leyéronse en ella expresivas cartas de congratulación del Presidente de la República, Mr. MacKinley, de varios conspicuos miembros del Senado y, en fin, de muchos sabios ilustres nacionales y extranjeros; pronunció el Rector G. Stanley Hall, elocuente oración, en la cual, después de narrar la historia de la Universidad, enumeró los trabajos científicos realizados y trazó el programa de los futuros desarrollos. Siguió luego una especie de sermón de tonos elevados, pronunciado por el reverendo Dr. De Vinton; y, por último, previos los sendos encomios de ritual, fuimos los cinco profesores extranjeros investidos ceremoniosamente del grado de doctor honoris causa (Doctor en Derecho, según reza el diploma), acabando el acto con breves discursos de gracias.
El papel de huésped, más ó menos ilustre, resulta en América singularmente comprometido. Los yankis no se contentan con aprender del forastero; desean además ser juzgados por él. Velis nolis, no tuvimos más remedio que improvisar respuestas á las siguientes delicadas interrogaciones:
¿Qué defectos halla usted en nuestras Instituciones docentes? ¿Tendría usted la bondad de señalar las reformas urgentes ó las medidas encaminadas á perfeccionar la obra de nuestra Universidad?
Claro es que rindiendo culto á la cortesía y á impulsos de la gratitud, nuestros juicios fueron incondicionalmente encomiásticos; sin embargo, al través del follaje retórico, apuntaban también algunas reformas útiles. Yo propuse para el cuadro de enseñanza de la Universidad, dos novedades: la creación de laboratorio de Investigaciones bacteriológicas y la de otro de Histología y Patología experimentales.
Mas en esto de las encuestas tuve peor suerte que mis compañeros. Mi calidad de español me constituía en blanco preferente de los reporteros políticos. Las periodistas, sobre todo, me asediaban día y noche. Querían saber de mí —¡ahí es nada!— los inconvenientes ó las ventajas que para los Estados Unidos podrían derivarse de la anexión de Cuba, Puerto Rico y Filipinas. ¡Era como mentar la soga en casa del ahorcado!
Salí del paso como pude de tan inoportunos entrometimientos, no sin incurrir, á causa quizás del mal humor, en bastantes ligerezas. ¡Espantado quedé al leer en los periódicos locales mis declaraciones políticas!...
Y menos mal que conseguí evitar á mi esposa los asaltos de aquellas implacables reporteras (solteronas típicas y genuinos representantes de lo que Ferrero llamó el tercer sexo), resueltas á sonsacar á ultranza la opinión de Mistress Cajal, tanto sobre el feminismo teórico, como sobre el estado en que se encontraba en nuestra patria la campaña de la emancipación de la mujer.
—En nuestro país —les respondí— vivimos por desgracia tan atrasados, que las mujeres se contentan todavía con ser femeninas y no feministas. Y al parecer, ello les basta para su felicidad y la del hogar.
Por no abusar de la paciencia del lector, omitiré los festejos, recepciones, festines y agasajos de todo género, de que fuimos objeto, tanto los huéspedes extranjeros como los representantes de las Universidades americanas, de parte del ilustre Rector y de los simpáticos profesores de la Clark University. Por lo que á mí toca, fuera, empero, ingratitud no consignar las atenciones y delicadezas que merecí á Mr. A. Gordon Webster, ilustrado profesor de Física, en cuyo hogar tuve el honor de conocer á la genuina mujer americana, culta, fuerte, hacendosa y exenta de enfadosos feminismos; y al Dr. A. Mayer, ferviente admirador y compatriota de A. Forel, en compañía del cual gusté el placer de visitar los principales establecimientos de beneficencia, y particularmente un magnífico Hospital consagrado al tratamiento de las enfermedades nerviosas y mentales; Hospital donde, por cierto, pude apreciar los inestimables servicios prestados por las señoritas enfermeras, jóvenes bien educadas, instruídas en los elementos de la medicina, y que sustituyen allí ventajosamente á nuestras hermanas de la Caridad.