Las causas de estas inundaciones fueron a mi parecer los temblores de tierra, porque de la parte que tembló más reciamente sacudió y lanzó la mar, la cual, a su retorno, con gran fuerza e ímpetu causaba tales avenidas.

En este mismo verano[78] ocurrieron algunos hechos de guerra en Sicilia, así por parte de los extraños como por los mismos de la tierra, y principalmente por los atenienses y sus aliados. Los más memorables de que tengo noticia fueron estos: Siendo Caréades capitán de los atenienses, muerto en batalla por los siracusanos, Laques, que quedaba por capitán de la armada, fue con su gente de guerra derechamente contra la ciudad de Milas en tierra de Mesena, donde había dos capitanías de los mesenios. Estos hicieron una emboscada y salieron contra los atenienses y sus aliados, quienes los dispersaron, pusieron en huida y mataron a muchos. De este hecho quedaron tan amedrantados los de la ciudad, que viendo venir a los atenienses y sus aliados hacia ella, se rindieron con ciertas condiciones y les dieron rehenes y toda clase de seguridades.

También este verano los atenienses enviaron treinta barcos a la costa del Peloponeso a las órdenes de Demóstenes, hijo de Alcístenes, y de Procles, hijo de Teodoro, y otros sesenta contra la isla de Melos, con dos mil combatientes, mandados por Nicias, hijo de Nicérato, porque los melios negaban obediencia a los atenienses, y no querían contribuir para las guerras. Mas después que les talaron las tierras, los hicieron venir por la fuerza a partido, y desde allí pasaron a Oropo, que está frente a esta isla en tierra firme. Llegados a este puerto, casi de noche, salieron todos armados de sus naves y fueron directamente a la ciudad de Tanagra, que está en Beocia. Por tierra llegó también gran hueste de los atenienses al mando de Hipónico, hijo de Calias, y de Eurimedonte, hijo de Tucles, los cuales, al juntarse con sus compañeros de mar, plantaron su campo delante de la ciudad, donde estuvieron todo aquel día haciendo muchos males en la tierra. Al día siguiente salieron contra ellos los de la ciudad con algún socorro que les había llegado de Teme, mas los atenienses les hicieron retroceder mal de su agrado; mataron muchos y los vencieron, y de las armas y despojos que les tomaron, levantaron trofeo en señal de la victoria delante de la ciudad. Después volvieron al punto de salida, los unos a las naves y los otros a la ciudad, y los que iban con Nicias, después de robar la tierra, se embarcaron, regresando a sus tierras.

En este mismo tiempo los lacedemonios fundaron la ciudad de Heraclea, en tierra de Traquinia, y la poblaron con gente de su nación, por lo cual los melieos están divididos en tres pueblos: los paralios, los irieos y los traquinios. Estos traquinios, molestados con guerras por sus vecinos los eteos, fueron de parecer al principio de llamar a los atenienses en su ayuda; pero no fiándose de ellos completamente, enviaron también a Tisámeno como embajador a los lacedemonios, que igualmente fue en representación de la Dóride, región metropolitana de aquellos, y acometida por los mismos eteos. Los lacedemonios, oída su embajada, determinaron enviar gente de su nación a que poblasen una ciudad, así para defensa de los traquinios y dorios, como porque les pareció que les vendría muy a propósito para la guerra con los atenienses, a causa de que desde la ciudad de Heraclea hasta Eubea había poco trecho de mar de pasar, y por tanto, podrían sin peligro organizar allí su armada contra los de Eubea, teniendo además muy buena guarida para cuando quisiesen ir a Tracia. Por estas razones procuraron fundar allí aquella ciudad, y primeramente lo consultaron con el oráculo de Apolo, cuyo templo está en Delfos, el cual les otorgó su demanda. Enviaron sus pobladores, así de sus tierras como de las de sus vecinos y comarcanos, mandando pregonar públicamente que darían licencia a todos los que quisiesen ir a morar en ella, excepto a los jonios y a los aqueos.

Para fundar y poblar esta ciudad dieron el encargo a tres de sus ciudadanos, León, Álcidas y Damagón, quienes, hecho el repartimiento de la tierra entre los que fueron a poblar, cercaron la ciudad de muralla y ahora se llama Heraclea, que dista de los montes de Termópilas cuarenta estadios, y de la mar medio estadio. Allí comenzaron a construir atarazanas para tener sus naves junto a Termópilas y su estrecho y estar más seguros.

Fundada esta ciudad, los atenienses al principio tuvieron algún temor, viendo que estaba cerca la isla de Eubea, y que desde allí había muy poco mar que atravesar hasta la ciudad de Ceneo, situada en Eubea; pero ningún daño les sobrevino, a causa de que los tesalios, que dominaban la tierra, en cuyos términos se había fundado la ciudad, sospechando ser vecinos que podían llegar a ser más poderosos que ellos, comenzaron a molestar a los nuevos pobladores con guerras, obligando al mayor número a abandonar la ciudad que al principio había sido muy poblada por multitud de gentes de todas partes, esperando que sería lugar seguro y firme por fundarla los lacedemonios, y al poco tiempo quedó con escasos moradores. Culpa de esto tuvieron también los caudillos que los lacedemonios enviaron con los nuevos pobladores, por tratarles mal y desalentarlos en lugar de animarlos contra sus enemigos, quienes, con esto, les vencieron más pronto y fácilmente.

XIV.

Demóstenes, capitán de los atenienses, parte de Léucade con su armada para combatir a los etolios y es vencido. — Varios hechos de guerra de los atenienses en Sicilia.

En este mismo verano, al tiempo que los atenienses estaban en Melos, treinta de sus naves que recorrían la costa del Peloponeso arribaron junto a Eiómeno, en la región de Léucade, y allí en una emboscada mataron y prendieron algunos de los hombres de guerra que estaban de guarnición. Después con toda la armada fueron sobre Léucade, llevando en su compañía a todos los acarnanios, excepto los eníadas, y a los zacintos y cefalenios. Con su armada iban también quince naves de los corcirenses, y con tan gran poder, robaban y talaban todas las tierras de Léucade, así las que están dentro del estrecho como fuera, y hasta el templo de Apolo, que estaba junto a la ciudad. Mas los ciudadanos de Léucade, a pesar de los daños que sufría su tierra, no osaron salir fuera de su ciudad. Viendo esto los acarnanios pidieron con grande instancia a Demóstenes, capitán de los atenienses, que los sitiara esperando ganar la ciudad fácilmente y verse así libres y seguros en adelante de estos leucadios, que eran sus antiguos enemigos. Mas Demóstenes, que a la sazón daba más crédito a los mesenios, fue persuadido por estos de que dejase la empresa de Léucade, y la emprendiera contra los etolios, teniendo para ello tan buena armada y tan gran poder, así porque estos etolios eran enemigos capitales de los de Naupacto, como porque decían que, siendo vencidos, fácilmente someterían después todo lo restante de Epiro al señorío y obediencia de los atenienses. Y aunque los etolios fuesen muchos y buenos guerreros, parecía a los mesenios que podrían ser vencidos y conquistados pronto porque sus ciudades y villas, no cercadas de murallas, estaban muy distantes entre sí, no pudiendo socorrerse fácilmente, y porque los moradores se encontraban mal armados y a la ligera.

Eran de parecer que primeramente fuesen atacados los apodotos, y tras ellos los ofioneos y los euritanes, que son la mayor parte de los etolios, y eran campesinos, salvajes, fieros y bárbaros en sus costumbres y lenguaje, llamándoseles omófagos, que quiere decir comedores de carne cruda. Vencidos estos, creían que fácilmente sujetarían a todos los demás. Este consejo pareció muy bien a Demóstenes, así por el crédito que daba a los mesenios, como porque creía que, teniendo consigo los epirotas y los etolios, podía muy bien, sin otra armada de los atenienses, ir por tierra a hacer la guerra a los beocios, tomando el camino de los locros ozolas y citiones, y por la parte de Doria, que está a la mano siniestra del monte Parnaso, descendiendo de allí a la tierra de los focenses que confinan con Beocia. Esperaba inducir a estos focenses a que le diesen paso por su tierra y ayuda, por la antigua amistad que tenían con los atenienses, y si no, obligarles a hacerlo por fuerza.