Los corintios, no accediendo porque tenían sus naves a punto y los compañeros de guerra aparejados, enviaron un trompeta a los corcirenses que les denunciase la guerra: alzaron velas del puerto con setenta y cinco naves y dos mil hombres de pelea, y navegaron derechos a Epidamno. Eran capitanes de la armada de mar Aristeo, hijo de Pélico, Calícrates, hijo de Calias, y Timánor, hijo de Timantes. Y por tierra, de la gente de infantería, Arquetimo, hijo de Euritimo, e Isárquidas, hijo de Isarco. Llegados que fueron al cabo de Accio, tierra de Anactorio, donde está el templo de Apolo, en la boca del seno de Ambracia, los corcirenses les enviaron un mensaje con un barco mercante, prohibiéndoles el paso, y entretanto completaron el número de sus naves y aprestaron jarcias y aparejos para las viejas, de suerte que pudieran navegar, y poniéndolas todas a punto, esperaban la respuesta de su mensaje. Mas después que volvió el mensajero y dijo que no había esperanza de paz, como ya los corcirenses tenían sus naves aparejadas, que serían en número de ochenta, porque cuarenta de ellas estaban en el cerco de Epidamno, salieron al encuentro de los corintios, y poniendo sus naves en orden de batalla, embistieron contra la armada de los corintios, los desbarataron y vencieron, y destrozaron quince naves de ella. Acaeció el mismo día que los que estaban cercados en Epidamno concertaron que los extranjeros y advenedizos fuesen vendidos por cautivos, y los corintios guardados en prisión hasta saber la voluntad de los vencedores.

Después de esta victoria naval, los corcirenses pusieron trofeo en señal de triunfo en el campo de Leucimna, que está en el cabo de Corcira, y mandando matar a todos los cautivos que prendieron, solamente guardaron en prisión a los corintios. Acabado esto, los corintios y sus compañeros de guerra, vencidos en la mar, volvieron a sus casas; los corcirenses se hicieron dueños de la mar en todas aquellas comarcas, y navegando para Léucade, colonia de los corintios, la robaron y destruyeron; y quemaron a Cilene, donde los eleos tenían sus atarazanas, porque habían socorrido a los corintios con naves y con dinero. Mucho tiempo después de esta batalla, dominaron los corcirenses la mar, y navegando hacían todo el mal y daño que podían a los amigos y aliados de los corintios, hasta que estos, pasado el verano, les enviaron naves y ejército, de que tenían gran falta, y asentaron su campo en el cabo de Accio y cerca de Quimerio, en Tesprótide, para poder mejor guardar a Léucade y a las otras ciudades de los amigos y compañeros que estaban de su parte. Los corcirenses pusieron su campamento en Leucimna por mar y por tierra frente del campo de los enemigos, y así estuvieron quedos, sin hacerse mal los unos a los otros, todo aquel verano, hasta que, llegado el invierno, volvieron a sus casas. Todo aquel año, después de la batalla naval, y el siguiente, los corintios, por la ira y saña que tenían contra los corcirenses, determinaron renovar la guerra, y mandando rehacer sus naves, aparejaron una nueva armada, cogiendo hombres de guerra y marineros a sueldo del Peloponeso, y de otras tierras de Grecia. Sabido esto por los corcirenses tuvieron gran temor por no estar aliados con ninguno de los pueblos de Grecia ni inscritos en las confederaciones de los atenienses ni de los lacedemonios, por lo cual les pareció que sería bueno ir a Atenas, ofrecer su alianza para la guerra, y tentar si hallarían allí algún socorro. Al saberlo los corintios, enviaron también sus embajadores a Atenas para que estorbasen que la armada de los atenienses se uniera a la de los corcirenses, porque esto les impediría hacer la guerra con ventaja. Llamados en asamblea unos y otros expusieron sus razones, y primeramente los corcirenses hablaron de esta manera:

III.

Discurso de los embajadores corcirenses al Senado de Atenas, para pedirle ayuda y socorro.

«Justa cosa es, varones atenienses, que los que sin haber hecho algún gran beneficio ni tenido alianza ni amistad provechosa, acuden a sus vecinos para pedirles ayuda, como nosotros ahora venimos, primeramente muestren y den a entender que su demanda es muy útil y provechosa para aquellos mismos a quien la piden, o a lo menos no dañosa; y tras esto que tengan siempre que agradecerles la merced que se les hiciere. Y si ninguna cosa de estas no mostraren, manifiéstase a las claras que no hay por qué se deban ensañar si no alcanzan lo que desean.

»Creyendo los corcirenses que podían firmemente mostraros y probaros todo esto, nos enviaron a requerir vuestra amistad y compañía, sin desconocer que nuestra errónea conducta anterior, viene ahora a ser tan provechosa para vosotros cuanto para nosotros dañosa: porque no habiendo querido hasta aquí ser amigos ni compañeros en guerra de ningún otro pueblo, venimos ahora a rogaros por hallarnos solos y desamparados en esta guerra contra los corintios. De donde se infiere que si antes nos parecía prudencia y esfuerzo no querernos exponer a peligro en compañía de otros, ahora nos parezca imprudencia y flaqueza. Nosotros solos por mar vencimos la armada de los corintios; mas después que con mayor copia de gente de guerra, que sacaron del Peloponeso y de las otras tierras de Grecia, se mueven contra nosotros; viéndonos poco poderosos para poderles resistir con solas nuestras fuerzas, y el gran peligro que corremos si nos sometemos a ellos, de necesidad hemos de demandar vuestra ayuda y la de todos los otros, siendo dignos de perdón si al presente aprobamos lo contrario de aquello que antes dejamos de hacer, no por malicia, sino por error. Pero si queréis escucharnos con atención, esta amistad y alianza que por necesidad os demandamos vendrá a seros muy provechosa por muchas razones. Lo primero, porque dais ayuda a los que son injuriados y no a los que hacen injuria. Lo segundo, porque socorriendo a los que están en gran peligro, empleáis vuestras buenas obras, donde nunca jamás serán olvidadas. Además, teniendo nosotros la mayor armada, después de la vuestra, que en este tiempo se halla, considerad cuán tarde os podrá venir otra ocasión tan buena como la que ahora tenéis entre manos para acabar vuestras empresas próspera y dichosamente; y cuán tarde se os ofrecerá otra más triste y desventurada para vuestros enemigos: que aquel poder nuestro que en otro tiempo compraríais con mucho dinero y ruegos, al presente se os da de grado sin costa ni peligro; juntamente con esto os trae honra y gloria para con todos, os gana la amistad de aquellos que favorecéis y defendéis, y aumenta vuestras fuerzas y poder. Lo cual todo juntamente a pocos sucede en nuestros tiempos, y pocas veces se ha visto que aquellos que vienen a pedir ayuda y socorro a otros ofrezcan tanto de su parte como tienen para poderles dar aquellos a quien la piden. Y si alguno piensa que no tendréis otra guerra más que esta, por lo cual nosotros os podríamos traer poco provecho, este tal se engaña, pues no es dudoso que los lacedemonios por el miedo que os tienen os moverán guerra; y los corintios, que pueden mucho con ellos en amistad, y son vuestros enemigos, se anticiparán a ganarnos por amigos para poder después mejor acometeros, y para que por el odio que les tenemos, también como vosotros, no nos podamos ayudar a veces, y ellos no yerren en una de dos cosas: o en haceros mal a vosotros, o en fortalecerse a sí mismos; por lo cual os conviene adelantaros, y recibiéndonos por amigos y compañeros, pues por tales nos damos, prevenir sus asechanzas y traiciones antes que ellos las prevengan. Y si por ventura alegan no ser justo, que vosotros recibáis en amistad sus colonos y pobladores, sepan que cualquier colonia es obligada a honrar y obedecer a su metrópoli y principal, de quien ha recibido bien y honra; y si ha recibido injuria, entonces apartarse y enajenarse de ella. Porque no se sacan los vecinos a poblar de las ciudades metropolitanas a otras para que sean siervos y esclavos de ellas, sino para que sean semejantes e iguales a los que quedan. Que estos nos hayan injuriado, está claro y manifiesto; pues siendo citados por nosotros a juicio sobre la ciudad de Epidamno, quisieron antes tomar las armas que contender por derecho y por justicia. Gran sospecha será para no dejaros engañar ver lo que hacen contra nosotros sus deudos y parientes, para que de mejor gana os apartéis de ellos, y os aliéis a nosotros como os lo rogamos; porque el que no concede a sus enemigos cosa alguna de que se pueda arrepentir después, vive seguro.

»Ni tampoco romperéis las confederaciones con los lacedemonios por recibirnos en amistad, pues ni somos compañeros de los unos ni de los otros, y en ellas se dice esto: Si alguna de las ciudades de Grecia no es de las compañeras y aliadas, le será lícito pasarse a la parte que quisiere. Ciertamente es cosa grave y fuera de razón que los corintios puedan armar sus naves con vuestros amigos y confederados, no solamente de las otras tierras de Grecia, pero también de vuestros súbditos y vasallos, y vedaros la amistad y compañía que se os ofrece, y el provecho que con ella recibiréis, y que os culpen, si nos otorgáis lo que os demandamos, y os quieran impedir la amistad que se os ofrece de grado, y buscar vuestro provecho donde quisiereis y pudiereis. Gran motivo de queja tendríamos contra vosotros, si viéndonos ahora en peligro y siendo vosotros amigos nos desdeñaseis; y a estos que son vuestros enemigos, y os acometen, no los rechazaseis ni se os diese nada que os tomen las fuerzas de vuestras tierras y señoríos, lo cual no deberíais consentir, antes prohibir que ninguno de vuestros súbditos llevase sus soldados, y enviarnos el socorro y ayuda que os pareciese, como también recibirnos públicamente por amigos y aliados, lo cual, como dijimos al principio, os proporcionará mucho provecho, y el mayor de todos es que estos son vuestros enemigos (como está claro y manifiesto) no débiles ni flacos, sino bastantes para hacer mal y daño a los que se les rebelaren, y sabéis muy bien la diferencia que hay de la amistad y alianza que de nuestra parte se os ofrece por ser hombres expertos en la mar, como somos, a la de los contrarios que son de tierra firme y llana, y nunca experimentados en aquella. Ofreciéndoos nuestra armada, no como la de Epiro, sino tal que no hay otra semejante, podéis, si os conviene, no permitir que otro alguno tenga naves de guerra, y si no, a lo menos, tomar por amigos y compañeros aquellos que son más fuertes y poderosos.

»Parecerale a alguno que nuestro consejo es útil y provechoso, pero temerá y sospechará, que si lo sigue romperá la paz y confederación con los amigos, este tal sepa, que vale más, para poner temor a los contrarios, no confiarse mucho en la confederación y alianza de otros, antes procurar el aumento de su poder, que no confiados de aquella, dejarnos de recibir por compañeros y aliados, y quedar por esta vía más flacos y débiles contra vuestros enemigos, que fuertes y poderosos. Los corintios, si nos vencen, quedarán seguros, y os tendrán menos temor y miedo que antes. No se trata, pues, solamente del bien y provecho de los de Corcira, sino también de los de Atenas, considerando que esta guerra es prefacio de la que para el tiempo venidero se prepara. Por ello no debéis de dudar de recibirnos en vuestra amistad, pues veis lo que os importa tener esta nuestra ciudad por amiga o enemiga, considerando la situación de Corcira, de tanta importancia, por estar situada entre Italia y Sicilia, de suerte, que ni desde Italia, si quieren, pueden dejar venir armada al Peloponeso, ni del Peloponeso para Italia, ni para otra parte. Y desde ella pueden seguramente pasar a un cabo y a otro según quieran, además de otros muchos bienes y provechos, que os pueden producir nuestra amistad. Finalmente, por abreviar nuestro discurso, y concluir, para que sepáis que no debéis rehusar nuestra compañía, debéis considerar que hay tres armadas aparejadas muy poderosas; la una es nuestra; la otra vuestra; y la otra de los de Corinto. Pues si menospreciáis y tenéis en poco cualquiera de estas tres, si las dos armadas se juntan en una, y los corintios nos toman por amigos, forzosamente habréis de tener guerra contra dos partes, a saber: contra los corcirenses y los peloponesios. Pero si nos recibís en vuestra compañía, tendréis más naves con las nuestras para poder pelear contra vuestros enemigos.»

Esto fue lo que dijeron los corcirenses. Y luego tras ellos los corintios hicieron el razonamiento siguiente:

IV.