»Pero ¿de que sirve a nuestro propósito reprender las cosas pasadas más largamente que el tiempo presente lo requiere? Acudamos a las de ahora y proveamos a las venideras. Y pues aprendimos de nuestros antepasados a adquirir la virtud por trabajo y no empeorar las costumbres, si acaso ahora les sobrepujáis algún tanto en riquezas y poder, tanta mayor vergüenza será para vosotros perder con vuestras riquezas lo que ellos con pobreza ganaron y adquirieron.
»Hay además de estas otras muchas razones y ocasiones que os deben mover y animar a hacer la guerra. La primera el oráculo de Apolo que os ha prometido seros favorable, y con este también tendréis en vuestra ayuda todo el resto de Grecia, parte por miedo y parte por su provecho. No receléis ser los primeros en quebrantar la paz y alianza que tenemos con los atenienses, pues el dios que nos amonesta a comenzar la guerra juzga haber sido primero quebrantada por ellos. Más cierto es que pelearemos por mantener y amparar los tratos y confederaciones que ellos han violado y roto, que los que se defienden no son quebrantadores de la paz, sino aquellos que comienzan la guerra y acometen primero.
»Por todas estas razones no ha de ser aciago sino muy provechoso emprender esta guerra. Así lo comprendéis por lo que os decimos en público para amonestaros y persuadiros de que es necesaria para el bien común y el particular de cada uno. No queráis, pues, dilatar la defensa de vuestra libertad, y particularmente el dar ayuda a los de Potidea, que son dorios de nación y están ya sitiados y cercados por los jonios, porque si nosotros disimulamos ahora, parecerá claramente que unos de nosotros fueron injuriados y los otros se juntaron para tratar de vengarse y después no se atrevieron.
»Por tanto, varones amigos y confederados nuestros, conociendo la necesidad presente y que os aconsejamos lo mejor, determinad hacer esta guerra y no os espantéis de las dificultades de ella, antes pensad el bien que os vendrá de la larga paz que ha de seguirla. Porque de la guerra nace la paz, y en el reposo y descanso no estamos seguros de que no se pueda mover guerra.
»Considerad que si sujetamos por fuerza aquella ciudad de Grecia que quiere usurpar la tiranía sobre todas las otras, de las que ya domina algunas, y procura dominarlas, quedaremos en paz y seguridad, y viviremos sin peligro, y daremos libertad a los griegos que ahora están en servidumbre.»
Y con esto los corintios acabaron su razonamiento.
XIV.
Acordada la guerra contra los atenienses por todos los del Peloponeso, envían los lacedemonios embajadores a Atenas para tratar de algunas cosas.
Cuando los lacedemonios oyeron los razonamientos de todas aquellas ciudades de Grecia allí representadas, mandaron dar a los embajadores de cada una de las ciudades mayores y menores sus piedrecillas en las manos para que con ellas declarasen por sus votos si querían la paz o la guerra. Todos fueron de parecer de declarar la guerra, y así lo determinaron; mas no había medio de comenzarla entonces porque estaban desprovistos de todas las cosas necesarias. Acordose, pues, que cada ciudad contribuyese para ella y sin ninguna dilación en menos de un año. En el ínterin, los lacedemonios enviaron embajadores a los atenienses para decirles las culpas de que los acusaban a fin de tener mejor y más justa causa de hacerles la guerra, si no se enmendaban prontamente. Primero les pidieron que purgasen la ofensa hecha a la diosa[22], que era la siguiente: Fue un varón llamado Cilón, noble y poderoso, que en los juegos y contiendas que se hacían en Olimpia ganó el prez y las joyas. Este Cilón tuvo por mujer la hija de Teágenes, que a la sazón era señor de Mégara, y al verificarse este casamiento le fue dada respuesta a Cilón por el oráculo de Apolo en Delfos, que cuando se celebrase la gran fiesta de Júpiter, él tomase y ocupase la fortaleza de Atenas. Con alguna gente de guerra de Teágenes su suegro, y con otros sus amigos de la ciudad, que juntó cuando se celebraba la fiesta de Olimpia en el Peloponeso, tomó la fortaleza de Atenas con intención de hacerse señor de ella, persuadiéndose que por ser esta la mayor fiesta de Júpiter que se hacía, y por haber ganado él otras veces en esta misma fiesta los preces y joyas, saldría con la empresa conforme a la profecía del oráculo de Apolo, porque no consideraba si la respuesta se entendía de la fiesta que se celebraba en Atenas o en otra parte, ni tampoco el oráculo lo declaró, y también los atenienses celebran todos los años una fiesta muy solemne, en honra de Júpiter Miliquio, fuera de la ciudad, en la cual hacen muchos sacrificios de animales figurados. Mas Cilón que había interpretado el oráculo a su fantasía, creyendo que hacía bien, emprendió la cosa como arriba he dicho.
Cuando los atenienses supieron que su fortaleza había sido tomada, los que estaban en los campos se juntaron y vinieron a cercar a Cilón y a los suyos dentro de ella. Pero porque la plaza era fuerte y se cansaban de estar allí detenidos, la mayor parte se fueron a sus negocios y dejaron allí nueve capitanes con número bastante de gente con encargo de guardar, y mantener el cerco de la plaza, dándoles pleno poder de hacer todo aquello que bien les pareciese en aquel caso para el bien de la ciudad, y durante el sitio hicieron algunas cosas que les parecía convenir al bien de la república. En este tiempo Cilón y su hermano hallaron manera de salir secretamente de la fortaleza y se salvaron. Pero los otros que habían quedado dentro, obligados por el hambre, después de haber muerto muchos, se guarecieron en el gran altar que está dentro de la fortaleza. Los que habían quedado en guarda del cerco los quisieron sacar: viendo que se morían y a fin de que, por su muerte, el templo no fuese profanado y violado, los sacaron fuera, y los mataron. Algunos fueron muertos pasando por delante de los dioses, y otros al pie de los altares, por lo cual todos los culpados de las muertes y sus descendientes fueron condenados por crueles y sacrílegos y desterrados por los atenienses, primero, y por Cleómenes, auxiliado por los atenienses sublevados[23]. No solamente echaron de la ciudad a los que se hallaron de estas líneas, sino que los huesos de los difuntos los arrojaron fuera de los límites. Pasado algún tiempo, volvieron, y al presente hay algunas casas de estas familias que los lacedemonios pedían fuesen echadas, por saber que Pericles, hijo de Jantipo, descendía de aquella raza por parte de su madre, esperando que si lanzaban a este de la ciudad de Atenas, podrían después más a su placer venir al fin deseado de su guerra contra los atenienses, y si no le echaban, a lo menos le harían odioso al pueblo, pues creería este que por salvar a Pericles se había en parte provocado la guerra. Pericles era en aquel tiempo el hombre más principal de la ciudad de Atenas y de mayor autoridad; siempre contrario a los lacedemonios, y que persuadía a los atenienses que emprendiesen la guerra contra ellos.