Sí, hijo mío; preferir a todo la voluntad de vuestro padre: he aquí el principio y la regla que debéis llevar siempre en vuestro corazón. Un padre no desea poseer en su casa hijos sumisos sino para verles, compartiendo su amistad para sus amigos, hacerles a sus enemigos cuantos males merezcan. Porque, quien no ha dado el ser sino a hijos indiferentes a sus intereses no ha engendrado sino tormentos para él y motivos de alegría para sus enemigos. No vayáis, pues, hijo mío, arrebatado por el amor de una mujer, a abjurar de tales sentimientos; considerad cuán fríos son los abrazos de una esposa indigna que comparte vuestro lecho. ¿Y qué llaga más honda que las caricias de un amigo pérfido? Rechazad a esa mujer como a una culpable enemiga, y dejadla buscar en los infiernos otro himeneo; pues ya que, sólo ella en la ciudad, ha osado desobedecer mis leyes, me mostraré fiel a esas leyes haciéndola morir. En vano invocaría en nombre de Zeus la sangre que me une con ella. Si los que la naturaleza me da por parientes son indignos, iré a buscar otros en las familias extrañas. Pues quien es hombre de bien en su casa se muestra igualmente buen ciudadano en el Estado. No puedo menos de mirar con indignación a quien pretende violar las leyes o imponerse a los que gobiernan. En las grandes cosas, como en las pequeñas, en las justas como en las injustas, hay que obedecer a quien el Estado ha elegido para mandar. Mandará bien quien ha sabido obedecer, y un día de batalla se podrá contar con su bravura y su fidelidad. La anarquía es el mayor de los males; pierde a las familias, destruye los Estados, lleva a los ejércitos a la derrota; la obediencia es la salvación de los que siguen sus reglas. Sostengamos, pues, con firmeza los principios del buen gobierno y no permitamos que una mujer nos subyugue. Más vale, si es preciso, ceder al poder de un hombre que dejarse vencer por una mujer.
El Coro
Si la edad no obscurece nuestra razón, parécenos que habláis prudentemente en eso que decís.
Hemón
Padre mío, los dioses dan a los hombres la prudencia, que es el más precioso de todos los tesoros. Yo no podría, no sabría siquiera adelantar que haya nada reprensible en vuestras palabras, pero creo que también algún otro puede hablar razonablemente; así, pues, habéis de saber que mi naturaleza me inclina a observar lo que cada uno, a propósito de vos, puede decir, hacer o vituperar; pues vuestro aspecto, temible a los ojos de vuestro pueblo, ahoga palabras que no escucharíais con gusto. Yo, en la obscuridad, puedo oir cuanto se murmura, cuanto Tebas lamenta la suerte de esta joven princesa que, considerada culpable por la más gloriosa de las acciones, va a perecer de una muerte indigna. ¡Qué! ¿La que no ha podido sufrir que el cuerpo ensangrentado de un hermano siguiera siendo presa de las aves y de los perros voraces, no merece los honores más distinguidos? Tales son los discursos que la voz pública propaga en secreto. En cuanto a mí, padre mío, nada es a mis ojos preferible a la prosperidad de vuestro reino. ¡Qué ornamento, en efecto, más halagador para un hijo que la gloria de un padre, y para un padre que la gloria de un hijo! No os obstinéis, pues, en creer que sólo vuestros discursos y no los de los demás son conformes a la razón; pues si hay hombres que piensan poseer ellos solos la sabiduría, la elocuencia, el valor, al analizarlos, el vacío de su alma se deja advertir. Para todo hombre sabio no es una vergüenza instruirse y ceder a la instrucción. Ved cuántos árboles, para salvar sus ramas, ceden a los torrentes agrandados por las tempestades; los que resisten son desarraigados. El piloto que dejando su vela tendida quiere hacer cara al viento, ve pronto su batel volcado tornarse juguete de las aguas. Calmad, pues, vuestra cólera y dejaos rendir, si, pese a mis pocos años, alguna prudencia ha penetrado en mi corazón (dichoso el que puede poseer todas las luces de la razón), si tengo algún saber (pues es frecuente a mi edad carecer de él); pensad que es bueno dejarse ilustrar por consejos razonables.
El Coro
Señor, si sus razones son buenas, os conviene ceder a ellas; vos, príncipe, ceded a las del rey si son mejores. Porque habéis uno y otro hablado bien sabiamente.
Creón
¡Cómo! ¿A la edad que tengo recibiré de un hombre de sus años lecciones de prudencia?
Hemón