En su atolondramiento, muchos de ellos toman por aptitud científica el ansia aventurera de viajar o el deseo de adquirir, por cuenta del Estado cierta cultura general de buen tono; y cuando por obligación del cargo visitan laboratorios y asisten a cursos, van animados más bien de curiosidad novelera y de conocer la fisonomía moral y anecdótica del maestro, que del afán de empaparse profundamente en el espíritu de la escuela.
Cuando se pregunta a los extranjeros conocedores de la organización docente española acerca de las causas de nuestra flojedad productiva, la contestación es tan unánime como justa:
«La Universidad extranjera —dicen— recibe de la enseñanza secundaria hombres hechos, con una base científica y literaria muy sólida; mientras que la Universidad española se nutre de mozalbetes irreflexivos, sin formación mental suficiente y casi totalmente desprovistos de conocimientos sólidos en matemáticas, física, química, historia natural, lenguas vivas y filosofía»[41]. Este grave mal ha sido también deplorado por muchos de nuestros maestros, singularmente por André, en cuyos libros (señaladamente en el titulado La mentalidad alemana) se hace crítica luminosa y justa de nuestra defectuosa organización universitaria.
Defecto es este imputable más que a las leyes, a nuestros impacientes padres de familia, que solo se preocupan de que su hijo obtenga un título profesional con el menor gasto posible de tiempo y de dinero. «Lo que no sepa (dicen ellos), ya lo aprenderá después...» Y, en efecto no lo aprenden casi nunca.
No está en las atribuciones de la Junta de Ampliación de estudios pensionar, como decía cierto ingenioso político, a los cabezas de familia para que aprendieran fuera de España el arte de ser padres cabales; pero fuera deseable que a la hora de proponer candidatos tuviera muy en cuenta dicho factor de esterilidad, rechazando (salvo excepciones justificadas) a todos los intonsos doctores y licenciados menores de veinticinco años, sin vocación consolidada ni preparación técnica elemental suficiente.
Colegios españoles en Londres, París y Berlín.— Aunque no somos entusiastas de este procedimiento aconsejado por Costa, no vemos inconveniente en que se le ensaye, creando en Cambridge, Leipzig o Múnich algún colegio español, donde numerosos becarios cursen, según los métodos modernos, tanto la enseñanza secundaria o de Liceo, como la universitaria o superior. Entre otras ventajas, este método de precoz trasplantación tendría la valiosísima de modelar la voluntad y el carácter en la época en que el ambiente social, los deportes, etc., obran con mayor eficacia educativa, y la no menos importante de ofrecer desde el principio a las juveniles inteligencias un pasto intelectual suculento y sano, en lugar de la memorista y superficial instrucción servida, salvo excepciones, en nuestros Institutos y Colegios de segunda enseñanza. Solamente nos detendría el temor de que este método, aplicado de modo global y sin selección a cerebros en agraz, impusiera al exhausto Tesoro español dispendios muy desproporcionados con los resultados.
INSTITUCIONES COMPLEMENTARIAS DEL PENSIONADO
No basta escoger, más o menos automáticamente, la élite de la intelectualidad, transportándola de golpe a los Centros científicos del extranjero. Es preciso crearle antes un ambiente de transición, es decir, adoctrinarla moral y técnicamente para que la acomodación al nuevo medio cultural se efectúe sin riesgos; y es, además, indispensable proporcionar a los mejor adaptados a dicho ambiente, de vuelta de su pensión, los recursos necesarios para proseguir la obra emprendida y evitar que el tipo mental, tan laboriosamente creado, acabe por desdiferenciarse en la molicie, retornando, como ciertas plantas artificiosamente cultivadas, a la especie indígena vulgar.
Ociosas fueran tales iniciativas si nuestras Instituciones docentes estuvieran siempre en situación de ejercitar técnicamente al candidato, y si al regreso de este, la Universidad, las Escuelas especiales o la Administración pública le brindaran puesto adecuado a sus talentos. No sucede así, por desgracia. Los establecimientos oficiales son organismos herméticos, tiranizados por el escalafón y el reglamento, y amarrados a un presupuesto rígido, donde todo está previsto menos las sorpresas de la vida, quiero decir, la brusca aparición de cabezas geniales y la necesidad de prestarles, rápida y oportunamente, apoyo moral y pecuniario.
A subsanar esta deficiencia responden el Instituto Nacional de Ciencias, con sus diversos Laboratorios y Seminarios; el Centro de Estudios históricos, organizado por la Junta de Pensiones, y, en fin, algunos pocos Laboratorios universitarios.