Y haciendo una breve pausa el soldado para dirigir la vista hacia donde aguzaba las orejas el gozque que al lado tenía, volviéndose con aire maligno y de triunfo a Muley, que le miraba con dos ascuas de vidrio que no con dos ojos, le dijo a éste riéndose:

—Hele ahí—Muley.

Y todos revolvieron la vista hacia las puertas de los huertos, y vieron llegar airosa y sosegadamente, mitad de caballero y mitad de camino, al mancebo más bizarro que pintarse pueda la imaginación. El talle era galán, la estatura aventajada, el rostro hermoso, y con una gravedad en él, y tal autoridad en su frente, que bien mostraba, con todo de estar en sus floridos años, los cargos de cuenta que habría desempeñado. Una ropa corta de fino paño pasada por los hombros le cubría hasta la rodilla; las calzas eran a la francesa, que solían llamar de Francisco I, y las botas eran de gamito de Flandes: todo mostraba que venía del lado allá de Europa, y cuando no, bastaría a certificarlo su arpa pequeña que traía en la mano, y ayudando a sostenerla por los hombros con una banda encarnada.

—Caballeros y doncellas—dijo—: no os parecerá descortesía que un pasajero, que a la dicha camina por aquí, haya osado turbar vuestro regocijo con su presencia; pero bien se podrá perdonar a un español que vuelve de tierras extrañas el deseo de gozarse en los festejos de los suyos, y mucha nobleza me muestra este aparato para que no confíe hallar agasajo en vuestra cortesanía.

—Caballero—le replicó el anciano Gerif—, seáis el bienvenido; y puesto que nos honramos con vuestra persona, bien os podéis regocijar en este concurso cuanto cumpla al gusto vuestro, pues el valor de vuestra persona nos paga colmadamente favor tan corto.

Muley hubo de reportarse de nuevo con la hospitalidad concedida por el tío al incógnito pasajero, y rabioso y despechado cuanto más se veía obligado al disimulo, se derribó otra vez sobre el arrimo de las columnas, atalayando como un neblí desde el cielo cuanto pasaba en derredor suyo.

Nuevo y mayor aliento tomó el festejo con la llegada del caballero, necesitándose de la turbación agradable de los sones de los acentos y de la blanda algazara del festejo para que María pudiese esconder, bajo la fuerza del disimulo, las más contrariadas impresiones que probaba en aquel punto. Ella, clavando los suyos en el entrado, no hacía sino seguir el corriente de cuantos hermosos ojos había en el concurso, que unos por curiosidad y otros por afición, todos se fijaban en el caballero; pero María miraba en él algo más que no un viajero vulgar.

La banda roja que sujetaba el arpa y un anillo que le vió brillar en la siniestra mano, le bastara a probar que tenía delante a don Lope, si ella ya con su vista no hubiera recogido aquella galana figura, para conferirla con el retrato que llevaba en su corazón, sacando de todo en claro que quien se hallaba delante era verdaderamente su antiguo y fiel amante, tantas veces pregonado por la fama en Italia y Alemania, y tan altamente estimado por el emperador Carlos V. Para mayor placer suyo, pues ya sin duda alguna estaba bien segura de quién era, hubo de oirle las endechas siguientes, que al mismo son del arpa cantó el caballero, vencido de tanto encarecimiento como se le hacía.

ENDECHAS

Galán que te marchas,
por muerto te cuenta,
que amores ausentes
no hay cosa más muerta.
Son, sí, los amantes
una vida entera,
dos cuerpos y un alma
que un nudo los sella.
Pero en los dos ellos
hay tal diferencia,
que muere el que es ido
y vive el que queda.
Acaso el estante,
porque bien parezca
duelos por tres días
al ido celebra.
El lienzo a los ojos
acerca o aleja,
mojado por ellos
en llanto de fuerza.
Por cumplir se viste
las tocas más negras,
tocas que al domingo
en galas se truecan.
Memorias pasadas
se van como niebla,
finezas del día
sol es que penetra.
Y airoso mancebo
que el coso pasea,
y tercia la capa
y ronda la reja.
Terceras mediando
(mal hayan terceras)
los ganados juros
del ausente hereda.
Las glorias presentes
el olvido engendran,
fabrican mudanzas
las nuevas ternezas.
Y en tanto el ausente
gime, llora y pena,
y en acento triste
cantando se queja:
Mal haya quien fía
en mujer que queda.