¡Llevadme, llevaos a este insensato que, a su pesar, te ha hecho perecer, hijo mío, lo mismo que a vos, cara esposa! ¡Infortunado! No sé ya dónde dirigir mis ojos y mis pasos: todo ha huído de mis manos; y una desgracia superior a mis fuerzas se ha desplomado sobre mi cabeza.
ESCENA VII
El Coro
¡Cuán preferible es la prudencia a la fortuna! Hay que guardarse de ofender a los dioses. La escandalosa vanidad de los hombres presuntuosos les atrae con frecuencia crueles suplicios que les enseñan demasiado tarde a conocer la prudencia.
Fin de ANTÍGONA