—«¿No ves que en este trofeo hay armas y pertrechos, no solamente de doscientos, sino de más de mil que han sido muertos?»

Entonces dijo el trompeta:

—«¿No son de los que venían en nuestro escuadrón?»

Respondió el otro:

—«Sí, son ciertamente los mismos que ayer fueron vencidos en Idómene.»

—«¿Cómo puede ser eso? —preguntó el trompeta—, nosotros no peleamos ayer, sino que anteayer fueron muertos estos a la salida de Olpas, porque iban sin salvoconducto.»

—«Ciertamente —respondió el otro—, nosotros peleamos aquí ayer contra los que habían salido de la ciudad de Ambracia para socorrer a los que estaban en Olpas.»

Oído esto por el trompeta, y viendo la gran mortandad de los que habían venido de Ambracia en su ayuda, quedó más espantado, y llorando muy atónito por tantos males como les ocurrían se volvió sin hacer nada ni acordarse de pedir los muertos. Porque a la verdad esta fue una de las mayores pérdidas de gente que hubo en tan pocos días en toda aquella guerra, y no he querido escribir aquí el número de los muertos porque parecerá increíble y más grande que conviene a la importancia de aquella ciudad. Una cosa sabré decir de cierto, que si los acarnanios y anfiloquios hubieran querido creer a Demóstenes y a los atenienses tomaran entonces la ciudad de Ambracia por fuerza, pero temieron que si los atenienses la poseían por suya serían peores vecinos que los otros.

Después de la victoria repartieron entre sí los despojos, de los cuales los atenienses llevaron la tercera parte, y las otras dos las dividieron entre las ciudades confederadas. Los atenienses no gozaron de ellos mucho tiempo, porque a su vuelta por mar se los quitaron en el camino. Los trescientos arneses enteros que se ven colgados en los templos de Atenas fueron los que cupieron a Demóstenes por su parte sola, que ofreció después de su entrada, la cual pudo hacer más seguramente y con más honra por causa de esta victoria que no antes por las pérdidas que sufrió en Etolia, según arriba contamos.

Cuando las veinte naves de los atenienses volvieron al puerto de Naupacto y Demóstenes con su ejército vino a Atenas, los acarnanios y los anfiloquios pactaron treguas con los ambraciotes por medio de Salintio, rey de Agrea, para que durasen cien años, y dieron seguridad a los peloponesios que se habían acogido a Agrea mezclados con los ambraciotes, para que volviesen a su tierra. La forma y conciertos de las treguas fueron estos: que los ambraciotes no fuesen obligados a hacer la guerra contra los peloponesios por los acarnanios, ni los acarnanios por los ambraciotes contra los atenienses, quedando solo obligados a ayudarse mutuamente para la defensa de su tierra. Que los ambraciotes restituyesen a los anfiloquios las villas y lugares que tenían de ellos, y que en adelante no diesen ayuda ni favor alguno a los anactorios que eran enemigos de los acarnanios. Con este convenio dejaron las armas y se apartaron de la guerra.