Permítasenos la inmodestia de citarnos a este propósito. Con las exiguas economías del haber de un catedrático de provincias, y sin más ingresos extraordinarios que algunas lecciones particulares, hubimos nosotros de crear y mantener, durante quince años, un laboratorio micrográfico y suficiente biblioteca de Revistas. Nuestro primer microscopio —un Verick estimable— fue adquirido a plazos. Y el caso no es excepcional. Lo corriente es inaugurar la propia obra con penuria de medios, pero con medios propios, que precisamente por serlo resultan singularmente educadores y fecundos. Notorio es que la mayoría de los descubrimientos fisiológicos, histológicos y bacteriológicos, etc., fueron obra de jóvenes entusiastas, sin nombre y sin fortuna, que trabajaron en buhardillas o graneros. El laboratorio oficial, cómodo y suntuoso, llegó más adelante, como galardón del éxito científico.
A docenas podrían citarse ejemplos clásicos de modestos comienzos. Faraday, aprendiz de encuadernador, llevado de su entusiasmo científico, asentó de mozo o de mecánico en el laboratorio de Davy, alejado del cual, y sin haber seguido carrera alguna, montó un Centro de investigaciones, del que brotaron admirables conquistas, renovadoras de la ciencia de la electricidad. El gran Berzelius inició sus descubrimientos químicos en el obrador de su botica. Buena parte de los astrónomos de genio exploraron el cielo desde la azotea de sus casas, armados de medianos anteojos. Sirva de ejemplo Goldschmidt, quien desde las ventanas de su habitación, y ayudado de modestísimo refractor (105 mil.), descubrió, a fuerza de paciencia, muchos pequeños planetas.
En suma: más que escasez de medios, hay miseria de voluntad. El entusiasmo y la perseverancia hacen milagros. Lo excepcional es que, en lujosos y bien provistos laboratorios sostenidos por el Estado, un novel investigador logre estrenarse con memorable hazaña científica. Desde el punto de vista del éxito, lo costoso, lo que pide tiempo, brío y paciencia, no son los instrumentos, sino, según dejamos apuntado, desarrollar y madurar una aptitud. A lo más, la mezquindad económica nos condenará a limitar nuestras iniciativas, a achicar el marco de la indagación. Pero, ¿no es esto una ventaja?
Desde este aspecto, cabe distinguir dos ciencias: una dispendiosa, aristocrática, cuyo culto exige templos suntuosos y ricas ofrendas; y otra barata, casera, democrática, accesible a los más humildes peculios. Y esta Minerva de los humildes muéstrase singularmente propicia: en su bondad acoge mejor las flores de la meditación intensa que aparatosas y regias hecatombes. Hay, además, un noble orgullo en triunfar con pobres medios: el orgullo de la elegancia y de la sobriedad. Por otra parte, nada realza mejor la enérgica personalidad del investigador, distinguiéndole de la caterva de trabajadores automáticos, que aquellos descubrimientos donde la voluntad y la lógica dominan el mecanismo, y para los cuales el cerebro es casi todo y los medios materiales casi nada.
Con el propósito de ser útil a nuestros lectores y desterrar preocupaciones económicas, vamos a descender un momento al terreno de las cifras, puntualizando algún presupuesto de laboratorios baratos.
El aficionado a la botánica, anatomía comparada, histología, embriología, etc, necesita, por junto, como instrumental: un microscopio Zeiss, mediano modelo, con concentrador luminoso Abbe; un objetivo de inmersión homogénea, dos a seco y una pareja de oculares (400 a 500 pesetas); pequeño microtomo de Reichert o de Schanze (150); y algunos reactivos y materias colorantes (de 30 a 50 pesetas). En suma, un presupuesto total de 1.000 a 1.200 pesetas[19].
El bacteriólogo y anatomopatólogo han menester material algo más variado y dispendioso, aunque todavía abordable para el médico o naturalista noveles: Microscopio igual al anterior, dos estufas, una de temperatura constante y otra de esterilización, tubos de ensayo, matraces, jaulas para animales, etc. Total: de 1.800 a 2.000 pesetas.
El fisiólogo podrá inaugurar sus estudios con una caja de vivisecciones, aparato de contención, de animales, cilindro registrador de Marey, carrete de inducción, pilas eléctricas, etc. Todo ello costará alrededor de 1.000 pesetas.
Con menos instrumental todavía satisfarán sus gustos el zoólogo, el geólogo, y, sobre todo, el aficionado a la psicología comparada y experimental Nada más económico ni más cautivador para un espíritu medianamente filosófico que el estudio de los instintos; del modo de reacción de los animales en presencia de los excitantes; de las leyes del hábito y de la memoria; del efecto perturbador causado por la alteración del medio físico (variación, herencia, mutación per saltum, etc.); la materia, en fin, de las observaciones y experimentos clásicos de los Fabre, Réaumur, Huber, Lubbock, Forel, Perrier, Bohm, etcétera.
Ciertamente, mayores sacrificios impone el cultivo de la física y de la química. Requiérese a menudo el laboratorio oficial, bien provisto de costosos aparatos de medida o de análisis y de potentes generadores de energía motriz. Y, sin embargo, si nuestro físico en cierne sabe encerrarse en los límites de un tema especial, perteneciente a los grandes capítulos de la electricidad, luz, radioactividad, magnetismo, etc., podrá con ayuda de pocos instrumentos, trabajar también eficazmente a domicilio e ilustrarse con indagaciones estimables.