Alberto v. Kölliker, célebre histólogo alemán, Profesor en la Universidad de Würzburgo.
Era tan poco dado al culto vanidoso de la consecuencia, que, habiendo sido partidario de la teoría reticular, la abandonó, adaptándose con flexibilidad juvenil á las nuevas concepciones del contacto y de la independencia morfológica de las neuronas. En su afecto hacia mí, llevó la benevolencia hasta aprender el español para leer mis primeras comunicaciones. Más tarde puso el colmo á su modestia, traduciendo personalmente para su Zeitschrift f. wissensch. Zool. el texto de un trabajo mío sobre el Asta de Ammon, etc. Por todo ello y por otras muchas pruebas de afecto, testimoniadas en cartas y publicaciones, conservo del glorioso maestro recuerdo imborrable y gratitud profunda.
En el Congreso de Berlín tuve también el honor de tratar al ilustre Gustavo Retzius, profesor de Anatomía de Estocolmo, uno de los investigadores más sagaces, laboriosos y concienzudos que he conocido; á W. His, el gran embriólogo de Leipzig, de quien ya hice memoria en el capítulo anterior; á Waldeyer, el maestro venerado de la Anatomía é Histología alemanas, catedrático en la Universidad de Berlín; á van Gehuchten, joven y ya brillante profesor de la Universidad de Lovaina, con el cual había mantenido ya correspondencia con ocasión de nuestros trabajos sobre la fibra muscular, y, en fin, á Schwalbe, C. Bardeleben y otros anatómicos renombrados. De algunos de ellos, convertidos luego en benévolos patrocinadores de mis ideas, me ocuparé en el próximo capítulo.
De regreso de Berlín, hice escala en la pequeña ciudad de Gotinga, donde tuve el gusto de abrazar á mi amigo el Dr. W. Krause. En su compañía pasé tres ó cuatro días deliciosos. Mostróme lo más importante de la ciudad, sobre todo los museos y laboratorios de la Universidad; me presentó á un colega suyo, gran coleccionador de cuadros y admirador de la pintura española (estaba encantado de un Velázquez harto dudoso que pretendía poseer), el cual nos agasajó con suculento banquete; y, en fin, me acompañó á su laboratorio oficial, instalado por cierto en modesta casa de vecindad, y en donde trabajaban algunos pocos discípulos en medio de un material é instrumental nada lujoso, pero suficiente. Excusado es decir que me apresuré á mostrar al Dr. Krause mis preparaciones, y aún le regalé algunas; las referentes á la retina, tema en que predilectamente se ocupaba, le interesaron vivamente.
En nuestras conversaciones de sobremesa cambiamos noticias acerca de la organización de nuestras respectivas Universidades. Llenóme de asombro el saber que los profesores eran escogidos casi libremente, sin oposición ni concurso. Me chocó también la ausencia de plan uniforme de enseñanza, y algo así como el abandono sistemático de ese espíritu de unidad y centralización, tan caros hogaño en nuestra España, por imitación servil de la organización universitaria francesa. Cada ciencia tenía su hogar propio, que recibía el nombre del Instituto, comprensivo de la cátedra, laboratorio para el profesor y sus discípulos, la biblioteca, etc. Nada de exámenes si no es al final de la carrera. En fin, los profesores, distinguidos en las categorías de docente privado, profesor extraordinario y profesor numerario, en vez de ajustarse á nómina equitativa, cobraban del Estado y de la ciudad, según sus méritos, amén de recibir también honorarios de sus alumnos.
¡Supresión de exámenes, cantonalismo profesoral, retribución por los alumnos, ingreso sin oposición y sin concurso y, frecuentemente, por una especie de contrata!... He aquí un conjunto de reformas que, aplicadas á España, país clásico de la holganza, del favoritismo y de la cuquería, nos harían retroceder antes de diez años al estado salvaje. Por algo ha dicho Paulsen que cada país posee el régimen universitario que necesita, es decir, el mejor posible, dado el estado de la ética social.
Después de este descanso en una apacible y pequeña Universidad alemana, tan fértil en grandes sabios como limpia de intrigas y ambiciones, proseguí mi viaje de regreso. Visité rápidamente la pintoresca Lucerna y el poético lago de los Cuatro Cantones; crucé los Alpes por el San Gotardo, sintiendo en el alma que la escasez de mis recursos no me permitiera detenerme en la contemplación de aquellos incomparables panoramas, y en fin, recorrí el Norte de Italia, particularmente Turín, Pavía y Génova, famosas ciudades universitarias.
En Turín tuve el gusto de conocer personalmente al insigne histólogo italiano Julio Bizzozero y al no menos célebre profesor Angelo Mosso. Recuerdo que sus sendas cátedras y laboratorios estaban instalados en un viejo convento, en locales poco apropiados. Quise averiguar cuáles eran los recursos de la Universidad y los sueldos de los Profesores, y me encontré con dos sorpresas: la primera, que el profesorado italiano, con valer mucho, ganaba poco más que el nuestro (el sueldo límite para los más antiguos era de 10.000 liras), con un rendimiento docente y científico infinitamente superior; la segunda, que, inspirándose en altos móviles de patriotismo y de amor á la ciencia, las Corporaciones populares (como si dijéramos el Ayuntamiento y la Diputación provincial) y personajes opulentos, añadían, á la modesta cantidad consignada para material en los presupuestos del Estado, donativos cuantiosos destinados á experimentos científicos. Una Junta mixta de próceres y de autoridades administraba estos fondos supletorios, según las necesidades de cada Cátedra y de cada Profesor.
He aquí una conducta que llenará de estupor á nuestros Municipios y Diputaciones, tan bien hallados con el cerril y antipatriótico cantonalismo corporativo. Aparte los altos fines educativos y culturales, la Universidad y demás Instituciones oficiales representan para la ciudad, tanto un gran prestigio, como un gran provecho. Ya que no por solidaridad y amor á la ciencia, por egoísmo y emulación bien entendidos, deberían las citadas Corporaciones venir en ayuda del Estado, costeando nuevas enseñanzas, mejorando las existentes y fomentando, en fin, el espíritu de investigación. Pero estas verdades tan sencillas, ¿podrían penetrar siquiera en las compactas cabezas de nuestros ediles ó en las seseras no menos ebúrneas de nuestros próceres?