Algunos no quisieron ir, como los olpeos, y dieron rehenes. Otros no quisieron hacer lo uno ni lo otro, como los hieos, hasta que una villa suya nombrada Polis, fue tomada por fuerza.

Habiendo Euríloco ordenado todas las cosas necesarias para la guerra, y enviados los rehenes que tenía de todos a la villa de Citinio en Dóride, dirigiose con su ejército por tierra de los locros para ir a la ciudad de Naupacto, y en el camino ganó por fuerza la villa de Eneón, que era de los locros, y la de Eupalio, que no se quiso rendir de grado. Ya que estaba bien adentro en territorio de Naupacto, llegó el socorro de los etolios, y todos juntos comenzaron a robar y talar la tierra y las villas y lugares que no estaban cercados. Después fueron contra la ciudad de Molicrio, pueblo de los corintios, aunque seguía el partido de los atenienses, y la tomaron.

Estaba a la sazón en aquella parte de Naupacto Demóstenes, capitán de los atenienses, que, como arriba contamos, se había quedado allí después de la derrota en Etolia por temor a los atenienses. Cuando supo la venida de los enemigos fue derecho a los acarnanios, e hizo tanto con ellos que les persuadió le diesen mil hombres de guerra de ayuda: los cuales metió por mar dentro de la ciudad de Naupacto, no sabiendo cómo podría defenderla por ser muy grande en circuito y tener poca gente de guarnición. Este socorro lo dieron los acarnanios de mala gana, a causa del enojo que le tenían, porque no había querido ir sobre Léucade, como le rogaron antes.

Cuando Euríloco supo que el socorro de los atenienses estaba dentro de la ciudad, y que no la podría tomar, partió con su ejército, y sin volver al Peloponeso fue derechamente a Eólide, que ahora llamamos Calidón, y a Pleurón y a otros lugares cercanos de la Etolia. Estando allí vinieron a él los mensajeros de los ambraciotes, y le avisaron que si quería tomar su consejo podría muy bien con su ayuda ganar la ciudad de Argos y todo lo restante de la tierra de Anfiloquia y tras esto la región de Acarnania: y que hecho esto, podría fácilmente atraer a la alianza de los lacedemonios toda la tierra de Epiro. Con este motivo, y con la esperanza de esta empresa, Euríloco no pasó más adelante en Etolia esperando el socorro de los ambraciotes, y entretanto pasó aquel verano.

A la entrada del invierno los atenienses, que estaban en Sicilia con sus aliados y los que eran de su partido contra los siracusanos, sitiaron Inesa, en cuyo castillo los siracusanos tenían guarnición: más viendo que no la podían tomar partieron de allí, y al retirarse salieron los que estaban en el castillo y atacaron la retaguardia de los atenienses desbaratándola y matando a muchos.

Pasado esto, Laques y los otros que estaban en las naves, saltaron a tierra en Lócride, junto al río Caicino, donde se encontraron con los locros que venían en compañía de Proxeno, hijo de Capatón, y los derrotaron, prendiendo trescientos que despojaron y después soltaron.

En este mismo invierno los atenienses, por mandato del oráculo, purificaron la isla de Delos, que mucho tiempo antes Pisístrato el tirano había purificado, aunque no toda, sino solamente la parte que se ve del templo: fue toda purificada de esta manera. Primeramente mandaron quitar todos los sepulcros de los que sepultaron en Delos, y pregonaron que en adelante ninguno pudiese morir ni nacer en toda la isla, y los que estuviesen cercanos a la muerte fuesen llevados a la de Renea. Esta isla de Renea está tan cerca de la de Delos, que Polícrates, el tirano de los samios en aquel tiempo, dominó muchas islas de aquella mar, por ser muy poderoso por mar, y habiendo tomado la de Renea hizo una cadena que atraviesa desde ella hasta la de Delos, consagrando toda la isla al dios Apolo. Después de esta última purificación los atenienses establecieron y dedicaron una fiesta solemne, de cinco en cinco años, en honra del dios Apolo, por ser antigua costumbre celebrar allí grandes fiestas, a las cuales iban los jonios y los moradores de las otras islas cercanas con sus mujeres e hijos (como hacen al presente en Éfeso), y en ellas había contiendas, luchas y otros ejercicios, y toda clase de juegos, danzas y músicas, como se ve en los siguientes versos de Homero:

Entonces tú, Apolo, en Delos

Te estás a placer y holgando

Cuando los jonios saltando