Para cerrar este capítulo, mencionaré dos sucesos fecundos en consecuencias para el estímulo y prosecución de mi obra científica.

Fué el primero la creación, á costa de no pocos sacrificios pecuniarios, de mi Revista trimestral micrográfica[158], al objeto de publicar rápidamente, y sin hacer antesala en las Redacciones de las revistas nacionales y extranjeras, los trabajos micrográficos del Laboratorio de la Facultad de Medicina, y de estimular al mismo tiempo los ensayos de mis discípulos. En dicha publicación vieron la luz varias de las comunicaciones enumeradas en el presente capítulo y casi todas las aparecidas después, hasta 1901, fecha en que, con recursos oficiales, fundé el Anuario titulado Trabajos del Laboratorio de investigaciones biológicas. Según presumirá el lector, mi Revista trimestral no perseguía éxitos financieros. Contaba, ciertamente, en España con algunos suscriptores generosos, que pusieron patriótico empeño en sostenerla; pero los abonados del extranjero escaseaban, no sólo por ignorancia de nuestro idioma, sino porque yo regalaba mi publicación á casi todos los micrógrafos de nombradía.

Los primeros fascículos de dicha Revista fueron casi exclusivamente redactados por su director. Poco después, creado un germen de escuela, ayudáronme eficazmente, entre otros discípulos entusiastas, mi hermano Pedro Ramón Cajal, á la sazón Catedrático de Histología de Cádiz, que contribuyó nada menos que con ocho extensas monografías, recaídas sobre variados temas de neurología comparada (peces, reptiles, aves y batracios); el malogrado alumno interno R. Terrazas[159], con sus interesantes estudios de neurogénesis cerebelosa y los referentes al tejido cartilaginoso; el joven mallorquín Blanes Viale, alumno aventajadísimo (muerto también en flor, antes del término de la carrera), con cierta concienzuda indagación acerca del bulbo olfatorio; Sala Pons, antiguo discípulo de Barcelona, con sus estudios relativos á la corteza cerebral de las aves y médula espinal de los batracios; Olóriz Aguilera, cuya colaboración en mis indagaciones sobre la estructura ganglionar dejo ya consignada; Carlos Calleja, por entonces ayudante de la Facultad, y autor de valiosa comunicación acerca de la corteza cerebral olfativa; y en fin, Isidoro Lavilla, actual Catedrático de Valladolid, que aportó dos estudios importantes: uno sobre el gran simpático intestinal y otro concerniente á los focos acústicos de los mamíferos.

El segundo acontecimiento, muy lisonjero para mí, fué mi elección espontánea de miembro de la Real Academia de Ciencias, de Madrid. Esta designación tiene su anécdota, que referiré, porque honra mucho al patriotismo é independencia de la sabia Corporación.

Uno de los más conspicuos académicos, á la sazón recién llegado de Berlín, contó á sus compañeros que el gran Virchow, entonces en todo el resplandor de su gloria, habíale sorprendido con una pregunta á que no pudo responder: «¿En qué se ocupa ahora Cajal? ¿Continúa sus interesantes descubrimientos?»

Confuso y algo avergonzado nuestro prócer académico, de que en Berlín inspirara interés la labor de un español de quien él no sabía palabra, procuró, de regreso á la península, satisfacer su curiosidad. Y de sus conversaciones con el sabio astrónomo D. Miguel Merino, el inolvidable secretario perpetuo, surgió el acuerdo de iniciar y defender mi candidatura para cierta vacante, á la sazón en litigio. Tengo, pues, el singular privilegio de ser académico á propuesta de R. Virchow y de D. Miguel Merino.

La redacción del discurso de ingreso, ocurrida en 1897[160], dióme ocasión de exponer, ex abundantia cordis, algunas reglas y consejos destinados á despertar en nuestra distraída juventud docente el gusto y la pasión hacia la investigación científica. Puse especial empeño en hacer amables y atractivas las tareas del laboratorio, y para lograrlo empleé un lenguaje llano, sincero y rebosante de entusiasmo comunicativo y de ferviente patriotismo. Y el éxito superó á mis esperanzas. Tan lisonjera acogida halló mi fogosa arenga en el público universitario y en la prensa, que, agotada rápidamente la tirada oficial del discurso, mi excelente amigo el Dr. Lluria, supliendo mi dejadez, estimó necesario reeditarla por su cuenta, destinando generosamente la nueva y copiosísima tirada á ser gratuitamente distribuída entre los estudiantes y diversos centros de enseñanza. Años más tarde, yo mismo, requerido vivamente por algunas entidades docentes y ciertos lectores entusiastas, hube de publicar, con nuevas ampliaciones y mejoras, la tercera edición (la cuarta hállase actualmente en prensa).

Y si la índole de mi folleto, pensado y escrito exclusivamente para España, y enderezado, por tanto, á corregir, acaso con excesiva viveza, vicios, rutinas y abandonos genuinamente españoles, no me lo vedara, habría á estas fechas saboreado la satisfacción de verlo traducido á varios idiomas, por ser muchas las solicitudes de versión á lenguas extrañas, cortésmente denegadas. Acaso algún día, si me asisten salud y vagares suficientes, corrija el texto, universalizándolo en lo posible y purgándolo de ciertos pasajes que sonarían inoportuna ó estridentemente en el oído de franceses, ingleses ó alemanes, ciudadanos de felices naciones donde la ciencia no requiere, para ser celosa y abnegadamente cultivada, el empleo de ciertos excitantes.

Ya en vena de enumerar distinciones y honores, recordaré también que en 1897 fuí elegido numerario de la Real Academia de Medicina, de Madrid; que esta misma ilustre Corporación me galardonó, meses antes, con el premio Rubio (1.000 pesetas), á causa de la publicación de una obra de texto, entonces reciente, Elementos de Histología; que en 1896 la Société de Biologie, de París, recompensó espontáneamente mis trabajos, adjudicándome el premio Fauvelle (1.500 francos); que por la misma época, la famosa Universidad de Würzburgo[161], con ocasión de la inauguración del nuevo Palacio Universitario, me otorgó, en compañía de algunos Profesores ilustres, el grado de doctor honoris causa; que años antes (1895), la Sociedad Fisico-Médica de la misma ciudad bávara, por iniciativa, sin duda, de mi ilustre amigo el Dr. A. Kölliker, nombróme miembro corresponsal; que, en fin, con igual distinción honráronme, por entonces, la Academia de Medicina de Berlín, la Sociedad de Psichatría de Viena, la Sociedad de Biología de París, la Sociedad Frenática Italiana, la Academia de Ciencias de Lisboa, etc.