»No sin causa al principio para grandes delitos había pequeños castigos, mucho más leves que ahora, los cuales, por la continua transgresión de los hombres, andando el tiempo, se han reducido a pena de muerte; y aun con todo esto, no nos apartamos de errar. Es, pues, necesario, o inventar otra pena más dura que la muerte, o pensar que esta no impedirá pecar a los hombres, porque a unos la pobreza les obliga a que se atrevan, y a otros las riquezas les alientan a ser soberbios y codiciosos de más haberes, mientras otros tienen otras pasiones y ocasiones que los atraen e inducen a pecar. Cada cual es atraído por su inclinación y apetito desordenado, tan poderoso, que apenas lo puede refrenar ni moderar por miedo de daño ni peligro que le amenace.

»Hay, además, otras dos cosas que en gran manera impulsan a los hombres: la esperanza y el amor; el uno les guía, y la otra les acompaña. El amor procura los medios para ejecutar sus pensamientos, y la esperanza les pone delante la prosperidad de la fortuna. Aunque estas dos cosas no se ven de presente, son más poderosas a moverlos que los peligros manifiestos. También hay otra tercera, que sirve y aprovecha en gran manera para mover los afectos y voluntades, es a saber, la fortuna, la cual, luego que nos representa y pone delante alguna ocasión, aunque no sea bastante para movernos, muchas veces atrae a los hombres a grandes peligros, y muchas más a las ciudades, por tratarse en ellas de más grandes cosas y de más importancia, como el conservar su libertad o aumentar su señorío; porque cada cual, unido a los otros ciudadanos, concibe mayor esperanza de sí mismo. En conclusión, es imposible y fuera de razón creer que cuando el hombre está estimulado por una impetuosa inclinación a hacer una cosa, se le pueda apartar de ello por la fuerza de las leyes ni por otra dificultad.

»No conviene, pues, condenar a pena de muerte a los delincuentes en la confianza de que nos causará seguridad para lo venidero, ni por este medio quitar a los que en adelante se rebelaren la esperanza de la misericordia y la facultad de arrepentirse y purgar su pecado. Para convenceros de esta verdad, suponed que hubiese ahora otra ciudad rebelada contra vosotros, y que conociese que no podía resistirnos, aunque teniendo bienes para pagarnos los gastos de recobrarla, y en adelante el tributo que le impusiéremos, si la tomamos por capitulación: pues si sabe que no tiene esperanza de alcanzar misericordia de vosotros, os resistirá con todas sus fuerzas, y determinará sufrir el cerco basta el fin, antes que entregarse. Pensad ahora si es lo mismo que una ciudad se entregue en seguida de haberse rebelado, o largo tiempo después de rebelada, y qué gastos y daños sufriremos cuando rehusaren ser reducidos a nuestra obediencia, en todo el tiempo que les sitiemos. Tomada y asolada la ciudad rebelde, perderíamos sus tributos, mediante los cuales tenemos fuerzas contra nuestros enemigos.

»Por tanto, no conviene en este caso proceder a la pena y castigo de los delitos como jueces con todo rigor, para que resulte en nuestro daño, sino pensar cómo podremos sacar en lo venidero nuestras rentas y tributos de nuestras ciudades, castigándolas moderadamente, y guardándolas y conservándolas con dulzura y buen trato, antes que por el rigor de las leyes. Ahora queremos hacer lo contrario, pues si sojuzgamos algún pueblo que antes fuese libre, y este, por recobrar su libertad, se rebela contra nosotros, como lo podría hacer con razón, si después le reducimos a nuestra obediencia, juzgaréis que conviene castigarle con todo rigor y severidad. Yo soy de opinión contraria, es decir, que no debemos castigar duramente las ciudades libres cuando se han rebelado, sino cuidar muy bien de que no se rebelen, tratarlas de suerte que no tengan ocasión de ocurrirles tal pensamiento, y al recobrarlas, imputarles por liviana su culpa.

»Considerad el yerro que cometéis si quisiereis seguir la opinión de Cleón; porque ahora todos los moradores de vuestras ciudades confederadas están en vuestra amistad, os tienen afición y no se rebelan juntamente con los otros parciales más poderosos; y si alguna se rebela, obligada por fuerza, los otros aborrecen y quieren mal a los que fueron autores y causa de ello; de suerte que vosotros, con la confianza que tenéis en el amor y afición que os tienen los pueblos, vais a la guerra; pero si mandáis matar todos los moradores de Mitilene, que no fueron partícipes de la rebelión, antes cuando pudieron tomar las armas os entregaron la ciudad, seréis tenidos por injustos y malos para con aquellos que han merecido mucho bien de vosotros, y daréis gran placer a los más poderosos, pues no desean otra cosa. Porque si hacen rebelar una ciudad de vuestras confederadas, tendrán todos los del pueblo en su favor, sabiendo de cierto que si caen en vuestras manos, la misma pena sufrirán los delincuentes que los que no lo fueron. Más valdría disimular su yerro, para que solo ellos de los confederados y aliados que tenemos por amigos y compañeros aparezcan enemigos; y pienso que será más útil y provechoso para conservar nuestro imperio y señorío que suframos esta injuria de grado y a sabiendas, que mandar matar a los que en ninguna manera nos conviene que mueran, aunque lo podamos hacer con justicia.

»No es verdad lo que dice Cleón, de que el castigo puede ser provechoso. Y pues sabéis que esto es lo mejor, no os fijéis en la misericordia ni en la clemencia, de las cuales tampoco quiero que os dejéis convencer, sino que, por lo que os he aconsejado, me deis crédito. Solo por el bien de la ciudad guardad estos prisioneros mitilenios que os envió Paques como culpados, y despacio y a vuestro placer juzgad y sentenciad su causa, y a los otros que ahí quedan dejadlos morar pacíficamente en su pueblo, que es lo que os será útil y provechoso para lo venidero, infundiendo temor a vuestros enemigos.

»Pensad que cualquier hombre que da buen consejo vale y puede más contra los enemigos que el que por locura e ignorancia hace cosas soberbias y crueles.»

Con esto acabó Diódoto su razonamiento.

VIII.

De cómo Mitilene estuvo en peligro de ser destruida completamente, y del castigo que recibió por su rebelión. — Los de Platea se entregan a merced de los lacedemonios. — Hechos de guerra habidos aquel año.