A ti el delantero en el esfuerzo, el hermoso de los mancebos, consuelo y amigo de su amigo. Velid Nazar, a ti te saluda, valiente Abenzeid:

Sólo tus cartas pudieran despertarme del sueño encantado del placer en que vivo; pero despertándome me encuentro en los brazos de otros sentimientos aún más dulces, cual es la amistad; ¿más dulce dije? ¿si habré proferido alguna blasfemia? ¡pueda mi pecho servir de anillo y unión eterna a pasiones tan celestiales! Tú quieres saber el principio de este delirio... pues oye la historia.

Una tarde paseaba con mi padre por las calles de frutales del huerto espacioso donde moramos, y que el Rey cedió a su antiguo amigo para alivio de su enfermedad, y recreación en su tristeza. A un lado se levantaban las torres de la Alhambra, y más cerca los chapiteles elevados de Generalif[10], que reflejaban los rayos del sol, debilitados en las blancas cumbres de Belet y Muley Hacen[11].

Mi padre me dejó solo por aquellos vergeles, que yo recorría desvanecido y soñando en la hora de precipitarme en pos de ti, querido amigo. En estas imaginaciones acaso comencé a entonar, como solía, las letrillas melancólicas de los cantores del Cairo y de Córdoba, a punto de pasar frontero al palacio de Generalif. Entonces el ajimez más elevado lo vi abrirse y cerrarse inciertamente dos o tres veces sin aparecer nadie en el antepecho, hasta que al fin soltáronse por él varias palomas que revolaban caprichosamente por los adarves de las murallas y los cogollos de los árboles: poco o nada me movió la imaginación aquel azar, que yo di por la diversión inocente de algún cautivo infeliz o de alguna esclava desdichada. Seguí, pues, mi vuelta y recogíme en el cuadro de flores que yo mismo cultivo a gozar del triste y dulce abandono que inspira una tarde serena, un agua viva sonante y el verdor delicioso del abedul y del avellano.

Sentéme, pues, y adormí los ojos para disfrutar voluptuosidad tan suave, cuando sentí entre las hojas algo que pasaba y bullía: tendí la vista curioso en derredor, y vi, pasmado, una de las palomas del ajimez misterioso que blandamente me rondaba casi hasta besarme con su pluma, sin azorarse por mi presencia. Ya más cuidadoso, comencé a halagarla con mi voz, fingiendo su arrullo, cuando para mi mayor asombro la miro pararse en mis hombros, trayendo pendiente del cuello, con un listón de color de lirio, un billete recogido con delicados pliegues y empapado en aromas de rosas. Lo desaté (voló la paloma) y veo en los más bellos caracteres cúficos estas razones lisonjeras y misteriosas:

"Bello sol, encanto de las vírgenes y delicia de las que miran tus ojos, sé discreto y oye mi voz: una hurí más amable que las del paraíso de los creyentes se abrasa por ti en un fuego más puro que la luz del oriente, padece y calla, suspira y es por ti: cuando te acercas a ella se tiñe con el color de la rosa del desierto, y si la hablas, su corazón se agita como las hojas de los árboles al acercarse la tempestad: su voz es suave como el incienso de Etiopía, sus ojos son de gacela, tímidos y vivos en un propio punto, y el tacto de sus miembros es más fino que las telas de cachemira. Merece ser tuya, porque merece el reino de la Arabia, y tú debes ser suyo, porque eres virtuoso. Su amor lo tiene oculto en la urna del decoro: sácalo, pues, como se saca la perla de Ormuz del nácar de la concha, y serás feliz.

"Si no lo amas, ella morirá como la flor entre arenales; búscala y descúbrela, y toma estas señales para reconocerla. El principio y fin de su nombre es el Alef[12]. Su tribu es de reyes del Yemen[13]; cuando te mira y tú no la ves, sus ojos se humedecen y vacilan como las aguas del Piélago heridas del sol.

"El cielo te conserve, joven hermoso, y goza de más dicha que Betmendí[14]. Guarda secreto como la naturaleza sus arcanos y el mar sus profundos abismos. Adiós, adiós; piensa que no es frívolo todo lo que parece tal. Adiós.

La Reina de las Hadas."

¡Oh, querido Abenzeid! Ni las hojas de las flores cuando rompen su corola, son tan numerosas ni de matices tan vivos y diversos como los pensamientos que abrieron mi pecho a las imaginaciones del amor, cuando acabé de beberme las razones encantadas del billete misterioso.