Desgraciados hijos, estoy lejos de ignorar el objeto de los votos que os traen ante mí. Demasiado sé en qué estado funesto estáis todos hundidos; y, no obstante, por desgraciados que seáis, no hay entre vosotros quien sea tan infortunado como yo. El dolor de cada uno de vosotros sólo tiene un objeto; sólo a vosotros os atañe, mientras que mi corazón gime a la vez por la ciudad, por vosotros y por mí. No creáis haberme sacado de un profundo sueño; sabed que no hay lágrimas que yo no haya vertido ni medios diversos que mi imaginación no haya estudiado. El único que he podido encontrar a propósito para socorreros lo he puesto en práctica. Al hijo de Meneceo, Creón, con quien me unen los lazos de la sangre, le he enviado a Delfos al templo de Apolo, para preguntar a este dios lo que debo ordenar, lo que debo hacer por la salvación de esta ciudad. Cuento los días, los mido por el tiempo que le era necesario, y me aflijo con sus retrasos. ¿Qué hace? Su ausencia es mucho más larga de lo que parecía que había de ser. Creed que en cuanto llegue me consideraré el peor de los hombres si no ejecuto cuanto el dios me haya prescrito.

El Gran Sacerdote

No podéis hablar más a punto; en este momento me anuncian la llegada de Creón, que avanza hacia nosotros.

Edipo

¡Oh soberano Apolo, ojalá, favorecido por la fortuna, vuelva tan contento como su rostro parece anunciar!

El Gran Sacerdote

Su corazón está satisfecho; podemos lisonjearnos de ello; de lo contrario, no aparecería, como le vemos, llevando en la cabeza una rama de laurel cargada de frutos.

ESCENA II

Los precedentes, CREÓN

Edipo