Ahora se denuncian por la opinión pública deficiencias higiénicas incomparablemente menos peligrosas que antes, pero que no las miramos de una manera relativa sino absoluta. Una condición anti-sanitaria se denuncia en absoluto como un mal intolerable; relativamente hablando, se calmaría el tono de nuestra censura si se tuviera en cuenta que semejante mal viene de más lejos, lo sufríamos en silencio cuando ignorábamos no su existencia, sino sus consecuencias sobre la salud, de manera que para nosotros existía en estado latente y no la veíamos por falta de preparación. Es idéntico a lo que ocurre cuando al pié de un poste portador de corriente eléctrica se coloca este letrero: “Peligro de muerte.” Tal aviso deja perfectamente indiferente, y no le sirve para su seguridad, al individuo que no sabe leer. Quien lo pueda leer conoce el peligro; el que no sabe leer no se aprovecha del valor higiénico del letrero.

Por qué crece la campaña contra la gallera

Contra la gallera ha crecido ahora una campaña que no proviene del aumento de la pasión por esta plaga, sino de un aumento del número de sus enemigos. Nadie puede decir que ha aumentado el juego de gallo; es fácil probar que ha disminuido; el número de días permitido por la ley es hoy insignificante comparado con el de pocos años atrás. Sin embargo, la campaña contra el gallo ha crecido, precisamente porque disminuían sus partidarios. Absolutamente lo mismo ocurre con los juegos de cartas y las carreras de caballos.

No habría nada que decir por ese movimiento general en pro de la moralidad social, si tal actitud de la opinión pública no tomara el sesgo equivocado y tendencioso que le quieren dar ciertos elementos, que, de todo tiempo, han sido una rémora para la instrucción del pueblo filipino. Estos elementos, aprovechando la preocupación que invade la opinión de combatir el vicio y purificar la moral pública, en lugar de apoyar sencillamente este movimiento y de sostener su vigor justificando su utilidad para el bien mismo que persigue, emprende una campaña política que consiste en alarmar al pueblo haciéndole creer que la inmoralidad crece, que los males sociales aumentan, que la vida misma nacional está peligrando por culpa de los reformadores, a causa del nuevo régimen que impera en Filipinas desde la pérdida de la pasada soberanía. Aprovechan el movimiento de la opinión pública en favor de la moralidad pública, para hacer creer que la forma democrática de gobierno, la lengua inglesa, las escuelas laicas, la coeducación y la civilización anglosajona son los motivos del supuesto aumento de inmoralidad: ¡tal es el programa de cierta gente!

Nuestros enemigos

Aquéllos, en gran parte culpables ante su nación de las desdichas que amagaban al pueblo filipino que recurrió a la revolución y la rebelión para librarse de un régimen opuesto a su progreso y su felicidad, olvidando su incapacidad de llenar los compromisos que en nombre de su patria tenían contraídos aquí y que fueron causa del fracaso político de la colonización pasada, quieren ahora defender sus intereses en nuestro país labrando con su política lo que únicamente produciría disensiones entre los filipinos. ¡Bajo pretexto de interesarse más que nosotros mismos en nuestro propio bienestar, suponiéndonos ciegos e incapaces de conocer y discernir el bien del mal, mirándonos como eternos indios de mentalidad inferior, tratan de llevarnos por donde quieran, por donde les conviene, por el camino oscuro en donde no ven más que ellos, los que conducen o quieren conducir al indio, siempre niño, que debe dejarse llevar...!

En un semanario extranjero publicado en Manila se lee lo siguiente: “Puestos a buscar enemigos del progreso de los filipinos, los encontramos en cada timba, en cada cabaret; en la invasión pacífica de Japoneses en Filipinas; en el panguingue, en los juegos de billar, en la inmoralidad reinante en el teatro, en la novela, en el cinematógrafo y en la tarjeta postal; y sobre todo, en la escuela laica.” Quien así se expresa tratando de excitar el odio filipino contra los japoneses, para crearnos primero desconfianza, luego conflictos, es un extranjero, y en la lengua en que él mismo escribe están escritas las obras de teatro y las novelas inmorales que vienen a Filipinas;[2] en su lengua también se promulgaron en nuestro país las leyes y reglamentos instituyendo las galleras, la lotería, los juegos de billar, creados como recursos del Estado, como cosa que los filipinos no podíamos combatir en nuestro antiguo régimen político, sin combatir al mismo tiempo al propio gobierno que hacía del vicio una fuente contributiva y que, para aumentar su ingreso en este sentido, tenía que fomentar esos vicios, lo mismo que el del opio en los fumaderos oficiales. De la escuela laica hablaremos en seguida.