—Cuando lleguemos a las ruinas de los torreones (y cuenta con no equivocarte), haz lo contrario de lo que yo te mande.

Prometílo así, y emparejamos con el baluarte de la puerta de hierro, por donde se dice que Boabdil salió huyendo de la furia de los caballeros Abencerrajes por la muerte de sus parientes.

Allí me dijo el misterioso guía que tocase con la lanza, lo que me guardé mucho de ejecutar; pero cuando llegamos a la torre aislada de las almenas y me ordenó que no llamase, entonces la levanté y di con ella un gentil bote contra la muralla, la cual maravillosamente se abrió de par en par, no dudando yo de seguir al soldado por aquellas obscuridades.

En la estancia donde nos paramos no encontré más adornos que enormes tinajas enclavadas en la tierra, y sentándose y haciéndome sentar el soldado sobre las tapas de hierro que las cubría, me relató el encanto y el prodigio más estupendo que puede forjar la imaginación más maravillosa.

Me dijo que desde la conquista de Granada estaba preso en aquella torre, custodiando los crecidos tesoros que los moros habían rescatado y escondido de los cristianos, cuyo empleo enojoso lo cumplía enfadosamente. Que le estaba permitido el salir de tres en tres años para procurar su libertad, y que en distintos trances se había dejado ver de algunos, para que le facilitasen su rescate, pero que nunca logró el cabo y el fin deseado, pues de ellos, a unos les faltó el valor, otros desmayaron en la mitad del camino y muchos no llenaron los requisitos y condiciones que se les habían impuesto, perdiendo así el premio de su trabajo; y al decir esto levantó la tapa y sacó de la tinaja más cercana, como por muestra, el puño lleno de la arena más fina de oro, que era lo que reposaba en aquellos vasos.

Yo entonces—prosiguió mi amigo—le aseguré al soldado mi buen deseo y le ofrecí la fineza y esmero más extremado, y que pudiera disponer de mí a su buen albedrío, sin que los peligros pudieran arredrarme.

El soldado me respondió que no sería necesario arriesgar mi persona, y que para dar comienzo a la obra volviese a verle a la noche siguiente (por hoy), con tres monedas pedidas, pensadas y dobladas.

Pedíle la clave de este enigma, y me dijo que las tres monedas habían de ser rogadas y tomadas de un amigo que, ignorando el fin misterioso de su destino, pensase que eran para el uso mío, y que últimamente fueran el doble la una de la otra. Bien encomendadas a mi memoria todas estas circunstancias, me despedí del soldado, quien para llamarlo cuando la ocasión llegase me dió las señas de tres palmadas, con tres palabras que hará una hora que recité y ya las he olvidado con mayor espanto mío.

Separado de él anoche, tenía ante mis ojos la opulencia más rica, y en mi mano el hacerte feliz y poderoso, y ya reparaste la loca alegría que me dominaba.

No perdiendo tiempo, me procuré las monedas misteriosas, que, al ver mío, llenaban los puntos acondicionados, y esta misma noche volé al torreón arruinado, y dando las tres palmadas y pronunciando las tres palabras que ya olvidé, se abrió al punto la muralla, dejándose ver el soldado, con el rostro más triste y lastimado.