Edipo

Vos, que sometéis a vuestra inteligencia cuanto ignoran los hombres, cuanto pueden aprender, cuanto encierran cielos y tierras, Tiresias, aunque vuestros ojos no ven, conocéis tan bien como nosotros el mal contagioso por que esta ciudad es desolada. Sólo a vos, soberano intérprete de los dioses, os miramos hoy como nuestro apoyo y nuestro libertador. Porque Febo, si no lo sabéis ya por mis mensajes, nos ha respondido que, para salir del abismo en que estamos, no tenemos otro recurso que descubrir a los matadores de Layo y condenarles a muerte o desterrarlos. Dignaos, por lo tanto, sin escatimar ni consultas ni auspicios ni ninguno de los otros medios de adivinación, salvar a esta ciudad y a su Príncipe y a vos mismo. Salvadnos de la impureza que la muerte de Layo extendió por esta tierra; sólo en vos reposa nuestro espíritu. ¡Qué más noble, qué más digna función que emplear sus facultades y su poder en provecho de sus conciudadanos!

Tiresias (Aparte.)

¡Oh, qué triste es poseer algunas luces cuando no sirven para nuestra felicidad! Harto sé lo que me preguntan, y muero de dolor... ¿Para qué habré venido?

Edipo

¿Qué sucede? ¿Qué abatimiento es ese en que os presentáis a mí?

Tiresias

Dejadme volver sobre mis pasos, creedme, sufriréis más fácilmente vuestras desgracias y yo las mías.

Edipo

Esas palabras son injustas y crueles para la patria que os mantiene y a la que queréis privar de la explicación que os pido.