»Otras muchas razones os podría decir para convenceros de que debéis esperar la victoria, si quisiereis oírme, mas no conviene, estando como estáis en defensa de vuestro estado, pensar en aumentar vuestro nuevo señorío, ni añadir voluntariamente otros peligros a los que por necesidad se ofrecen: que ciertamente yo temo más los yerros de los nuestros, que los pensamientos e inteligencia de nuestros enemigos. De esto no quiero hablar más ahora, sino dejarlo para su tiempo y lugar.

»Y para dar fin a mis razones me parece que debemos enviar nuestros embajadores a los lacedemonios, y responderles que no prohibiremos a los megarenses nuestros puertos, ni los mercados con tal que los lacedemonios no veden la contratación en su ciudad a los extranjeros, como la vedan a nosotros y a nuestros aliados y confederados, pues ni lo uno ni lo otro está exceptuado ni prohibido en los tratados de paz. Y en cuanto al otro punto, que nos piden de dejar las ciudades de Grecia libres, y que vivan con sus leyes y libertad, que así lo haremos si estaban libres al tiempo que se hicieron dichos tratados; y si ellos también permiten a sus ciudades gozar de la libertad que quisieren para que vivan según sus leyes y particulares institutos, sin que sean obligadas a guardar las leyes y ordenanzas de Lacedemonia tocante al gobierno de su república. Queremos estar a derecho y someter las cuestiones a juicio según el tenor de nuestros tratados y convenciones, sin comenzar guerra ninguna; pero que si otros nos la declaran y mueven primero, que trabajaremos para defendernos.

»Esta respuesta me parece justa y honrosa y conveniente a nuestra autoridad y reputación, y juntamente con esto conoced que, pues la guerra no se excusa, si la tomamos de grado, nuestros enemigos nos parecerán menos fuertes: y de cuantos mayores peligros nos libraremos, tanta mayor honra y gloria ganaremos, así en común como en particular. Nuestros mayores y antepasados, cuando emprendieron la guerra contra los medos, ni tenían tan gran señorío como ahora tenemos, ni poseían tantos bienes, y lo poco que tenían lo dejaron y aventuraron de buena gana, usando más de consejo que de fortuna, y de esfuerzo y osadía, que de poder y facultad de hacienda. Así expulsaron a los bárbaros y aumentaron su señorío en el estado que ahora lo veis. No debemos, pues, ser menos que ellos, sino resistir a nuestros contrarios, defendernos por todas vías y trabajar por no dejar nuestro señorío más ruin y menos seguro que le heredamos de ellos.»

Habiendo Pericles acabado su razonamiento, los atenienses, aprobando su consejo, determinaron seguirle, y conforme a él, respondieron a los lacedemonios por medio de sus embajadores, que no harían cosa de lo que ellos demandaban, sino que estaban dispuestos a someter a juicio y responder a sus demandas; y con esta respuesta los embajadores volvieron a su tierra. En adelante no curaron de enviar más embajada los unos a los otros. Empero las causas de las diferencias entre ambas partes antes de la guerra, tuvieron origen en las cosas que ocurrieron en Epidamno y en Corcira, aunque por estas no dejaban de comunicarse unos con otros sin farautes ni salvoconducto, aunque ya se recelaban y tenían sospecha entre sí, pues lo que entonces se hacía fue causa de la perturbación y rompimiento de las treguas, y materia y ocasión de la guerra.

FIN DEL LIBRO PRIMERO.

LIBRO II.


SUMARIO.

I. Los beocios, antes de empezar la guerra, se apoderan por sorpresa de la ciudad de Platea, favorable a los atenienses, siendo arrojados de ella y muertos la mayoría de los que entraron. — II. Grandes aprestos de guerra de ambas partes y de las ciudades a ellas aliadas. — III. Discurso que Arquidamo, rey de los lacedemonios, dirige a los suyos para animarles a la guerra — IV. Persuadidos por Pericles los atenienses que vivían en los campos, acuden con sus bienes a la ciudad, y se preparan a la guerra. — V. Los peloponesios entran a saco en tierra de Atenas, y por consejo de Pericles solo salen contra ellos las tropas de caballería de los atenienses. — VI. Grandes aprestos por mar y tierra que los atenienses hicieron en el verano en que empezó la guerra y el invierno siguiente. Nuevas alianzas hechas por ellos en Tracia y Macedonia, y exequias públicas con que en Atenas honraron la memoria de los muertos en la guerra. — VII. Discurso de Pericles en loor de los muertos. — VIII. Epidemia ocurrida en la ciudad y campo de Atenas en el verano siguiente. Nuevos aprestos belicosos y desesperación de los atenienses. — IX. Discurso de Pericles al pueblo de Atenas para aquietarlo, exhortarle a continuar la guerra y a sufrir con resignación los males presentes. — X. Virtudes y loables costumbres de Pericles. — XI. Nuevos aprestos de guerra que por ambas partes se hicieron aquel verano. La ciudad de Potidea capitula con los atenienses. — XII. Los peloponesios sitian Platea, defendiéndola sus moradores. — XIII. Combate de los atenienses delante de la ciudad de Espartolo, en tierra de Botiea, y de los peloponesios delante de Estrato, en la región de Acarnania. — XIV. Triunfan los atenienses en batalla naval contra los peloponesios, y de ambas partes se preparan a pelear nuevamente en el mar. — XV. Discurso y recomendaciones de Cnemo y de los otros capitanes peloponesios a los suyos. — XVI. Discurso y exhortación de Formión, capitán de los atenienses, a los suyos. — XVII. En la segunda batalla naval ambas partes pretenden haber conseguido la victoria. — XVIII. Intentan los peloponesios tomar por sorpresa el puerto del Pireo, y no lo logran. — XIX. Sitalces, rey de los odrisios, entra en tierra de Macedonia, reinando Pérdicas, y sale de ella sin hacer cosa digna de memoria. — XX. Proezas de Formión, capitán de los atenienses, en Acarnania, y origen de esta tierra.

I.