Tranquilizaos; nosotros respondemos, pues si somos viejos, el vigor de esta comarca no ha envejecido aún.

ESCENA II

Los precedentes, CREÓN

Creón

Generosos habitantes de esta tierra, veo en vuestras miradas que mi llegada os produce cierto espanto; cesad de temerme y suprimid toda palabra ofensiva; estoy viejo y heme cerca de una ciudad poderosa como nunca la hubo en Grecia. Encargado de convencer a este anciano (señalando a Edipo) de que me siga a los campos tebanos, yo, a quien los lazos de la sangre me han hecho más que a nadie deplorar sus desgracias, no vengo enviado por un solo hombre, sino por toda una ciudad. Desgraciado Edipo, dignaos, por lo tanto, escucharme y seguirme. Todo el pueblo tebano os llama con justicia, y yo más que todos los tebanos juntos; pues yo, más que todos ellos (si no soy el peor de los hombres), debo apiadarme de vuestro infortunio, viéndoos bajo el peso de males sin cuento, en comarcas extrañas, errante por doquier, a merced de una sola compañera que vele por vuestra vida. ¿A qué estado miserable no ha llegado ella misma, ocupada sin tregua en cuidaros, en mendigar algún sustento para conservar una existencia tan querida? ¡La infortunada, en la flor de la juventud, extraña a las dichas del himeneo, expuesta a ser presa del primer raptor! ¡Qué desgraciado soy (pues es vano disimular lo que nadie ignora), yo que he podido hacer caer tan sangriento oprobio sobre vos, sobre mí, sobre mi raza entera! Edipo, en nombre de los dioses de la patria, volved a habitar vuestra ciudad, vuestro palacio, la morada de vuestros padres; dirigid a esta ciudad en que estáis palabras de reconocimiento, las merece; pero venid a honrar, con más justicia, a la que os crió.

Edipo

Hombre capaz de todo atrevimiento, y que de todo te vales para extender sobre tus palabras mendaces el velo de la justicia, ¿qué propósito te guía y por qué quieres cogerme en una trampa que sería para mí el más duro suplicio? En los primeros accesos del dolor que mis malaventuras me hicieron experimentar, cuando deseé dejar mi patria, les negasteis tal gracia a mis deseos; y cuando mi alma enfurecida se calmó, cuando empezaba a encontrar grato vivir en mi casa, entonces me echaste, me desterraste; entonces los lazos de la sangre que invocas ahora no te eran tan caros. Hoy que ves a esta ciudad y a todo este pueblo concederme su benevolencia, intentas llevarme a mi patria, ocultando con palabras lisonjeras la dureza de tu corazón: ¡tanto placer encuentras en amar a los que no aceptan tu amistad! ¡Qué! Sí, no dignándose concederte nada de lo que tú más desearas, un hombre quisiera después colmarte de bienes, cuando tus deseos se hallasen satisfechos y el beneficio no tuviera mérito, ¿el gusto que recibirías no sería vano y frívolo? He aquí, no obstante, cómo te muestras a mis ojos, benéfico en palabras y malo en acciones. Para poner más al descubierto toda tu maldad ante los que me escuchan, diré: Vienes con el propósito de llevarme contigo, no de restablecerme en mi casa; no quieres sino fijarme, por decirlo así, en tu puerta, y de ese modo preservar a tu ciudad de los males que la amenazan. No será así; pero puedo garantizarte que mi genio vengador habitará allí siempre y mis hijos no tendrán como herencia mía sino la tierra necesaria para morir en ella. ¿Crees que mi espíritu no penetra mejor que el tuyo en los destinos de Tebas? Mucho mejor, sin duda, si he de creer a dioses más clarividentes que tú. Apolo y Zeus mismo, que le dio el ser. Al venir aquí, tu boca mendaz ha preparado sutiles arengas; pero tu elocuencia podría valerte harto más trabajos que ventajas, pues, en fin, siento en mi corazón que no has de persuadirme. Vete, pues, y déjame vivir aquí; mi vida, aun en el estado en que me encuentro, no será desgraciada, puesto que me place.

Creón

Pero al hablarme de esa guisa, ¿a quién de nosotros pensáis que vuestra situación debe doler más?

Edipo