Había muchos pronósticos, y relataban los oráculos respuestas de los dioses de muchas maneras, así en las ciudades que emprendían la guerra, como en las otras. Y aconteció que en Delos tembló el templo de Apolo, lo cual nunca fue visto ni oído desde que los griegos se acuerdan. Y por las señales que veían juzgaban todo lo venidero y lo inquirían con toda diligencia. La mayor parte se aficionaban antes a los lacedemonios que a los atenienses, porque decían y publicaban que querían dar a Grecia la libertad. De aquí que todos, así en común como en particular, de palabra y de obra, se disponían a ayudarles con tanta afición, que cada cual pensaba que si él no se hallaba presente, la cosa se impediría por su falta. Muchos estaban indignados contra los atenienses: unos porque les quitaban el mando, y otros porque temían caer en su dominio. Así, pues, de corazón y de obra se preparaban de ambas partes. Las ciudades que cada cual tenía por amigas y confederadas para la guerra eran estas: de parte de los lacedemonios, todos los peloponesios que habitan dentro del estrecho de mar que llaman Istmo, excepto los argivos y los aqueos, que eran tan amigos de los unos como de los otros; y de los aqueos no hubo al principio sino los pelenos que fuesen del partido de los lacedemonios, aunque a la postre lo fueron todos. Fuera del Peloponeso eran de su bando los megarenses, los focenses, los locros, los beocios, los ambraciotes, los leucadios, los anactorios. De estos, los corintios, los megarenses, los sicionios, los pelenos, los eleos, los leucadios y los ambraciotes proveyeron de navíos; los beocios, los focenses y los locros de gente de a caballo, y las otras ciudades de infantería.

De parte de los atenienses estaban los de Quíos, los de Lesbos, los de Platea y los mesenios, que habitan en Naupacto, y muchos de los acarnanios; los corcirenses, los zacintios y los otros que son sus tributarios, entre los cuales eran los carios, que habitan la costa de la mar, y los dorios que están junto a ellos. La tierra de Jonia, los de Helesponto y muchos lugares de Tracia; y todas las islas que están fuera del Peloponeso y de Creta hacia levante, que se llaman Cícladas, excepto Melos y Tera. De estos, todos los de Quíos, Lesbos y los corcirenses proveyeron de navíos, y los otros todos de gente de a pie. Tal fue el apresto y ayuda de los aliados y confederados de las dos partes.

Volviendo a la historia, los lacedemonios cuando supieron lo que había acaecido en Platea, enviaron un mensaje a sus aliados y confederados para que tuviesen a punto su gente; y prepararon todas las cosas necesarias para salir al campo un día señalado, y entrar por tierra de Atenas. Hecho así, las fuerzas de todas las ciudades se hallaron a un mismo tiempo en el estrecho del Peloponeso llamado Istmo, y poco después arribaron los otros. Cuando todo el ejército estuvo reunido, Arquidamo, rey de los lacedemonios, que era caudillo de toda la hueste, mandó llamar a los capitanes de las ciudades, y principalmente a los más señalados, y les dijo estas razones:

III.

Discurso que Arquidamo, rey de los lacedemonios, dirige a los suyos para animarles a la guerra.

«Varones peloponesios y vosotros nuestros compañeros aliados y confederados, bien sabéis que nuestros mayores y antepasados hicieron muchas guerras así en tierra del Peloponeso como fuera de ella. Y aquellos de nosotros que somos más ancianos tenemos alguna experiencia de guerra, empero nunca jamás tuvimos tan gran aparato de ella ni salimos con tan gran poder como al presente, que vamos contra una ciudad muy poderosa y donde hay muchos y muy buenos guerreros. Por tanto es justo que no nos mostremos inferiores a nuestros mayores, ni demos vergüenza a la gloria y honra ganada por ellos y por nosotros adquirida, porque a toda Grecia conmueve esta guerra, y está muy atenta a la mira, esperando y deseando el buen suceso de nuestra parte, por el gran odio que tiene a los atenienses.

»Mas no porque nos parezca que somos muchos en número, y que vamos contra nuestros enemigos con gran osadía, debemos pensar que no osarán salir a pelear contra nosotros, y por esta causa no nos debemos descuidar en ir bien apercibidos; antes conviene que cada cual de nosotros, así el capitán de la ciudad, como el soldado, se recele siempre de caer en algún peligro por su culpa; pues los casos de la guerra son inciertos, de las cosas pequeñas se llega a las más grandes, y hartos vienen a las manos por una pequeña causa o por ira. Muchas veces los que son en menor número porque se recatan de los que son más, los vencen, si aquellos, por tener en poco a su contrario, van mal apercibidos. Por lo cual, conviene siempre que, entrados en tierra de los enemigos, tengamos ánimo y corazón de pelear osadamente, y que venidos al hecho nos apercibamos con recelo y cautela. Haciéndose esto, seremos más animosos para acometer a los enemigos, y más seguros para pelear resistiendo. Debemos pensar que no vamos contra una ciudad flaca y desapercibida incapaz de defenderse, sino contra la ciudad de Atenas, muy provista de todas las cosas necesarias, y creer que son tales que saldrán a pelear contra nosotros; si no fuere ahora, a lo menos cuando nos vieren en su tierra talándola y destruyéndola, porque todos aquellos que ven al ojo y de repente algún mal no acostumbrado, se mueven a ira y saña, y generalmente los menos razonables salen con ira y furor a la obra, lo cual es verosímil hagan los atenienses más que todas las otras naciones, porque se tienen por mejores y más dignos de mandar y dominar a los otros, y de destruir la tierra de sus vecinos antes que ver destruida la suya.

»Vamos, pues, contra una ciudad tan poderosa, a buscar honra y gloria para nosotros y para nuestros antepasados, y para alcanzar ambas cosas seguid a vuestro caudillo, procurando ante todo ir en buen orden y guarda de vuestras personas y hacer pronto lo que os mandaren, porque no hay cosa más hermosa de ver ni más segura, que siendo muchos en una hueste, todos a una vayan dispuestos en buen orden.»

Cuando Arquidamo terminó su arenga y despidió a los oyentes, envió ante todas cosas al espartano Melesipo, hijo de Diácrito, a Atenas, por ver si los atenienses se humillarían más, viéndolos ya puestos en camino. Pero estos no quisieron admitir a Melesipo en su Senado, ni menos en su ciudad; y le despidieron sin darle audiencia, porque en esto venció el parecer de Pericles, de no admitir faraute ni embajador de los lacedemonios, después que hubiesen tomado las armas contra ellos. Mandaron, pues, a Melesipo que saliese de sus términos dentro de un día, y dijese a los que le enviaron que en adelante no les enviasen embajada sin salir primero de los términos de Atenas y volver a sus tierras. Diéronle guías para que no le sucediera ningún percance. Al llegar a los términos de su tierra, cuando querían despedirle los guías, les dijo estas palabras: «Este día de hoy será principio de grandes males para los griegos.»

Llegó Melesipo al campamento de los lacedemonios, y Arquidamo supo por él que los atenienses no habían perdido nada de su altivez, levantó su real, y entró con su hueste en tierras de los enemigos; y por otra parte los beocios se metieron en tierra de Platea, talándola y robándola con la parte del ejército que no habían dado a los del Peloponeso. Y esto lo hicieron antes que los otros peloponesios se juntasen en el Istmo y cuando estaban en camino antes de entrar por tierra de Atenas.