—No hay duda, amigo Juan, sino que esta zambra tiene más apariencia que lo usual y ordinario. Se suena que cierto mozo principal ha tomado tierra en esas calas de la costa, viniendo de Berbería, y que a su buena venida es este festín y zambra. A fe a fe que todavía no ha entrado ni un cristiano viejo; y ¿cómo han de venir si no los llaman? Y ¿cómo han de ser llamados, si los descreídos quieren estar solos para sus prácticas y maquinaciones? Vamos, hermano, que vos como alguacil, y yo como persona de autoridad del pueblo, debemos dar cuenta de todo al alcalde de nuestro Ayuntamiento.

Y al partirse, y reparando en el soldado, añadió el otro:

—Este Cigarral todo lo asalta y con todos se comunica: bien va, y será recibido a las mil maravillas, que a falta de otras hechicerías, bien podrá prestar a la chusma las buenas habilidades de su gozque.

Entretanto, el estropeado entró seguido de su perro, y sin cuidarse del mal ojo y sobreojo con que muchos le miraban, soltó sus palos y tomó asiento en el suelo entre la gente inferior de la familia, poniendo por trinchera de sus rodillas al perro, que asentado con mucha compostura sobre sus piernas, se apoyaba en las zarpas delanteras alzando el cuello, levantando las orejas y mirando atentamente a su bienhechora María, a quien saludaba de su mejor modo, moviendo mansamente la cola. Acaso el agradecido perro la hubiera saludado más señaladamente desde lejos y a despecho de la fiesta, si no sintiera la mano de su señor, que según sus cuentas le mandaba quietud y silencio, y así todo quedó tranquilo.

María se sonrió blandamente al ver entrar el soldado; éste, contento con tal distinción, bajó humildemente la cabeza con tanta cortesía como reverencia, y al alzarla se encontró con la vista de Muley, que lo miraba con ojos de desprecio y de una cólera mal reprimida; pero el soldado, con gran enojo de algunos y mayor maravilla de todos, no huyó su rostro de tan feroz mirada, antes bien la provocaba con su gesto maligno y burlador.

Acaso la zambra se hubiera turbado desde aquel punto, a no ser porque María, dejándose vencer de tanto rogar y tanto suplicar, no pulsara la vihuela y entonara maravillosamente, por lo blando y expresivo, el siguiente:

ROMANCE

En un alazán brioso,
por entre bravos jarales,
huyendo, huyendo Jarifa,
en grupas va con su Zaide.
El caballo va contento,
contentos van los amantes:
el corcel, por ir saltando;
los dos, por ir a gozarse.
Cabalgan los dos, cabalgan
por entre obscuros breñales,
que quien a hurto camina
de ocultas sendas se vale.
La vuelta van de la playa,
huyendo el odio de un padre,
para echarse en un esquife
y en Tremecén repararse.
Ya llegan a la alta cumbre,
ya ven azular los mares,
ya ven mecerse las velas,
ya piensan hollar la nave.
Mira, mira, dice el moro;
mira, mi amada, cuál salen
inquiriendo nuestras huellas
los jinetes del algarbe.
No temas, ella responde;
no temas, mi bien, mi Zaide,
que un encanto aquí me asiste
que presto a los dos nos salve.
Es un listón prodigioso,
fadado con hados tales,
que dos que con él se ciñan
cierto invisible se hacen.
Probemos, Zaide, probemos;
usemos mágicas artes,
y en su insensata pesquisa
nuestros verdugos se cansen.
Desdobla el listón Jarifa,
con él se anuda a su amante,
cuando de presto, ¡oh, qué espanto!,
ven una sierpe soltarse.
El fiero dragón se enrosca,
los ciñe en negros dogales,
el pecho para oprimirles
y los pies por cautivarles.
Que tal listón receloso
dar hizo a Jarifa el padre
para que hallase la muerte
donde sus gustos buscase.
Llega el rey enfurecido,
vibrando el sangriento alfanje,
y abrióle el pecho a Jarifa
y el cuello dividió a Zaide.

La algazara en los plácemes y vivas fué grande, los instrumentos redoblaron sus ecos y las bendiciones llovían sobre doncella tan hermosa, tan coronada y cumplida con cuantas dotes halagan los sentidos y cautivan el alma.

El soldado no podía resistirse en tanto a la admiración que le movía aquella estancia y aquella riqueza; allá en su imaginación todo lo confería con las mejores y más ricas cosas del mundo que había contemplado, y para sí decía: