Error lamentable del obispo de Cebú

El prelado que acusó en la forma antes mencionada a las escuelas públicas, ha cometido un error lamentable. Por mi parte puedo asegurar que sus acusaciones despertaron en mí la curiosidad de investigar las causas de la inmoralidad y de la perversión de costumbres que dicho prelado, y nosotros con él, todos lamentamos. De acuerdo con los que han estudiado la mentalidad de la mayoría de nuestro pueblo, resulta evidente que la superstición es el enemigo que tenemos que combatir, que ella es la causa de los errores morales que observamos. Tanto los sacerdotes regulares como los del clero secular confiesan que la masa del pueblo se halla aún sometida a la superstición heredada de los antepasados, la superstición que podría llamarse genuinamente filipina, la que proviene de las antiguas creencias en el nunu, el asuang y el anito y todos los espíritus de la antigua idolatría, anterior a la implantación del catolicismo por los misioneros españoles.

El fracaso de los misioneros

Según propia confesión, estos misioneros, después de tres siglos de predicaciones, no han logrado extirpar esas supersticiones incrustadas en la conciencia del pueblo. Debemos aceptar su declaración como honrado testimonio del fracaso de su misión religiosa. No me interesa ni discuto el punto de vista religioso, sino la importancia de la superstición en la vida social, su influencia perniciosa contra la evolución de la moralidad. Lo que resulta, sin duda alguna, consecuencia de los relatos contenidos en esa literatura que constituye la única lectura del pueblo, es el fomento de la ignorancia, propagando de una manera tan efectiva todas las supersticiones antes mencionadas y aumentando con ellas el caudal de errores que por desdicha gobierna la mentalidad de la masa del pueblo.

No se trata solamente de los llamados indios; también están acusados de supersticiones los hijos de españoles de pura sangre o mezclados con indios, así como los mestizos chinos. Todos estos, todos nosotros, filipinos, estamos incluidos entre los individuos contagiados con la lepra de la superstición, fomentada por la absurda milagrería de las novenas, y no se puede decir que sea un mal de una raza de Filipinas, sino de los habitantes de Filipinas en general.

Para que la educación sea útil, tiene que formar en el individuo el sentido de responsabilidad mediante el libre automático ejercicio de la razón. El cumplimiento del deber será su objetivo; para conseguir tal fin es indispensable desarrollar en el hombre la voluntad por medio de la cual luchará contra los instintos bestiales, contra los impulsos sentimentales, contra todo lo que se halla en oposición a los dictados de la razón.

Mentalidad lógica para saber lo que debemos hacer, para poder trazarnos un camino justo que seguir: Voluntad, para lograr sobreponer los dictados de nuestra razón a los impulsos de nuestros deseos. Este es el objeto de la educación laica, de la educación de las escuelas sin Dios, aquí con las escuelas del gobierno como en aquel Colegio de la Beata Imelda, dirigido por los PP. Dominicos, bajo la norma de las ideas japonesas traducidas en leyes imperativas, situado en Taihoku, capital de Formosa.

La lectura de los llamados milagros de la índole de los que antes he citado, hace que el imposible parezca posible, gracias a influencias misteriosas fáciles de conseguir, no por el trabajo, sino sencillamente por medios indignos, rebajantes y reprobados por la moral, como son la humillación, los halagos, la propiciación. No se pide ni espera un beneficio por medio de un bien positivo que hacemos, por el cumplimiento de un deber del que resulta un bien que es como un derecho; se recurre a procedimientos de favor, a ganar la benevolencia de un santo haciéndole creer que se le quiere, se le adora, se le admira, tratando de exaltar su vanidad y por su mediación ganar la voluntad de Dios, no como un beneficio otorgado directamente al que pide, sino por consideración a los méritos del mediador. No se puede imaginar nada más inmoral, más primitivo, más despreciable. La corte celestial resulta una corte más corrompida que las de aquellos autócratas que la historia ha condenado; la corte de los Khanes, los Sultanes, los Emperadores bizantinos, mongoles, persas, tártaros, todos los bárbaros que han abusado de la humanidad y que han personificado la injusticia y justificado la revolución y las matanzas.

Una sociedad cuyos miembros esperan todo del favoritismo, desconoce la emulación; cuando el individuo encuentra un medio tan sencillo como el ofrecido en las novenas para conseguir lo que desea, siguiendo la ley del menor esfuerzo, no recurre a ejercitar ninguna actividad noble y no puede, por lo tanto, perfeccionar sus facultades ni siquiera usarlas; un individuo que espera lograr lo absurdo, lo inverosímil, no puede conocer la existencia de las leyes inmutables que rigen el universo; un individuo que espera conseguir lo que quiere por medio del valimiento de un patrón celestial, ni puede concebir un Dios de justicia, ni puede de ninguna manera ser un miembro útil a la sociedad.