—Mi fe que habláis como el Conde Lucanor, e que esa discreción me captiva. También vos diré que ora miro en vos perficiones que antes no reparé en ellas. Ejempli gracia: ese vuestro naso corvo y parvo, e arremangado un tantico como quien va a la frente, me ponía un miedo cerval como a doncella asustadiza: parecíame jeme de gigante sayón desplegado por la mitad de vuestra cara, e las carnes me bullían viendo los anchos lunares como de almagre que le paraban. Empero ahora no miro en él que miembro apuesto que vos autoriza cumplidamente: e miro más, e veo a ese don Cupido de quien cantabais que cabalga en ellas, fablo narices, e que con sus viras batiéndoos a guisa de acicates, os llama la sangre en aquel lugar.

—Non me sonrojéis con los vuestros loores, mi señora...

—¿Dejástedes quien vos ficiese espaldas? Pues creí escuchar algún rumor.

—Fieme en el buen Tomillas, tañedor de laúd e dulzaina, e él dará rebato en toda aventura... mas hele, hele por do viene.

—Mala landre me mate si no somos acometidos. Tres campanarios armados entran por la calle, de cada paso llevándose media plaza de andadura, y en las manos menean por mazas sendos robles o palos de navío.

—El miedo vos face abultar las cosas, buen Tomillas.

—Decidme, gentil hombre, ¿sedes poeta? Que según faciedes uso de hipérbole, o yo no me apellido Aldonza, o podéis bien facer un poema: andad a vuestro puesto, don Babieca, que eso que vos semejan campañarios habían de ser los mozos gabachos del comendador Núñez, que facen burlas e escarnios ruando por el barrio, como que hoy es martes de antuejo. Idos, idos, e non conturbéis nuestros coloquios.

—Ansí será, e la peña de Francia no me desampare en este oficio de atalaya de amores...

Y fuese el escucha y prosiguió don Egas:

—¡Oh, doña Aldonza!, círculo de mis ruedas, blanco de mi cuidado, e cuento de mis vueltas e revueltas, dejadme, amparadme de vuestra diestra.