Si el ilustre sabio alemán hubiera visitado veinte años después nuestras Facultades de Medicina y Ciencias, habría podido comprobar igual abandono y apatía. Los imponentes modelos de microscopios de Ross ó de Hartnak continuaban inmaculados en sus cajas de caoba, sin otro fin que excitar en vano la curiosidad de los alumnos ó la ingenua admiración de los papanatas.
[4] Tiempo después me dijeron que el Dr. Martínez y Molina, único juez que descubrió algún mérito en el humilde y desconocido provinciano, conservó mucho tiempo, á los fines de la demostración en cátedra, mis representaciones en color del tejido óseo y del proceso de la osificación. Tan tímido y huraño era yo entonces, que ni siquiera me atreví á visitarle para agradecerle su fina y honrosa atención.
[5] Debo al Dr. Salustiano Fernández de la Vega, opositor triunfante de la cátedra de Anatomía de Zaragoza, el conocimiento de esta inapreciable obra, que tanto contribuyó á formar mi gusto hacia la investigación original.
[6] La devoción y el afecto que D. Salustiano sentía por M. eran tan hondos, que desde un pueblo de Navarra le trajo á Zaragoza, le alojó en su propio domicilio, le nombró su ayudante y le instruyó rápidamente en los estudios anatómicos. ¡Y, sin embargo, estos Pílades y Orestes de la amistad más cordial acabaron por regañar, en testimonio de que todo es pasajero en este pícaro mundo, hasta los afectos inspiradores de las grandes generosidades!...
[7] Efectuáronse en 1880.
[8] Aquel resultado fué decisivo para mi carrera. Si cualquiera de los jueces forasteros que tuvieron la bondad de apoyarme hubiera atendido las voces rencorosas de ciertos profesores aragoneses, mi vida hubiera corrido por cauce diferente. Porque mi padre, algo desilusionado á causa de mi derrota en Madrid, había resuelto, en caso de nuevo fracaso, convertirme en médico de partido. Y de seguro lo hubiera conseguido, aunque no el que yo abandonase mis aficiones predilectas hacia la investigación micrográfica.
[9] Pasadas aquellas oposiciones, trabé intimidad con el eximio catedrático de Patología general de San Carlos, acudiendo casi diariamente á su casa, donde había instalado un Laboratorio de micrografía y bacteriología. Letamendi tenía empeño en ilustrar su obra, en vías de ejecución, Curso de Patología general, con microfotografías, y yo me presté á ejecutar algunas pruebas y á enseñar á los ayudantas del maestro la fabricación de las placas ultra-rápidas al gelatino-bromuro, entonces poco ó nada conocidas. ¡Qué ratos deliciosos pasábamos junto aquel hombre cuyo ingenio, vibrante de gracia y de agudeza, proyectaba vivísima luz sobre las cuestiones más abstrusas y que, cuando no convencía, sabía al menos hacer pensar!...
[10] Diógenes Laercio: Traducción de Ortiz y Sanz, 1887.
[11] Todas las fábricas que se han instalado después en España sobre la base de grandes capitales, con ingenieros extranjeros al frente, han fracasado lastimosamente. Estas iniciativas, laudables en principio, puesto que tiran á rescatar para España las docenas de millones de francos que nos cuesta la compra en el extranjero de placas fotográficas, han venido demasiado tarde. Sin fábricas nacionales de cristal ni de productos químicos, y lo que es más grave, sin patentes de invención de ninguna especie, se ha querido luchar con las excelentes marcas extranjeras de Lumière y Jougla, casas que, en virtud de incesantes trabajos de investigación, han elevado sus placas al último grado de perfección y fijado precios sumamente moderados.
[12] Á esto aludo particularmente en mi libro Reglas y consejos sobre la investigación biológica, 4.ª edición, pág. 154 y siguientes.