ESCENA III
CREÓN, el Coro
Creón
Ancianos; los dioses han salvado, al fin, del naufragio a esta ciudad, a quien una furiosa tempestad combatía; sólo a vosotros entre todos los ciudadanos, he querido reunir aquí. Sé el respeto que os ha inspirado siempre el cetro de Layo; sé, además, hasta qué punto, mientras Edipo ha reinado y aun después de su muerte, habéis permanecido fieles a sus hijos. Pero desde el momento en que, en el mismo día, y vencedores y vencidos por un doble destino, se han degollado el uno al otro con sus manos sanguinarias, el poder y el trono me pertenecen en virtud de los derechos de la sangre.
No hay nadie de quien pueda conocerse bien el alma, el genio, el carácter, si aún no se ha visto ponerse a prueba en la práctica del poder y de las leyes. En cuanto a mí, considero y he considerado siempre un mal hombre a quien, encargado del gobierno de un Estado, lejos de atenerse, naturalmente, a los mejores principios, permite al temor que ate su lengua; y no puedo por menos de despreciar a quien antepone al de la patria el interés de sus amigos. Zeus, que todo lo ve, es testigo de que no celaría yo nunca los males que viniesen a amenazar la tranquilidad de mis conciudadanos y nunca el enemigo del Estado podrá ser mi amigo, convencido de que de la salud de la patria dimana la nuestra y de que no se echan de menos amigos cuando la nave del Estado navega sin riesgo. He aquí en virtud de qué principios quiero aumentar la prosperidad de este imperio, y de ahí las órdenes que acabo de publicar respecto a los dos hijos de Edipo. Quiero que Eteocles, que se distinguió por su valor y combatió y murió por su patria, repose en una tumba y reciba los honores que se rinden a los manes de los grandes hombres; mas por lo que toca a su hermano Polinicio, que, expulsado de su patria, sólo tornó con el deseo de entregar a las llamas sus muros y sus coliseos, de saciarse de nuestra sangre y de reducirnos a la esclavitud, he hecho publicar por toda la ciudad la prohibición de enterrarle y de llorarle. Que su cuerpo insepulto sirva de presa a la avidez de los perros y de los buitres; he aquí mis deseos y mis órdenes. Nunca el crimen obtendrá de mí los honores debidos sólo a la virtud; pero a quien haya mostrado celo por mi patria le honraré fielmente durante su vida y luego de su muerte.
El Coro
¡Oh hijo de Meneceo, loada sea la suerte que reserváis al amigo y al enemigo del Estado! En vuestras manos está la disposición de las leyes, a las cuales todos, muertos o vivos, nos hallamos sometidos.
Creón
Velad, pues, por la ejecución de lo que acabo de publicar.
El Coro