Acabada la obra dejaron una parte de su gente, en número bastante para guardar la mitad de aquella muralla, y de la otra mitad encargaron la guarda a los beocios. Todos los demás partieron para sus ciudades, en la época en que se muestra la estrella llamada Arturo[53].
Volvamos a los de Platea, que, como arriba contamos, habían enviado fuera de su ciudad las mujeres, los viejos, los niños y todos aquellos que no eran de provecho para la guerra, de manera que solo quedaron dentro cuatrocientos ochenta hombres de pelea atenienses, y diez mujeres que les cocían pan, y no más de ningún estado ni condición, los cuales determinaron defender la ciudad.
XIII.
Combate de los atenienses delante de la ciudad de Espartolo en tierra de Botiea, y de los peloponesios delante de Estrato en la región de Acarnania.
En este mismo verano[54], al principio del cerco de Platea, los atenienses enviaron a Jenofonte, hijo de Eurípides, y a otros dos capitanes, con dos mil hombres de a pie, ciudadanos, y doscientos de a caballo, extranjeros, al tiempo de la siega, para hacer la guerra a los calcídeos y a los botieos, que estaban en la región de Tracia; los cuales, al llegar delante de la ciudad de Espartolo, en la región de Botiea, talaron y destruyeron todos los trigos; además tenían inteligencias con algunos de la ciudad que les parecía querían rebelarse para meter a los atenienses dentro de ella. Mas los otros, que no participaban de los tratos, hicieron venir de la ciudad de Olintio una banda de gente de a caballo, que, al llegar a Espartolo juntamente con los de la ciudad, salieron a pelear contra los atenienses, y en esta batalla, la infantería de los calcídeos, que estaba muy bien armada, y algunos otros extranjeros que habían acudido en socorro de la ciudad, fueron hasta las puertas. Mas la gente de a caballo de Olintio, y los de a pie que vinieron armados a la ligera, con otros pocos que traían paveses, que eran de la región llamada Crúside, detuvieron la caballería de los atenienses. Cuando se iban retirando de una parte y de otra de la pelea, sobrevinieron de refresco algunas compañías de infantería bien armadas, que los olintios enviaban en socorro de los de la ciudad, quienes al verlas venir cobraron ánimo, sobre todo los de a pie, que venían armados a la ligera, y los calcídeos de a caballo. Con aquel socorro de los olintios, salieron contra los atenienses y los rechazaron y forzaron a que se retirasen hasta las dos compañías que habían dejado en guarda del bagaje y municiones; y aunque los atenienses se defendían valientemente, y todas las veces que revolvían sobre los enemigos los lanzaban de sí, todavía cuando se retiraban hacia su real, los contrarios de a pie los perseguían, tirándoles de lejos, y los de a caballo de cerca, a golpe de mano, de tal manera, que al fin les hicieron volver las espaldas y huir.
En esta huida y persecución hubo muchos muertos de los atenienses: además de los que murieron en la pelea, entre todos cuatrocientos treinta, y con ellos los tres capitanes.
Al día siguiente, los atenienses, después de obtener sus muertos de los de la ciudad, para darles sepultura, se volvieron con lo restante de su ejército a Atenas.
De esta batalla, los calcídeos y botieos, después de sepultar a los que murieron de su parte, levantaron trofeo en señal de victoria delante de la ciudad.
En el mismo verano[55], poco tiempo después de esta batalla, los ambraciotes y los caones, deseando sujetar a todos los de tierra de Acarnania y apartarlos de la devoción y alianza de los atenienses, ofrecieron a los lacedemonios que si les daban algunas naves, las que fácilmente podrían sacar de las ciudades confederadas, ellos podrían seguramente con mil hombres de pelea de los suyos, sujetar toda la tierra de Acarnania, por causa de que los unos no podían socorrer a los otros; y esto hecho, sin gran dificultad ganarían la isla de Zacinto y la de Cefalenia, y aun tenían esperanza de tomar a Naupacto. De hacer esto, los atenienses no podrían adelante navegar, ni recorrer la mar en torno del Peloponeso como acostumbraban.
Los lacedemonios les otorgaron su demanda, y rápidamente enviaron a Cnemo, que a la sazón era su general de las fuerzas de mar, con las pocas naves que tenían y la gente de a pie, y escribieron a las ciudades sus confederadas que enviasen con toda diligencia sus barcos de guerra a Léucade.