—¿Este es el que presta un celemín, y recoge dos fanegas de grano de los perros descreídos?

—Hermano, sí.

—He ahí una usura, respondió el soldado, que ningún mal acarrea ni al cuerpo ni al alma. ¿Y el otro que le acompañaba era Juan Molino, el corchete ganzúa, que lleva cuenta de los moriscos que ni van ni vienen a la iglesia?

—Sí, hermano.

—¿El que la hace pagar gallina por falta, o maravedí por descuido?

—Sí, hermano.

—Bueno, bueno; he aquí el primer corchete que no ejecuta el mal, cumpliendo con su empleo. ¿Y pasó también la dueña Bermúdez, la que endotrina a las cristianillas nuevas, y las pellizca si no le toman sus aleluyas, y las repellizca si no la dan sendas blancas por ellas?

—Sí, hermano, ya pasó.

—¿Y el arcabucero Jinez, y el soldado Pinto, y el herrador Ortuño, todos han ido su paso, eh?

—Sí, sí, hermano.