[174] Cajal: Estudios sobre la corteza cerebral humana. I Región visual. Revista trimestral micrográfica, tomo IV, 1899. Con 23 grabados.

[175] — II. Estructura de la corteza acústica y circunvoluciones de la ínsula. Rev. trim. mic., tomo V, 1900. Con 12 figuras.

[176] — III. Región motriz del hombre y mamíferos superiores. Rev. trim. mic., tomo IV. 1899. Con 31 grabados.

[177] — IV. La corteza olfativa. Rev. trim. mic., tomo V, 1899. Véase el trabajo más extenso en Trab. del Lab. de Inv. biol., tomo I, 1901.

[178] Cajal: Studien über die Hirnrinde des Menschen. Übersetzt von Dr. J. Bresler. Leipzig. Verlag von A. Barth, 1900.

[179] Cajal: Estudios sobre la corteza cerebral humana. II. Corteza motriz. Revista trimestral micrográfica, tomo V, Marzo de 1900.

[180] Estructura de la corteza acústica, etc. Revista trimestral micrográfica, tomo V, núm. 2.º y 3.º, Septiembre de 1900.

[181] Cajal: Estructura de la corteza olfativa del hombre y de los mamíferos superiores. Revista trimestral micrográfica, núm. 4, Diciembre de 1900. Á esta monografía siguió, en 1901, otra complementaria, aparecida en mi nueva revista Trabajos del Laboratorio de Investigaciones biológicas, tomo I.

[182] En descargo de esta inhábil conducta de las autoridades cubanas, se ha dicho que también fué empleada por la cultísima Inglaterra en su contienda con los boers. Pero sobre que una crueldad no se justifica jamás con otra crueldad precedente ó subsiguiente, quienes así discurren parecen olvidar que sólo las naciones fuertes pueden cometer impunemente ciertos excesos. Nuestro Gobierno, autorizando en Cuba las referidas medidas, procedió como si España viviera sola en el planeta, ó como si las naciones poderosas y dominantes, vecinas de los Estados débiles, no hubieran en todo tiempo invocado para sus expoliaciones pretextos de humanidad y civilización.

[183] Por desgracia, este juicio despectivo hacia los españoles no puede considerarse como chuscada de comensal amable y chancero. Traduce un sentimiento real, sumamente generalizado entre los pueblos anglosajones, sobre el cual debieran meditar mucho peninsulares é hispano-americanos. De mis conversaciones con yanquis, ingleses y alemanes, he sacado la convicción —no descubro ningún secreto—, de que, á juicio de los enérgicos y laboriosos hijos del Norte, las naciones mediterráneas, y singularmente la portuguesa y la española, constituímos razas decadentes, degeneradas moral y físicamente, á quienes debe tratarse sin ninguna contemplación. «Por los americanos del Sud no sentimos ninguna especie de simpatía», decíame confidencialmente cierto profesor yanqui, poniendo en su pensamiento velos de eufemismo.