Edipo
Con los frecuentes truenos, con las flechas de fuego que lanza una mano invencible.
Teseo
Os creo; pues he visto que sabéis predecir y que vuestros labios ignoran la mentira. Decidme, pues, qué hay que hacer.
Edipo
Lo que voy a haceros saber, hijo de Egeo, es para esta ciudad un beneficio perdurable. En breve yo solo y sin guía os conduciré al lugar donde debo morir. Guardaos de descubrir a nadie dónde está oculto, ni hacia qué lado puede estar, si queréis que sea siempre para vos, contra los países vecinos, una defensa superior a una multitud de lanzas y broqueles. Quiero evitar el revelárselo a ninguno de estos ciudadanos y hasta a mis hijas, pese al amor que les profeso. Sed siempre el fiel depositario de este secreto, y cuando lleguéis al fin de vuestra vida, no se lo confiéis sino a quien haya de ocupar el primer rango, quien a su vez no se lo revelará sino a su sucesor: con lo que haréis de esta ciudad un escollo insuperable contra todo esfuerzo de los tebanos. ¡Cuántas ciudades, aun estando muy bien gobernadas, se han dejado cegar por el orgullo! Pero las miradas de los dioses, aunque tardíamente, se posan al fin sobre quien, rechazando las leyes de la piedad, se abandona a sus arrebatos. ¡Que el cielo os libre, hijo de Egeo, de exponeros a tal desgracia!; pero lo que puedo deciros a ese propósito, lo sabéis ya. Vamos, pues, porque la orden de Zeus me apremia; marchemos, sin desviarnos, hacia el lugar que me espera. Hijas mías, seguidme; yo os guiaré hoy como vosotras habéis guiado a vuestro padre. Retiraos, no me toquéis, dejadme a mí encontrar la tumba sagrada donde el destino quiere que yo me sepulte en el seno de esta tierra... Venid, venid adonde me conducen Hermes y la diosa de los infiernos... ¡Oh luz, que perdiste la claridad para mí, en este instante vuestros rayos alumbran mi cuerpo por última vez; pues estoy en el término de mi vida y voy a hundirme en los infiernos! ¡Oh Teseo, el más caro de cuantos me han dado hospitalidad, oh tierra, oh ciudadanos, sed por siempre felices, y en medio de vuestra dicha recordad mi muerte!
(Salen. El Coro queda solo.)
El Coro
¡Diosa invisible, y vos, Hades, soberano de la eterna noche, si nos es permitido dirigiros nuestras plegarias, haced, os lo rogamos, que ese anciano alcance una muerte apacible, sin angustias, y descanse dulcemente en la laguna Estigia, en la región de los muertos donde todo se suma! Y vos, extranjero, después de tantos tormentos sufridos sin merecerlos, ¡que un dios justo os mire con ojos benignos!
Diosa subterránea, y tú, invencible guardián de los infiernos, monstruo horrible a quien nos representan gruñendo y acostado ante las puertas de Hades, hijo del Tártaro y de la Tierra, te suplicamos que acojas con dulzura al extranjero que va a precipitarse en la morada subterránea de los muertos: te invocamos a ti, cuyo sueño dura eternamente.