Este oreo literario y político hízome mucho bien, evitando á mi cerebro esas temibles atrofias compensadoras del especialismo profesional, en virtud de las cuales vemos con pena todos los días á matemáticos, físicos, químicos y naturalistas insignes, discurrir como si carecieran de sentido común, en cuanto se les saca de sus habituales estudios, y se les obliga á platicar de filosofía, de arte ó de ciencias sociales.
Dejo apuntado algo acerca de lo modesto de mi domicilio. Añadiré ahora que me confiné, conscientemente y por sistema, en la mediocridad económica, á fin de disponer á mi talante de todo el tiempo que me dejaba libre la enseñanza oficial. Penetrado de que un presupuesto equilibrado es condición inexcusable de la paz del hogar y de la serenidad de espíritu necesaria á la actividad científica, decidí vivir con los 52 duros de paga mensual á que ascendía mi haber de catedrático (3.500 pesetas al año). Pero como un Laboratorio en plena actividad consume casi tanto como la familia, hube de buscar, según costumbre, ingresos complementarios, no en el ejercicio profesional, según hábito general, sino en la extensión de la función pedagógica. Organicé, por tanto, en Valencia, con mejor éxito todavía que en Zaragoza, un curso práctico de Histología normal y patológica, al cual acudieron bastantes médicos que cursaban libremente el doctorado, y algunos doctores deseosos de ampliar sus conocimientos en Histología y Bacteriología; ciencia esta última que entonces alboreaba prometedora en el horizonte, á impulsos de los geniales descubrimientos de Pasteur y de Koch.
Uno de los jóvenes más asiduamente asistentes á mis lecciones, fué el Dr. Bartual, talento sólido y completo (actualmente catedrático de Histología de Valencia), y cuyo alejamiento del Laboratorio, por imposición del enervante medio social, deploramos cuantos conocimos de cerca sus excepcionales aptitudes y su adecuada y concienzuda preparación para la investigación científica; otro discípulo, frustrado igualmente para la ciencia por falta de ambiente, fué el Dr. E. Alabern, á quien faltó resolución para desertar oportunamente del Cuerpo de Aduanas y consagrarse á la carrera del profesorado. Pero la lista de los buenos, extraviados en el desierto, sería interminable...
Con los nuevos ingresos no sólo evité el temible déficit, sino que alimenté holgadamente mi Laboratorio, procurándome además nuevos aparatos científicos; por ejemplo: un microtomo automático de Reichert, que me prestó inestimables servicios. Porque hasta entonces no había usado más microtomo que la vulgar navaja barbera (el rudimentario microtomo de Ranvier que poseía ofrecía más inconvenientes que ventajas), para el manejo de la cual había adquirido, ciertamente, bastante habilidad, mas con cuyo auxilio resultaba imposible conseguir regularmente cortes finos de alguna extensión.
El cólera de 1885, que hizo tantos estragos en Valencia y su comarca, me obligó temporalmente á abandonar las células y fijar mi atención en el bacillus comma, el insidioso protagonista (recién descubierto por Koch en la India) de la asoladora epidemia. Decía en páginas anteriores que en el horizonte científico surgía un nuevo mundo, la microbiología, consagrada al estudio de los microbios ó bacterias (hongos archimicroscópicos, agentes de las infecciones) y al mecanismo de su acción patógena sobre el hombre y los animales. Las novísimas y sorprendentes conquistas de Pasteur y Chaveau, en Francia, y de Koch, Cohn, Löffler, etc., en Alemania, atrajeron vivamente la atención de los micrógrafos, muchos de los cuales desertaron del viejo solar histológico, fundado por Schwann y Virchow, para plantar sus tiendas en el terreno casi virgen de los invisibles enemigos de la vida. Yo sufrí también la sugestión del nuevo sol de la ciencia, que iluminaba con inesperadas claridades los obscuros problemas de la Medicina. Y cedí durante algunos meses á las seducciones del mundo de los seres infinitamente pequeños. Fabriqué caldos, teñí microbios y mandé construir estufas y esterilizadoras para cultivarlos. Ya práctico en estas manipulaciones, busqué y capturé en los hospitales de coléricos el famoso vírgula de Koch, y dime á comprobar la forma de sus colonias en gelatina y agar-agar, con las demás propiedades biológicas, ricas en valor diagnóstico, señaladas por el ilustre bacteriólogo alemán.
Eran días de intensa emoción. La población, diezmada por el azote, vivía en la zozobra, aunque no perdió nunca (dicho sea en honor de Valencia) la serenidad; los hospitales, singularmente el de San Pablo, rebosaban de coléricos. Recuerdo que en mi propio domicilio (calle de Colón) murieron varios atacados.
Como de costumbre, reinaban entre los médicos la contradicción y la duda. Los viejos galenos, recelosos de toda novedad, ateníanse, en teoría, á la doctrina clásica de los miasmas, y, en el orden práctico, al inevitable láudano de Sydenham. Los creyentes en el microbio, jóvenes en su mayoría, recomendaban hervir el agua potable y no ingerir alimento ni bebida que no hubiera sufrido cocción preliminar. Atribuyo al uso del agua hervida y demás precauciones higiénicas, la inmunidad de mi familia, no obstante conservar en mi Laboratorio casero deyecciones de colérico y cultivos del germen en gelatinas y caldos.
Por cierto que por aquellos días (2 de Julio de 1885), período culminante de la epidemia, me nació mi cuarto hijo.
En medio de la preocupación general apareció en Valencia el Dr. Ferrán, célebre médico tortosino, predicando por boca de elocuentes amigos y admiradores, la buena nueva de la vacuna anticolérica. Después de algunos experimentos de Laboratorio practicados en conejos de Indias, y de ciertas audaces y abnegadas auto-inoculaciones, creyó haber encontrado un cultivo del vírgula que, inoculado en el hombre, le inmuniza seguramente contra el microbio virulento llegado por la vía bucal.
La clase médica, emocionada por el anuncio de la citada vacuna, discutió vehementemente el tema en Academias y Ateneos, Revistas profesionales y hasta en periódicos políticos. Como siempre, mostrose en el debate ese dualismo irreductible de viejos y jóvenes, de misoneistas y filoneistas. Para los primeros, la vacuna constituía deplorable error científico, cuando no industrial negocio de mal género; los segundos se entusiasmaron con la iniciativa del médico tortosino, cuyos talentos y laboriosidad pusieron en las nubes. En fin, ciertos devotos fervientes de Ferrán llevaron su celo higiénico hasta organizar un comité ó sociedad encargada de hacer propaganda, fabricar en grande escala la vacuna, gestionar del Gobierno y de las autoridades autorización para ensayar la nueva inmunización, y en fin, una vez logrado el permiso, efectuarla sistemáticamente en todas las provincias atacadas.