—¿Cómo explicar de otro modo—decía ufano el parlante—el robo de esta joya? Unos conjurados no piensan en robar; ¿qué tienen que ver—aquí alzaba la voz, vanaglorioso con la distinción—los delitos comunes con los políticos?
—Patarata—replicó un entendido naturalista desde los escaños de los taalebs o núdicos en donde estaba sentado hechas sus piernas tres dobleces—. Tal caso debe explicarse por causas naturales enteramente. ¿A qué acudir a móviles ridículos por lejanos, si el misterio por sí mismo se revela? El magnífico cuanto peregrino espectáculo que ha herido la imaginación aun infantil de nuestra linda y tierna sultana, sálvela Alah, ¿no será explicación bastante para este desmayo o parasismo? ¿Pues estos sentimientos llevados al último punto por el placer de verse la noble esposa del más guerrero, generoso y amable de los sultanes—y aquí añadía el orador una cáfila de alabanzas y epítetos, por supuesto sin mezcla de lisonja médica—no es suficiente motivo para tal arrobamiento? Roguemos al cielo, por el contrario, que tanta gloria no anonade y absorba la luz de vida de ese frágil corazón.
Otros veinte picos de oro dijeron cosas muy buenas, diversas todas las unas de las otras, sin haber disparate que no tuviese defensor, ni extravagancia que no se encomiase llevándola a los cuernos de la luna.
Ya el Sultán, desesperado a fuerza de hastío, revolvía en su mente el saludable proyecto de degollar con su propio alfanje tres o cuatro de aquellos ruiseñores sapientes, eligiéndolos de entre los más floridos y locuaces en su parla, cuando el famoso Aben-Jomiz, que había sido diez años alfajeme, otros tantos boticario, siempre viajando y herbolizando, algunas veces matando y jamás curando, y que había concluído por ser tan entendido médico como consejero profundo, dió señales de hablar.
Todos callaron, y el Sultán, dejando para mejor lugar y ocasión su resolución piadosa, se volvió hacia el meflez o asiento del sapientísimo médico, y oyó que éste, con voz chirriadora y cascada, dijo:
—No hay Dios sino Dios, y Mahoma es su profeta. La sultana Híala está afectada de una catalexis.
—Al menos—dijo el Sultán—este necio no nos ha quebrado la cabeza. ¡Catalexis!...
Los cortesanos se enamoraron del nombre de la enfermedad, y todos se decían:
—La Sultana tiene una catalexis.
Todo el mundo se llenó de gozo al ver descifrado el enigma, y de los cortesanos a los esclavos, y de éstos a los guardias, y del Sultán a la madre, y de ésta a las esclavas, y de las mujeres del harén a otras mujeres, bajó rodando de boca en boca desde la Alhambra de Granada el mismo nombre de la enfermedad. ¡Catalexis!