Después que los corintios hubieron seguido a los corcirenses hasta la tierra, volvieron a recoger los despojos de sus naufragios, y los navíos destrozados, y los muertos y heridos, que eran en gran número: los que llevaron al puerto de Síbota, donde el ejército de los bárbaros que estaba en tierra había venido en su ayuda. Es Síbota un puerto desierto en la región de Tesprótide. Hecho esto los corintios volvieron a juntarse e hicieron vela hacia Corcira: viendo lo cual los corcirenses les siguieron con las naves que les habían quedado sanas y estaban para poder navegar, y juntamente con ellos las de Atenas, temiendo que los corintios desembarcaran en su tierra. Ya era avanzado del día y comenzaban a cantar el peán, cántico acostumbrado en loor de su dios Apolo[14], cuando los corintios de repente, viendo venir de lejos veinte naves atenienses, volvieron las proas a las suyas. Estas veinte naves enviaban los atenienses de refresco en ayuda de los corcirenses, temiendo lo que ocurrió, que si los corcirenses eran vencidos, las diez naves que primero habían enviado en su socorro, fuesen pocas para defenderlos y socorrerlos. Al ver estas naves los corintios, y sospechando que además llegasen otras muchas volvieron las proas y comenzaron a retirarse; de lo cual los corcirenses, que no habían visto el socorro que les venía, se maravillaron, hasta que algunos, viéndolas, dijeron aquellas naves hacia nosotros vienen, y entonces también ellos se ausentaron. Ya comenzaba a oscurecer cuando los corintios se retiraron, apartándose así los unos de los otros en aquella batalla que duró hasta la noche.
Los corcirenses tenían su campo en Leucimna cuando las veinte naves de los atenienses fueron vistas, de las cuales venían por capitanes Glaucón, hijo de Leagro, y Andócides, hijo de Leógoras, y poco después llegaron a Leucimna, pasando por encima de los muertos y de los navíos destrozados y hundidos. Los corcirenses, porque era de noche oscura y no les conocían, recelábanse que fuesen de los enemigos; mas después que los reconocieron, pusiéronse muy alegres. Al día siguiente las treinta naves de los atenienses con las que habían quedado sanas de los corcirenses y podían navegar, salieron de este puerto de Leucimna, y vinieron a velas desplegadas al puerto de Síbota, donde estaban los corintios para ver si querían volver a la batalla. Mas los corintios, cuando los vieron venir, levantaron áncoras y alzaron velas, salieron del puerto en orden, fueron a alta mar, y allí estuvieron quedos sin querer trabar pelea, viendo las naves, que habían venido de refresco de los atenienses, sanas y enteras; que las suyas estaban maltratadas y empeoradas de la batalla del día anterior; que tenían bien en qué entender, en guardar los prisioneros que llevaban cautivos en las naves, y que no podían encontrar lo necesario para rehacer sus naves en el puerto de Síbota, donde estaban, por ser lugar estéril y desierto. Pensaban, pues, cómo podrían partir de allí y navegar en salvo para volver a su tierra, temiéndose que los atenienses les habían de estorbar la partida, so color de que habían roto la paz y alianza al acometerles el día anterior. Parecioles buen consejo enviar algunos de los suyos en un barco mercante sin faraute ni trompeta a los atenienses para que espiasen y tentasen lo que determinaban hacer; los cuales en nombre de los corintios les dijeron lo siguiente:
«Grande injuria y sin razón nos hacéis, varones atenienses, en comenzar contra nosotros la guerra, rompiendo la paz y alianza que teníamos, queriendo estorbar que castiguemos a los nuestros, y para ello tomando las armas contra nosotros. Si os parece bien todavía impedirnos que naveguemos hacia Corcira o hacia otra parte donde nos pluguiere, y quebrantar la confederación y alianza declarándoos enemigos nuestros: comenzad primero en nosotros, y prendednos, y usad de nosotros como de enemigos.» Al acabar de decir esto los corintios, todos los del ejército de los corcirenses, que lo oyeron, comenzaron a dar voces diciendo que los prendiesen y matasen. Mas tomando la mano los atenienses, les respondieron de esta manera: «Ni nosotros comenzamos la guerra, varones corintios, ni menos rompimos la paz y alianza que teníamos con vosotros, antes venimos aquí por ayudar y socorrer a estos corcirenses, que son nuestros amigos y compañeros: por tanto, si queréis navegar para otra cualquier parte, navegad mucho en buen hora; mas si navegáis hacia Corcira, o hacia otro cualquier lugar de su tierra para hacerles mal y daño, sabed que os lo hemos de estorbar con todas nuestras fuerzas y poder.»
Oída esta respuesta por los corintios, se aprestaron para partir de allí y navegar hacia su tierra. Empero, antes de su partida levantaron trofeo en señal de victoria en tierra firme de Síbota. Y después de partidos ellos, los corcirenses recogieron sus náufragos y los muertos que el viento de la marea había la noche anterior lanzado a orilla de la mar, y que abordaban a tierra de todas partes: y asimismo levantaron trofeo en señal de victoria en la misma isla de Síbota, frontero de aquel de los corintios, pareciéndoles a cada cual de las partes pretender la victoria por esta vía: los corintios porque habían sido dueños de la mar hasta la noche, porque habían recogido muchos náufragos de los navíos hundidos y muchos muertos de los suyos[15], y tenían muchos prisioneros y cautivos de los contrarios, que en número pasaban de mil, y habían echado a fondo cerca de setenta naves de los enemigos, levantaron trofeo. Los corcirenses porque habían destrozado cerca de treinta naves de los enemigos; porque cuando los atenienses venían ya ellos habían recogido sus náufragos y trozos de naves, y los muertos como los contrarios, y también porque el día anterior los corintios volvieron las proas y se retiraron cuando vieron venir de refresco las naves atenienses, y no osaron acometerlas a la salida de Síbota, levantaron igualmente trofeo.
De esta manera ambas partes se atribuían la victoria. Los corintios, a la vuelta, tomaron por engaño la villa y el puerto de Anactorio, que está a la boca del golfo de Ambracia, el cual era común de ellos y de los corcirenses: y puesta en él gente de guarnición de los corintios, volvieron a su tierra, donde, al llegar, vendieron por esclavos cerca de ochocientos prisioneros de los corcirenses, y detuvieron en prisiones con mucha guarda cerca de doscientos cincuenta, con esperanza de que por medio de estos recobrarían la ciudad de Corcira, porque la mayor parte de los prisioneros eran de los principales de la ciudad.
Este fue el fin de la primera guerra entre los corintios y los corcirenses, después de la cual los corintios volvieron a sus casas como queda dicho.
VI.
Querellas entre atenienses y corintios, por cuya causa se reunieron todos los peloponesios en Lacedemonia para tratar de la guerra contra los atenienses.
La guerra referida fue el primer fundamento y causa de la que después ocurrió entre los corintios y los atenienses, porque los atenienses habían promovido la guerra contra sus compañeros y aliados los corintios en favor de los corcirenses. Después sobrevinieron otras causas y diferencias entre los atenienses y peloponesios para hacerse guerra los unos a los otros, que fueron estas. Los atenienses, sospechando que los corintios tramaban cómo vengarse de ellos, fueron a la ciudad de Potidea que está asentada en el estrecho de Palene, que es una de las colonias o poblaciones de los mismos corintios, y por esto sujeta y tributaria a ellos: mandaron a los moradores que derrocasen su muralla que caía a la parte de Palene; además, que les diesen rehenes para estar más seguros, que echasen de la ciudad los gobernadores y ministros de justicia que los corintios les enviaban cada año y que en adelante no los admitiesen; lo cual hacían por temer, que siendo solicitados los potidenses de Pérdicas, hijo de Alejandro, rey de Macedonia, y también de los corintios, a su instancia se rebelasen contra ellos, y también rebelaran a sus compañeros y aliados que moraban en Tracia. Este acto de guerra hicieron los atenienses en Potidea después de la batalla naval de Corcira, porque los corintios claramente mostraban su enemistad a los atenienses, y también Pérdicas, aunque antes era su amigo y aliado, se convirtió en enemigo por haber hecho los atenienses amistad y alianza con Filipo su hermano, y con Derdas, que de consuno le hacían guerra. Por temor de esta alianza Pérdicas envió embajada a los lacedemonios, se confederó con ellos e hizo tanto que les indujo a que declarasen la guerra a los atenienses. Además se confederó con los corintios para atraer a su propósito a la ciudad de Potidea, y tuvo tratos e inteligencias con los calcídeos que habitaban en Tracia, y también con los botieos para que se rebelasen contra los atenienses, pensando que con la ayuda de estos (si podía ganar su amistad) fácilmente harían la guerra a los atenienses.
Sabiendo esto los de Atenas, y queriendo prevenir la rebelión de sus ciudadanos, enviaron a la tierra de estos treinta barcos con mil hombres de guerra y por capitán a Arquéstrato, hijo de Licomedes, con otros diez capitanes, sus compañeros, mandando a los capitanes de las naves que tomasen rehenes de los potidenses, les derrocasen la muralla, y pusiesen buena guarda en las ciudades comarcanas para que no se rebelasen. Los potidenses enviaron su mensaje a los atenienses para ver si les podían persuadir que no intentasen novedad alguna, y por otra parte enviaron a Lacedemonia juntamente con los corintios para tratar con ellos que les diesen socorro y ayuda si la necesitasen. Mas cuando vieron que no podían alcanzar cosa buena de lo que les convenía de los atenienses, antes en su presencia enviaron las treinta naves a Macedonia contra Pérdicas y contra ellos, confiados en la ayuda de los lacedemonios, los cuales prometieron que si los atenienses venían contra Potidea, ellos entrarían en tierra de Atenas, y viendo ocasión para ello se rebelaron juntamente con los calcídeos y botieos, y aliándose contra los atenienses.