Todo su valimiento político lo puso en servicio de San Carlos. Á él se deben, entre otras plausibles iniciativas, los nuevos laboratorios y clínicas de la docta Casa; la construcción de un piso sobre el vetusto edificio; la anexión al Hospital clínico de un ala del Hospital provincial (conseguir esto exigió un pleito laborioso contra la Diputación, dirigido por D. Julián con insuperable habilidad y entereza); la creación de las cátedras de especialidades médicas; la organización de los gabinetes de radiografía, mecanoterapia, etc.
Yo debo agradecerle la construcción y organización del Laboratorio de Micrografía, uno de los mejores y, por descontado, el más capaz é importante de San Carlos. La creación de este centro de estudios era apremiante, porque á mi llegada á la Corte encontréme por todo Laboratorio con cierto pasillo angosto y largo, pobrísimo de material é instrumental, sin libros ni biblioteca de Revistas. Quimérico resultaba dar, en tan angosto local, mediana enseñanza práctica á más de doscientos alumnos oficiales, amén de los libres.
Requerido por mí, D. Julián tomó sobre sí la reforma, gestionándola con extraordinario interés. Y haciendo gala de su maravillosa actividad, consiguió en pocos meses la consignación en presupuesto de los créditos necesarios y la ejecución de la obra. El nuevo Laboratorio de Histología, capaz para trescientos alumnos, se eleva frontero á la calle de Santa Isabel, encima de la grandiosa sala de disección: encierra gabinete de trabajo para profesores y ayudantes, gran salón de prácticas para los alumnos, departamentos de Bacteriología, de Microfotografía, etc.
Conseguido el local, siguiéronse los naturales complementos: la compra de libros y Revistas, adquisición de estufas de esterilización y vegetación, así como de número suficiente de microscopios. Al viejo é imponente Ross, el cañón del Laboratorio, menguadamente acompañado de un par de antiguos modelos de Verick y Nachet, añadiéronse, en épocas sucesivas, dos magníficos Zeiss y 40 microscopios y microtomos de Reichert, destinados á los alumnos. ¡Era el ideal codiciado, la suprema aspiración de una vida!... Y todo ello se llevó á cabo por D. Julián espontáneamente, sin halagos ni adulaciones, inspirado en el noble entusiasmo que nuestro decano vitalicio sintió siempre por la función docente.
Ignoro si el venerable D. Julián, actuando en funciones de cacique universitario, pecó algo, conforme dieron en decir ciertos adustos censores; pero á todos consta que amó también mucho cosas tan santas como la ciencia y la enseñanza, y que, á causa de pasión tan hermosa, debemos perdonárselo todo.
Del ilustre Olóriz me ocupé ya en anteriores páginas, con ocasión de relatar comunes andanzas de opositores á cátedras. Séame permitido añadir aquí, en memoria del malogrado compañero, algunas frases encomiásticas.
Era D. Federico, como le llamábamos amigos y admiradores, el maestro por excelencia. Lo que en muchos es oficio, constituía en él vocación irresistible. Asiduo, formal y concienzudo, cumplía con insuperable celo su ministerio docente. De un exterior algo vulgar, encerraba un espíritu refinadamente aristocrático. Escribía tan maravillosamente como hablaba, y era dueño de palabra fácil, elegante, agilísima, puesta al servicio de clarísimo entendimiento[112]. No se prodigaba, sin embargo. Replegado en su modestia, limpio de todo estímulo vanidoso, rehuyó siempre la popularidad, como desdeñó la política, campo donde sus dotes de formidable polemista hubiéranle traído triunfos resonantes.
En funciones de examinador pasaba Olóriz por riguroso y exigente. Imponía á los discípulos con su severidad; pero los desarmaba con la justicia. Y, terminada la carrera, aun los más desaplicados le agradecían sus rigores, rindiéndole filial afecto.
Hacia la época de mi traslación á Madrid vivía el maestro algo retraído, refugiado en la cátedra y en el hogar, consagrando todos sus escasos vagares á los estudios antropológicos, en que llegó á ser autoridad indiscutible. Más adelante, creóse para él en el Ministerio de Gracia y Justicia una cátedra de Antropología criminal, donde aplicó por primera vez el sistema de identificación del Dr. Bertillon y asentó las bases de un ingenioso proceder de clasificación y reconocimiento de las impresiones digitales. Su voluminosa obra acerca del Índice cefálico en España y diversos folletos antropológicos dan elocuente testimonio del ardor y acierto con que el malogrado maestro emprendió la empresa de diferenciar y clasificar los tipos antropológicos existentes en las diversas provincias españolas.
¡Lástima grande que las acometidas de una dolencia cruel quebrantaran casi en plena juventud sus fuerzas físicas, esterilizando la prosecución y coronamiento de una labor admirable, que había merecido ya galardones y aplausos entre los sabios extranjeros!... Recuerdo que, entre otros premios, recibió el de Fauvelle, de la Academia de Medicina de París.