«Varones peloponesios: Si no sospechase que estáis temerosos de ver que nuestros compañeros de guerra nos han dejado solos y desamparados, y que los bárbaros, nuestros enemigos, vienen contra nosotros en gran multitud, no curaría de amonestaros y de enseñar lo que os cumple hacer, como lo hago al presente; mas porque veo que por estas dos cosas, que son grandes e importantes, estáis algo turbados, os diré brevemente lo que me parece en este caso, y es que, ante todas las cosas, os conviene mostraros valientes y animosos, no confiando tanto en la ayuda de vuestros amigos y aliados cuanto en vuestra sola virtud y esfuerzo. Y no os espante la multitud de los enemigos, pues sois nacidos y criados en una ciudad donde pocos mandan a muchos y no muchos a pocos, y el mando y autoridad lo han adquirido venciendo muchas veces en la guerra. En cuanto a estos bárbaros, que teméis por no haberlos experimentado, sabed que no son tan terribles como pensáis, lo cual podéis muy bien conocer por la prueba que hicisteis en aquellos, contra quien habéis combatido en favor de los macedonios, y también por la fama que comúnmente hay de ellos, y por lo que yo puedo entender por conjeturas.
»Los que piensan que aquellos contra quien van son más fuertes y mejores guerreros que ellos, cuando conocen la verdad por experiencia, van con mayor ánimo y osadía contra ellos; por consiguiente si los enemigos tienen alguna virtud o esfuerzo encubierto de que no seamos advertidos, les acometeremos más fuertemente, y con más osadía, pero los que vienen contra nosotros podrían poner temor a gente que no los conociese, por ser tan gran multitud, espantosa de ver, y más horrible de oír por el ruido que hacen y los alaridos que dan, y el menear y sacudir las armas, que todas son maneras de amenazas. Mas cuando vienen a combatir contra gente que no se espanta de esto no se muestran tales como parecen, pues no tienen por afrenta huir cuando se ven en aprieto como nosotros, ni saben guardar la ordenanza. Tienen por tanta honra huir como acometer, por lo cual no se debe estimar en nada su osadía, que quien tiene en su mano combatir o evitar el combate, siempre halla alguna buena excusa para salvarse. Si estos bárbaros creen más seguro espantarnos de lejos con sus voces y alaridos, sin exponerse a peligro de batalla, que venir con nosotros a las manos, porque de otra suerte antes vendrían al combate que hacer todas esas amenazas, juzgad el temor que se les puede tener, grande de ver y oír, pero muy pequeño al pelear. Si sostenéis su ímpetu cuando acometan, y os retiráis paso a paso en buen orden, muy pronto estaréis a salvo en lugar seguro, y conoceréis por experiencia para lo venidero, que la natural condición de estos bárbaros es dar de lejos grandes alaridos y amenazar, pero que mostrando osadía los que están dispuestos a recibirlos cuando se les acercan, y combaten a la par, muestran su valentía en los pies más que en las manos, procurando huir lo más que pueden para salvarse.»
Cuando Brásidas arengó a su gente con este breve razonamiento, les mandó caminar puestos en orden de batalla, y retirándose poco a poco. Viendo esto los bárbaros, les siguieron a toda prisa haciendo gran ruido, y con grandes alaridos según su costumbre, pensando que huirían sus contrarios por este medio y esperando atacarles en el camino y dispersarlos. Mas cuando vieron que a sus corredores que iban a escaramuzar delante de cualquier parte del ejército, los griegos les hacían buena resistencia y que Brásidas con la banda de soldados escogidos sostenía el ímpetu de los otros que cargaban sobre ellos, se asustaron grandemente. Habiendo los griegos resistido el primer ímpetu rechazaron más fácilmente los otros, y cuando los bárbaros cesaban de acometerles iban retirándose poco a poco hacia la montaña, de tal manera, que cuando Brásidas y los que venían con él llegaron a lo llano, la banda de los bárbaros encargada de seguirles se halló atrás bien lejos de ellos, porque los otros bárbaros iban en persecución de los macedonios rezagados del ejército de Pérdicas que huía, y a todos los que alcanzaban fuera del tropel los mataban sin ninguna misericordia.
Entonces Brásidas, viendo que no se podía salvar, sino por un paso estrecho que estaba a la entrada de la tierra de Arrabeo entre dos cerros, determinó tomarlo, y los bárbaros acudieron a ocupar la entrada pensando atajarle y encerrarle allí. Mas como Brásidas comprendiese su designio, mandó a los trescientos soldados que con él estaban, que lo más pronto que pudiesen sin guardar orden, fuesen hacia uno de los cerros el que le pareció más fuerte, y procurasen tomarlo antes que los enemigos se pudiesen reunir allí en mayor número, y señorearse de él. Hiciéronlo así los soldados tan valerosamente y tan pronto, que al llegar lanzaron de él a los bárbaros que habían ya ganado la cumbre, y por este medio el resto del ejército de Brásidas pudo fácilmente ganar el paso, porque los bárbaros viendo huir a los suyos arrojados del cerro, y también que los griegos habían ya ganado el paso para salvarse, no cuidaron de seguirles más adelante.
Aquel mismo día llegó Brásidas a la ciudad de Arnisa, que era del señorío de Pérdicas, y los de su ejército por despecho e ira que tenían de que los macedonios de Pérdicas fueron los primeros en partir desamparándoles, al encontrar alguna yunta de bueyes o carruaje dejado en el camino, como sucede cuando se va huyendo, mayormente si es de noche, los desuncían y los mataban, y tomaban lo que les parecía del bagaje.
Pérdicas pudo conocer en ello que Brásidas le era enemigo, y desde entonces mudó la voluntad y afición que tenía a los lacedemonios, aunque no lo mostró del todo por temor a los atenienses, y en adelante procuró por todos los medios que él pudo, tratar con estos, y apartarse de la amistad de los peloponesios.
XVIII.
Los atenienses toman a Mende y cercan a Escíone. — Sucesos que ocurrieron al finalizar aquel año.
Al volver Brásidas de Macedonia a Torone halló que los atenienses habían ya tomado la ciudad de Mende, y considerando que no tenía fuerzas para defender a Palene, si los enemigos la combatían, quedó en Torone para guarda de ella, porque durante el tiempo que estuvo con Pérdicas, los atenienses habían salido para ir en ayuda de los lincestas contra Mende y Escíone. Iban con cincuenta naves muy bien dispuestas, entre ellas diez de Quíos y llevaban mil hombres bien armados de su tierra, seiscientos flecheros de Tracia, otros mil soldados extranjeros y algún número de soldados armados a la ligera, siendo capitanes Nicias, hijo de Nicérato, y Nicóstrato, hijo de Diítrefes.
Partidos de Potidea, cuando llegaron cerca del templo de Neptuno tomaron la vuelta de Mende. Los de la ciudad al saberlo salieron armados al campo con trescientos hombres de Escíone y la gente de guarnición de los peloponesios, que serían en todos hasta setecientos, al mando de Polidámidas, y asentaron su campo sobre una montaña que les parecía lugar bien seguro. Aunque Nicias con ciento veinte soldados de Metone, sesenta atenienses de los más escogidos y todos los flecheros hizo lo posible para desalojarlos, pensando subir por algunos senderos de la montaña, fue tan maltratado a golpes que tuvo que retirarse y Nicóstrato que también quiso subir por otra parte con el resto del ejército fue puesto en tanto desorden, que poco faltó para ser vencido y deshecho aquel día todo el ejército de los atenienses. Viendo que no habían podido rechazar a los de Mende se retiraron a su campamento que tenían delante de la ciudad y los de Mende se refugiaron durante la noche en la ciudad.